Necesidad de reorientar la investigación y la enseñanza en el turismo

 Necesidad de reorientar la investigación y la    enseñanza en el turismo

 Francisco Muñoz de Escalona

Dr. en economía del turismo. Científico titular del CSIC, España (jb.) Consultor internacional

 

Los científicos debemos aceptar teorías que concuerden

con los experimentos y no con nuestras nociones preconcebidas (Stephan Hawking)

 

Lo más incomprensible del universo es que sea comprensible (Albert Einstein)

 

 Resumen

Los expertos en turismo lo estudian básicamente como un peculiar fenómeno social. No obstante, con frecuencia recalan en el campo de la economía, mejor dicho, en el de sus efectos sobre la economía. Por esta razón, con escasa conciencia de ello, se incardinan más en la macroeconomía que en la microeconomía. De aquí que sorprenda a quienes, contando con títulos facultativos sobre ambas ramas de las ciencias económicas, hagan referencia explícita a la demanda y al consumo en general, pero confesando que no son capaces de identificar ningún producto que sea “turístico”.

Esta incongruencia, lleva a los expertos a admitir que todos los productos son o pueden ser “turísticos” siempre y cuando sean, o puedan ser, susceptibles de ser demandados por un consumidor específico, el “turista”, el cual ha de responder a las notas o características que ellos mismos han dado en admitir como definitorias de tal consumidor.

Como más adelante se verá, la doctrina convencional de esta materia, parte de la noción vulgar y sobre ella se ha desarrollado el corpus temático de la disciplina. Resumiendo, puede decirse que de este modo se llega a considerar un campo mal definido adrede con el fin de poder ocuparse de tantas cosas como sean de interés para los turistas, algo que se hace en ausencia de un nexo de unión que no sea el mencionado interés.

De aquí que los inversores se ocupen de todos aquellos negocios que cumplan la mencionada condición dejando al consumidor la tarea de ensamblar los productos obtenidos de acuerdo con su personal criterio. Para expresarlo con un ejemplo: es como si la industria automovilística no se dedicara a fabricar coches sino algunos de sus múltiples componentes. Como se verá más adelante, es perfectamente posible que la industria turística haga lo mismo que hace la automovilística, fabricar el producto final apto para ser consumido por sus demandantes. Este es el objetivo que se marca el autor de este capítulo. El cual, en función de ello, estipula la necesidad de reorientar la investigación y la formación en turismo, necesidad a la que llega inspirado en su larga experiencia en el estudio de diversos sectores productivos, en los cuales el analista parte de la identificación objetiva del producto. Así mismo, el autor se basa en la observación de un aspecto de la realidad que pasa inadvertido: que todo turista dispone de un programa de visita antes de ser turista. Dicho de otra forma: nadie consume un producto antes de comprarlo o de producirlo por sí mismo.

 Introducción

Alguien de cuyo nombre no quiero acordarme ha dicho que el turismo como disciplina académica es exótico y bizarro, calificativos con los que no queda claros si con ellos se está declarando su glorificación o su condena. En todo caso, el lector está autorizado a interpretarlos de acuerdo con su leal saber y entender. Pero no queda la menor duda de que, desde el último tercio del siglo XIX hasta el presente, han corrido verdaderos ríos de tinta sobre su conceptualización, y todo hace presagiar que seguirán corriendo, y que incluso esos ríos pueden llegar a desbordarse. Hoy existe una poderosa e influyente comunidad internacional que se autocalifica de expertos científicos. Su poder se manifiesta tanto en el mundo académico como en el empresarial de diversos sectores, entre ellos el editorial. Esta reflexión forma parte de una obra, cuyo título Turismo en el siglo XXI: Gestión y Responsabilidad Social Empresarial, manifiesta por sí mismo lo que se acaba de decir.

Si aceptáramos el año 1884 como el inicio de los estudios del turismo por haberse celebrado dicho año el congreso que tuvo lugar en la ciudad de Graz (Austria) los días 13 y 14 de abril podríamos estar muy cerca que se cumpla el primer sesquicentenario de la disciplina. En tan dilatado espacio de tiempo las transformaciones que han acaecido en el mundo han sido ciertamente notables en todos los órdenes, en el turismo también, pero solo como realidad social, no como campo de estudio. Del turismo que se hacía en la primera mitad del siglo XIX, cuando Stendhal (1783 – 1842) escribió Recuerdos de un turista (1938), al que se hace en los comienzos del tercer milenio de nuestra era, hay tantas diferencias que bien podríamos atrevernos a decir que son diametralmente opuestos. Y, sin embargo, poco o nada han cambiado los planteamientos de los estudiosos. Si los pioneros se centraron en el sujeto que se desplaza por gusto los de nuestro tiempo no han cambiado el enfoque subjetivista en sus investigaciones y en sus enseñanzas. In Mitte der Man fue el lema que presidió en 1942 el primer manual de turismo, el que se mantuvo durante décadas como libro de texto de los estudios universitarios de medio mundo.

El objeto de este capítulo no es otro que someter a una crítica constructiva la literatura especializada sobre el turismo con el fin de poner en evidencia la urgente necesidad de reorientar en profundidad tanto su investigación como su enseñanza a la luz de la evolución que viene experimentando la realidad objeto de estudio. Y ello con una finalidad muy concreta: cambiar el enfoque sociológico imperante al que podemos calificar de academicista y sustituirlo por otro capaz de orientar eficazmente la inversión y, al mismo tiempo, preparar un cuerpo de docentes capacitado para transmitirlo y desarrollarlo en los centros de enseñanza.

Comenzaremos exponiendo los lineamientos más relevantes que caracterizan la investigación que desde fines del siglo XIX hasta hoy y seguiremos ofreciendo los perfiles de la evolución del turismo desde sus inicios hasta el presente con el fin de poner de manifiesto que, así como la realidad objeto de estudio ha experimentado profundos cambios, su estudio se sigue haciendo sin cambios apreciables.

El capítulo terminará con una propuesta capaz de superar la incoherencia apuntada de forma que tanto la investigación como la formación se orienten a los cambios que han tenido lugar en la realidad. Solo así se conseguirá que las inversiones en turismo se lleven a cabo con las máximas garantías de eficiencia.

Metodología

Antes de dedicarse a la investigación del turismo desde el punto de vista teórico y conceptual, el autor se había ocupado durante varias décadas a investigar la economía de diferentes productos agrícolas españoles, entre ellos los agrios, las hortalizas y el aceite de oliva, y al análisis de inversiones públicas y privadas (aplicando el método del Cost-Benefit Analisis). Cuando accedió a la literatura especializada en el turismo a fines de los años ochenta, se extrañó sobremanera de que ésta presentara una extraña mezcla de sociología, economía, geografía, antropología y psicología hasta el punto de ofrecer un panorama ciertamente confuso. Se sorprendió que los expertos hicieran referencia unas veces al producto turístico y otras a los productos turísticos. Intrigado por la falta de concreción, el autor de este capítulo decidió indagar en las obras más representativas de la materia [por orden alfabético las principales son; J. I. Arrillaga (1955ª, 1955b, 1974), R. Baretge, 1960, 1972), P. Bernecker (1952, 1953,1957,1964) E. J. De Kadt (1979), L.Fernández Fuster (1954), M. Figuerola (1985), R. Glucksmann (1929, 1932, 1935), P. Grasselli (1989). E. Guyer-Freuler (1905), J. C. Holloway (1989), W. Hunziker (1939, 1954, 1973), W. Hunziker y K. Krapf (1942), J. Jafari (1973), Z. Jovicic (1972, 1975), Kaspar, C. (1959), K. Krap (1953, 1954, 1962), R. W. MacIntosh y Ch. R. Goeldner (1984), A. Mariott (1933, 1940, 1951), J. A. Norval (1936), P. Ossipow, 1951), A. Sessa (1977, 1978), J. Stradner (1905), M. Troisi (1940, 1942)]. y, después de su detenida lectura constató que la investigación se lleva a cabo desde un enfoque de naturaleza sociológica pero, sin advertirlo, o, lo que es peor, haciendo caso omiso de ello, utilizan la terminología propia de la economía, incluso de la microeconomía, a pesar de que no logran, como ya se ha dicho, identificar un único producto que objetivamente sea turístico . Y todo ello admitiendo sin su imprescindible cuestionamiento las nociones vulgares propias del lenguaje habitual de los hablantes para, sobre ellas, organizar un corpus explicativo de una realidad no bien delimitada. De aquí que la literatura acumulada durante cerca de ciento cincuenta años adolezca de graves anomalías, aunque bien enmascaradas por una terminología formalmente académica tomada de las ciencias citadas.

Como consecuencia de la investigación bibliográfica emprendida por el autor, el cual, como ya se ha dicho, estaba habituado a estudiar sectores productivos con enfoque bien delimitado y conceptos nítidos, llegamos a experimentar lo que J. A. Schumpeter llama visión preanalítica, la cual nos confirmó que las anomalías observadas en el tratamiento de la materia son la consecuencia obligada de una observación incompleta de la realidad que se trata de explicar y comprender. Los expertos parten de que el turismo es un fenómeno social, pero, a la vez, lo estudian como un conjunto de actividades productivas confusamente ubicadas y relacionadas entre sí. Como testimonio de lo que decimos vamos a copiar una frase tomada de Ginés de Rus y Carmelo León (1997) en la que nos ofrecen la definición de la economía del turismo de la doctrina convencional:

Entendemos por economía del turismo parte de la ciencia económica [sic]que trata de la aplicación de los principios económicos y de las técnicas del análisis económico a la industria turística considerada como un conjunto de actividades [¿?]  que tienen como objetivo principal [¿?] la satisfacción de la demanda de los turistas.

La frase pone de manifiesto que los autores, doctores en economía y profesores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y con ellos toda la comunidad de estudiosos que profesa la doctrina convencional, cae de bruces en la prohibición de usar lo definido en la definición, y no una sino repetidas veces. Añadamos que se menciona una supuesta industria turística que no es una sola industria, sino un heterogéneo conjunto de industrias unidas solo por el hecho de coincidir en el objetivo, satisfacer la demanda, pero la demanda en general, sino la de unos demandantes sui generis, los llamados turistas, conceptualizados de forma harto imprecisa por la literatura especializada. Pero hay más. Y es que la frase transcrita, con su pesada carga de incongruencias, permea los planes de estudio de todos, absolutamente todos, los centros, tanto públicos como privados, que en todos los países del mundo sin excepción ofrecen planes de formación en turismo. No es de extrañar, en consecuencia, que sus egresados enfoquen el negocio de la forma parcializada que se desprende de las enseñanzas recibidas. Al respecto se ofrece en un anexo el plan de estudios de un centro universitario español que el autor prefiere no identificar, entre otras cosas porque no difiere sustancialmente de cualquier otro.

En consecuencia, el autor, pertrechado de su experiencia investigadora, procedió a especificar con absoluta claridad el objeto de la investigación postulando que, si bien el turismo es, en efecto, un fenómeno social de sumo interés y que, como tal, ha de ser estudiado por la sociología, la antropología y la psicología social, puede ser visto, también, como un producto perfectamente definido, el cual se obtiene utilizando una tecnología específica que conviene identificar primero y después desarrollar. Una vez establecida esta premisa, y constatado que es viable, el turismo puede ser objeto de estudio aplicando para ello la metodología consolidada en el estudio de cualquier otro producto.

En base a la mentada conclusión se expone la necesidad a la que alude el título que antecede con la seguridad que, si se lleva a cabo, las inversiones en turismo serán no solo más eficientes y rentables que hasta ahora, sino que, con ello, se abrirá una nueva y prometedora actividad económica. 

¿Existe el turismo? Y, si existe, ¿qué es?

Podría resultar un tanto absurdo empezar por preguntarse si existe el turismo, y, de existir, qué es el turismo. Pero solo para los hablantes sería absurda tal pregunta ya que está en su natural condición no cuestionarse algo que, para ellos, forma parte de su vida cotidiana. Pero no lo es, ni debería serlo, para el investigador. Como veremos más adelante, las anomalías que lastran su conocimiento se deben a que los primeros investigadores del turismo, los que con Popper (2005) podemos llamar aficionados, no se hicieron la pregunta y dieron por buena la respuesta que le dieron los hablantes. Tampoco se hicieron la pregunta obligada los que les siguieron, los investigadores profesionales.

Lo cierto es que, a estas alturas, no existe una definición consistente de lo que es el turismo. Es verdad que, si incardinamos el turismo en lo social y admitimos que, por ello, tiene historia, habrá que aceptar con José Ortega y Gasset (2007) que carece de definición. Pero, con razón o sin ella, los investigadores han venido haciendo ímprobos esfuerzos por encontrarle una definición sin encontrar una unánimemente aceptada. Hasta el punto que, como dijo el austriaco Paul Benecker (1957, 4 y 5) Fremdenverkehrslehre in Leistungssystem der Wirtschaft. Österreischicher Gewerbeverlag, hay tantas definiciones de turismo como autores. El 1889, Émile Littré, en su Dictionaire de la langue française, se atrevió a definir, si no el turismo, sí al menos el turista, recogiendo la noción de los hablantes de su tiempo, de esta forma:

Turista: Dícese de los viajeros que transitan por países extranjeros por curiosidad y porque no tienen nada que hacer realizando una especie de gira por países habitualmente visitados por sus compatriotas. Se dice, sobre todo, de los viajeros ingleses en Francia, Suiza e Italia. (traducción del autor)

En efecto, como bien dice Littré, se es turista en el lugar de tránsito o de paso, no en el de residencia. También destaca Littré que, cuando él publicó su diccionario, los turistas eran casi siempre súbditos del Reino Unido. Pues fue en este país donde surgió una nueva clase, la burguesía, familias que se enriquecieron gracias a los negocios que propició la Primera Revolución Industrial. Los nuevos ricos fueron pasto de lo que James S. Duesenberry, profesor del MIT, llamó en su obra Income, Saving and the Theory oí Consumei Behavior, (Harvard University Press, Cambridge,1949) efecto demostración, expresión de la microeconomía que designa la propensión que un individuo o grupo de individuos que aspiran a alcanzar el nivel de consumo propio de la clase social inmediatamente superior a la suya. El concepto fue tomado por Ragnar Nurse en su obra Problemas de formación de capital en los países insuficientemente desarrollados FCE México, 1960. Hoy forma parte de la moderna teoría de la demanda.

Gracias al efecto demostración, las familias inglesas enriquecidas como consecuencia de sus prósperos negocios copiaron las pautas de consumo y estilo de vida de la aristocracia, la clase dominante y ociosa cuyo estatus social les exigía hacer frecuentes viajes sin fines utilitarios utilizando sus carruajes, acompañados por un séquito de sirvientes y hospedándose en las mansiones de sus amistades. En Inglaterra se usaba la expresión to make a tour, hacer un tour, término tomado del francés con el que significaban que se trataba de un desplazamiento de ida y vuelta (Tour significa vuelta o giro). En definitiva, para la clase ociosa, hacer un tour equivalía a dar un paseo, desplazarse cumpliendo un rol estrictamente estatutario. Pero cuando los nuevos ricos imitaron esta actividad dieron en decir que lo hacían por puro placer, por gusto, por distraerse, por recreo.

Fue así como se consolidó la idea que captó Littré en su definición de turista, el que hace un paseo por placer, un desplazamiento más o menos largo al final del cual vuelve a su lugar de partida y siempre sin fines utilitarios.

Y fue cuando esta actividad se fue generalizando y aumentando en volumen, cuando apareció el neologismo turismo con el que los hablantes trataron de designar lo que sin duda fue una novedad, el fenómeno social que se dio en determinados lugares consistente en la recepción de un tránsito (Verkehr) de forasteros (Fremden) ciertamente significativo por su volumen, Los franceses dieron en llamarlos metafóricamente oisseaux de pasage, aves de paso, forma harto expresiva de referirse a los turistas. Los hablantes alemanes, menos dados que los franceses a las metáforas, acuñaron el término Fremdenverkehr, literalmente forasteros, es decir, personas que no siendo lugareños se encuentran en el lugar de paso por haber conseguido vencer el obstáculo de la distancia de su lugar de residencia permanente.

Y también fue entonces cuando, en esos lugares elegidos por un significativo número de forasteros en busca de distracción o por pura curiosidad, algunos de sus residentes se percataron que podían hacer negocio facilitando la estancia de los mismos de forma que fuera todo lo confortable que pudiera ser. En esos lugares se hicieron inversiones en establecimientos dedicados a vender servicios de hospitalidad, los cuales pasaron de ser imprecisas obras de misericordia (dar posada al peregrino y de comer al hambriento) a convertirse, a través del mercado, en nuevas mercancías, servicios prestados a cambio de un precio que garantiza la rentabilidad de los prestadores.

Un nuevo sector de la actividad productiva se desarrolló y se generalizó en todos aquellos lugares que por alguna razón eran elegidos por los turistas para sus estancias pasajeras.

Pari pasu, se fue desarrollando otro sector de actividad de carácter complementario, el dedicado a vender servicios de transporte para satisfacer las necesidades de movilidad de los nuevos viajeros, los llamados turistas. Las inversiones en medios de transporte aumentaron exponencialmente junto con las inversiones en hospitalidad (alojamiento y refacción) y con ellas la necesidad de cuantificar la demanda y de proyectarla al futuro con el fin de poder planificar adecuadamente las nuevas inversiones en ambos sectores.

Quedaba así conformado el constructo teórico que se dio en llamar turismo. Por consiguiente, el turismo existe en tanto es admitido, primero en el lenguaje ordinario, en el académico después, y, finalmente, en el empresarial.

En su dimensión económica, el turismo queda así configurado en función de unos demandantes específicos, los turistas, y de unos oferentes, los proveedores de los servicios citados, un heterogéneo conjunto de servicios que fue diversificándose a lo largo de casi siglo y medio, incorporando, entre otras empresas, las agencias de viajes, los guías, los monitores, los parques temáticos, los espectáculos, los organizadores de eventos, las competiciones deportivas y eso que llamamos un largo e indefinido etcétera.

Una vez que la masificación de los flujos turísticos alcanzó dimensiones transnacionales surgieron asociaciones encaminadas a defender los intereses empresariales. La primera fue la UIOOPT (Unión Internacional de Organismos Oficiales para la Propaganda Turística) en 1924. En 1930 cambia de nombre para convertirse en la Unión Internacional de Organismos Oficiales de Turismo (UIOOT), una Organización Técnica no Gubernamental, que llegó a tener como miembros a un total de 109 Organizaciones Nacionales de Turismo (ONT), y 88 Miembros Asociados, entre grupos públicos y privados, y fijó su sede a Ginebra.

En 1974 la UIOOT modificó nuevamente sus estatutos, y se transformó en la actual Organización Mundial del Turismo (OMT), celebrando su Primera Asamblea General en Madrid en el mes de mayo de 1975, y, a invitación del Gobierno de España, trasladó su sede a la ciudad de Madrid, instalándose en un flamante edificio proporcionado por el  Gobierno español. Al año siguiente (1976) la OMT se convirtió en el órgano ejecutor de la política de turismo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y en 1977 firma un primer Acuerdo de Cooperación con las Naciones Unidas.Como se habrá podido observar, la Organización Mundial del Turismo no es un organismo creado por las Naciones Unidas. Es en realidad una Institución Intergubernamental Independiente que voluntariamente suscribió un Acuerdo de Cooperación con las Naciones Unidas por el cual convino en aceptar el Estatuto de la Dependencia Común de Inspección, en aplicar las prácticas y formularios estándar que recomienda las Naciones Unidas, y en trasmitir sus proyectos de presupuesto para que la Asamblea General de las Naciones Unidas los pueda examinar y formular recomendaciones de conformidad con el párrafo 3 del Artículo 17 de la Carta de las Naciones Unidas.   Por lo cual las Naciones Unidas le ha conferido el Estatuto de Organismo Especializado de la organización.

No bastó con esta aportación que podemos calificar de gremial a la constitución del turismo como ente. Faltaba la dimensión investigadora y esta surgió de la mano de algunos gestores hoteleros interesados en reflexionar sobre su propio negocio de cara a la mejora de sus prestaciones y, sobre todo, de su rentabilidad. Uno de ellos fue el suizo Edmond Guyer-Freuler (1905), que publicó en Berna la obra expresivamente titulada Fremdenverkehr und Hotelwesen. Andando el tiempo, la dimensión investigadora se consolidó con la aparición de la AIEST, una sociedad científica internacional que nace como fruto de la inquietud de dos universidades suizas por compartir con colegas de todo el mundo sus análisis e investigaciones sobre turismo. La Asociación (1941) se propone cumplir con las siguientes tareas:

  • mantener relaciones amistosas y fraternales entre sus miembros;
  • promover la actividad científica de sus miembros, particularmente a través de contactos personales,
  • proporcionando la documentación y facilitando el intercambio de opiniones y experiencias;
  • promover la actividad en los institutos turísticos de carácter científico o de otro tipo de centros de enseñanza e investigación especializados en turismo, y desarrollar las relaciones entre ellos o entre ellos y los miembros de la Asociación;
  • organizar el Congreso, conferencias y cursos de turismo de carácter científico, así como a participar en tales eventos.

Aunque la AIEST es un catalizador de la actividad científica internacional en el ámbito del turismo, no se implica en la investigación y la formación turísticas, pero se esfuerza por promoverlas tanto como sea posible dentro de sus posibilidades. Obviamente, después de lo expuesto, no cabe otra conclusión que la de reconocer palmariamente que el turismo existe y que, obviamente, procura hacerse notar en el mundo de la realidad. 

 Descripción de la situación actual          

No es preciso ilustrar con datos el espectacular crecimiento que están experimentando las inversiones en establecimientos dedicados a la prestación de servicios de alojamiento y restauración, en ocasiones en ambos servicios conjuntamente. Hay que destacar que, si el turista es el centro de interés por parte de los estudios de turismo enfocados desde la demanda, el hotel es, sin ningún género de dudas, el centro de atención de los estudios del turismo que se hacen enfocados desde la oferta. Puede decirse sin exagerar que el hotel es para la doctrina convencional la empresa turística por antonomasia en el heterogéneo conjunto de negocios que configuran el turismo. Por ello no cabe sorprenderse que las inversiones hoteleras hayan aumentado tanto que en numerosos lugares se ha llegado a una saturación de la oferta que excede tanto la demanda, conllevando a su vez a una crisis, cuyas dimensiones son casi inabarcables. Invertir en turismo es equivalente a invertir en hoteles, una equivalencia que se está pagando con creces y de la que no cabe prever si solución a pesar de los esfuerzos que el empresariado hotelero viene realizando tanto en innovación como en mercadeo.

Una situación similar ha tenido lugar en materia de prestación de servicios de transporte de pasajeros. El siglo XIX fue testigo de las espectaculares inversiones realizadas en el ferrocarril convencional, algo que se está repitiendo en el ferrocarril de alta velocidad. ¿Y qué decir del transporte aéreo desde la puesta en servicio del zeppelin, el aerostato autopropulsado con capacidad de maniobra que le permite servir como aeronave que se ofreció como medio de transporte de masas entre 1900 y 1930? Sin embargo, los aeroplanos los dejaron pronto obsoletos, dando lugar al desarrollo de la moderna aviación civil y comercial después de haber servido para fines militares. Las fechas del 17 de diciembre de 1903, y la del 13 de diciembre de 1906, la primera del vuelo de los hermanos Wright y la segunda la del de Alberto Santos Dumont son hitos iniciales de la que estaba llamada a ser la más espectacular revolución que, de momento, ha tenido lugar en el campo del transporte de viajeros, la que ha permitido sin exageración hablar del vencimiento de la distancia considerada como un obstáculo insalvable en el pasado. La tecnología sigue avanzando y no tardará en ser un próspero negocio los casi inminentes vuelos espaciales.

Otro tanto cabe decir del transporte marítimo, campo en el que los modernos cruceros ofrecen viajes transoceánicos en naves de un tamaño tan colosal que sin exagerar pueden ser comparados con ciudades flotantes. Ciudades en las que no faltan los más sofisticados medios de alojamiento, refacción, recreo, deportes, casinos, espectáculos y múltiples diversiones en franca competencia con las ciudades estáticas.

Conforme las grandes inversiones en los servicios citados, los convencionales dentro del turismo, han ido aumentando han surgido nuevos negocios. Entre ellos debemos citar los parques temáticos, entre los que destacan los de Disney en América y Europa, y tantos otros similares, los cuales orecen una multitud de servicios de recreo, distracción, aventuras simuladas, práctica de actividades deportivas y numerosos espectáculos variados.

No es preciso seguir describiendo el abigarrado mundo de negocios que ha surgido al calor de la ingente masa de turistas que caracteriza nuestro mundo. Los servicios de semejante panoplia de negocios disponible son objeto de demanda por parte de los consumidores y con ellos configuran sus programas de viaje, las cosas que quieren ver, las actividades que desean realizar, el tiempo de estancia en cada lugar elegido y la cantidad de dinero que dedican a todo ello. Como ya hemos dicho, es como si la industria automovilística no se dedicara a producir automóviles sino a fabricar cada una de sus piezas dejando a quien quiera poseer un automóvil que sea él quien comprara y ensamblara esas piezas para tenerlo en propiedad. 

Hacia la reorientación propuesta

Estamos ahora en condiciones de prever en qué consiste la reorientación propuesta en materia de investigación y formación de profesionales en materia de turismo. Ya nos hemos referido a que la doctrina convencional es la consecuencia de un planteamiento inadecuado. Por supuesto nos estamos refiriendo a la consideración del turismo concebido como una actividad económica de la que cabe esperar la creación de riqueza. Más concretamente: como un sector productivo capaz de ofrecer una rentabilidad que justifique las inversiones realizadas. El error de planteamiento se debe a una observación superficial de la realidad.

Lo que la doctrina convencional observa es lo que sigue: el sujeto que se dispone a hacer un viaje elige un lugar al que ir, al mismo tiempo que el medio de transporte que empleará, en el lugar elegido busca el establecimiento en el que se alojará y donde comer, y, finalmente, la actividad o las actividades que realizará en él, las que responden a las motivaciones en función de las cuales decide hacer su viaje. Y todo ello fijando los medios financieros y el tiempo disponibles.

Un observador más minucioso se habría percatado de que el sujeto que pretende hacer un viaje porque tenga una necesidad que así lo exija, lo que hace, básica y previamente, es un plan de viaje. Es cierto que su plan recoge lo que acabamos de decir, pero al investigador científico lo que le debe interesa es estudiar esa actividad planificadora ya que, para llevarla a cabo, el futuro viajero ha de contar, necesariamente, con una información más o menos detallada, pero sin duda suficiente, ha de dedicar tiempo y medios escasos y, sobre todo, ha de ser dueño de una tecnología adecuada para conseguir lo que se propone. Dicho de otro modo: el sujeto que decide hacer un viaje ha de llevar a cabo una actividad que, de acuerdo con lo dicho podemos calificar como productiva, como consecuencia de la cual dispondrá de lo que necesita: un programa o plan de viaje. En la medida en la que el plan de viaje responde a la satisfacción de una necesidad original (visitar una ciudad, conocer un monumento, asistir a un congreso … puede calificarse el plan de viaje como un producto, herramienta o bien instrumental y, en consecuencia, como un producto que satisface una necesidad derivada de otra. En este sentido el autor envió hace meses a Pasos, Revista de Turismo y Patrimonio Cultural que dirige Agustín Santana el ensayo titulado El turismo como herramienta, una función olvidada del que extraemos la siguiente cita:

…el turismo [por tanto] se nos presenta en su verdadera naturaleza, en su olvidada identidad, la de ser una herramienta al servicio de la satisfacción de las necesidades de bienes o servicios distantes de quienes las sienten. Al evidenciarlo, nos percatamos de la auténtica relevancia del turismo, de su extraordinario servicio estratégico para el cumplimiento de un número creciente de objetivos de la sociedad desde los comienzos mismos del proceso de globalización fruto de las técnicas que están consiguiendo el vencimiento de la distancia, gracias a lo cual existe una industria que pugna por recibir la gran atención que requiere su existencia no reconocida.

El citado ensayo fue sometido a un proceso de deliberación en función del cual el director de la revista comunicó al autor que el resultado del mismo fue que se decidía no publicarlo. Una decisión que refleja perfectamente que el ensayo en cuestión es percibido como heterodoxo desde la ortodoxia imperante desde hace cerca de ochenta años en la comunidad de expertos científicos [sic] de turismo.

A partir de la evidencia antes aludida, el investigador debe inquirir si el sujeto que se propone viajar elabora su plan de viaje o lo compra en el mercado. Dicho de otra forma: si el que quiere viajar es un auto consumidor o, si se quiere, un auto productor, o si el plan que va a ejecutar puede adquirirlo en el mercado por ser fabricado por una empresa especializada.

En la actualidad, aunque hay empresas que elaboran planes de viaje, estandarizados o a la demanda, y aunque, en general suelen ser incompletos, lo habitual es que el viajero compre los productos aislados (inputs) con los que elaborar el plan de viaje que necesita. Por ello, aunque compre los planes de viaje (los llamados en Francia forfait o viajes combinados en España) que se ofrecen en el mercado, estos necesitan ser terminados, es decir, puestos en condiciones de ser ejecutados (consumidos), por el mismo demandante o consumidor, algo que no acontece desde hace harto tiempo en el mercado de los demás bienes y servicios.

Cabe una objeción a la propuesta que se acaba de hacer: La información sobre servicios con los que se produce el turismo, tanto incentivadores (los que responden a la motivación del viaje) como facilitadores (alojamiento, refacción, alquiler de vehículos, etc.) es tan grande gracias a internet que cualquiera que aspire a ser auto productor lo tiene tan fácil que no tiene necesidad de recurrir al mercado, caso de que existan productores especializados que le vendan la mercancía que quieren. Esto es cierto, pero también lo es que algo parecido pasa ya en el caso de otras mercancías sin que los consumidores opten por producirlas por sí mismos. La explicación se encuentra en el hecho cierto de que, en general, ninguno de ellos lo llevará a cabo con la comodidad, la calidad y el precio que tienen las mercancías.

Añádase a lo que se acaba de decir que, como sostiene Jean Baptiste Say, (2001), “la oferta crea su propia demanda”. Sobre todo, si la oferta es creativa y ajustada en precio, agregamos nosotros.

 

Conclusión

El turismo es susceptible de ser estudiado como una actividad productiva específica y singular. Como tal debe ser investigado utilizando la metodología propia de la microeconomía en general y del análisis de inversiones en particular. Ello es así al margen de que pueda seguir siendo estudiado como fenómeno social siempre y cuando se deslinde su tratamiento de las referencias microeconómicas que tan impropiamente se emplean por la doctrina convencional. Y lo es también al margen de que se estudien los efectos del turismo como fenómeno y como actividad productiva en la economía y en otros campos como la moral, las costumbres o el medio ambiente.

Si el turismo se llegara a concebir de acuerdo con los resultados de la observación en profundidad, la única capaz de evidenciar que el viajero ha de elaborar o en su defecto adquirir un plan o programa de viaje más pronto que tarde aparecerían empresas especializadas en este producto, las cuales desarrollarían una tecnología propia y nueva, la tecnología turística, la cual se alimentaría dedicando los recursos a I+D+i. De mismo modo, sin duda que igualmente aparecerían centros de investigación y formación en una especialidad original y nueva: la ingeniería del turismo.

Las condiciones para ello existen. Tan solo queda que sean aprovechadas de acuerdo con la lógica de los negocios creativos. El futuro del turismo queda así abierto y, por ello, superada la etapa precientífica y pretecnológica existente en estos momentos.

 

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-1972 Por une constitution plus rapide de la tourismologie en discipline scientifique distincte. Turismologija nº 1 (55 – 67)

-Pour et contre la tourismologie como discipline scientifique distincte. En: Le bilan des derniers 25 anns de la recherche touristique. Edition Gurten. Berna

Krapf, K.

-1952 Les caracters generaux de la onsomation touristique. Revue de Tourisme jul/sep 3 (90 – 98)

-1953 Der Touristiche Konsum Eine Beitrage zur Lehre von der Konsumation. Edition Gurten. Berna

-1964 La notion de tourisme. Revue de Tourism.  Abril/jun 2 (50 – 56)

MacIntosh, R. W. y Goeldner, Ch. R. (1984) Tourism. Principles, Practicer, Philosophie. J. Wilwy and Sons. New York

Mariotti, A.

-1933 Corso di economía turística. Istituto Geografico de Agostini. Novara

-1940 Lezioni di economía turística. Societate Editrice Novissima. Roma

-1951 Science et onscience du tourisme. Revue de Tourisme. Marz/jun 2 (2 – 8)

Norval, J. A. (1936) The Tourst Industriy. Sir Isaac Pitman and Sons Lted. Londres

Ossipow, P. (1951) Contribution a la notion du tourisme. Revue de Tourisme. Abr/ju 2 (71 – 73)

Sessa, A.

-1983 Elements of tourisme economics. Catal. Roma

-1977 Scuola e tourisme. Ediziones Ednova. Palermo

-1978. Elementi di economía touristique. Cutt. Roma

-1979 Turismo. Teoria e insegnamento.  Editrice Agnaesotti. Roma

Stradner, J. (1905) Der Fremdenverkher. Eine Volkwirtshaftliche Studie. Graz

Troisi, M. La rendita turística. Istituto di Statistica de la Universidad de Bari. Macri. Bari

Muñoz de Escalona, F.

-1988: Economía de la producción turística. Hacia un enfoque alternativo. Revista de Comercio Exterior, nº 663, noviembre (117 – 131). Ministerio de Comercio. Madrid, España. También en Revista de Estudios Turísticos, nº 101

-1992: Crítica de la economía turística. Enfoque de oferta versus enfoque de demanda. Universidad Complutense de Madrid. Servicio de Publicaciones. También se puede encontrar en www.eudmed,net Tesis Doctorales

.2004: El turismo explicado con claridad. LibrosEnred. Montevideo. También puede encontrase en www.eumed.net Libros de Economía Gratis

-2012: Visión microeconómica del turismo. Los conceptos. EAE. Saarbrücken. Alemania

Ortega y Gasset, J. (2007) Historia como sistema. Biblioteca Nueva, Madrid

Popper, K. (2005) El mito del marco común en la defensa de la ciencia y la racionalidad. Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona

Say, Jean B, (2001) Tratado de economía política. Fondo de Cultura económica de España. México

(Se recomienda entrar en EAE (Editorial Académica Española, Saarbrücken, Alemania, donde encontrará obras del autor en las que se desarrollan sus aportes a la necesidad de reorientar la investigación y la enseñanza en materia de turismo)

 

ANEXO

Cuadro general de la estructura del plan de estudios de la facultad de turismo de una destacada universidad española

Esta malla curricular evidencia claramente cómo la doctrina convencional del turismo turismo es aplicada estrictamente en los centros de enseñanza de la materia. A destacar el énfasis que se le da al conocimiento de idiomas, algo sin duda imprescindible en cualquier profesión pero que en el turismo responde a la convicción de que los egresados van a tener que entenderse con los turistas, los cuales pueden ser en su mayoría hablantes de idiomas extranjeros. Debemos destacar la presencia de asignaturas que reflejan el enfoque sociológico de la doctrina convencional, así como la importancia que se le da a elementos tales como los alojamientos, las agencias intermediarias, el patrimonio natural y cultural, la geografía, el arte, el derecho y el marketing, entre otros, pero está ausente la enseñanza de la tecnología sobre la elaboración de lo que realmente consume un turista: un programa de visita con contenido. Se incluye también en la malla curricular la economía, pero a esta asignatura se le da menos relieve que a las demás, reflejando con ello que no se la considera  como troncal de la profesión.

CURSO SEMESTRE CONTENIDOS

 

BA OB OP Créd

 

/Sem

PRIMER SEMESTRE Fundamentos de Economía

Geografía del turismo

Historia del turismo

Inglés I

Sociología del Turismo y del Ocio

6

6

6

6

6

 

 

 

 

 

   

 

 

 

30

SEGUNDO SEMESTRE Introducción a la Antropología social

Estadística Aplicada al Sector Turístico

Estructura Ec. Española y Mundial del Turismo

Patrimonio Cultural: Historia del arte

Segundo idioma moderno (I) Francés o Alemán

6

6

6

6

 

 

 

 

 

6

   

 

 

 

30

PRIMER SEMESTRE Derecho privado del turismo

Fundamentos de Contabilidad para ET

Organización y Gestión de Empresas Turísticas

Patrimonio Territorial, flujos y recursos turísticos

Segundo idioma moderno (II) Francés o Alemán

 

 

6

6

6

 

6

6

   

 

 

 

30

SEGUNDO SEMESTRE Derecho administrativo del turismo

Gestión de Alojamientos y Restauración

Ingles II

Marketing Turístico

Planificación de destinos turísticos

  6

6

6

6

6

   

 

 

 

30

PRIMER SEMESTRE Determinación de costes en la empresa turística

Gestión de Touroperadores y Agencias de Viajes

Inglés III

Segundo idioma moderno (III) Francés o Alemán

  6

6

6

6

   

 

 

30

SEGUNDO SEMESTRE Gestión de Transportes Turísticos

Investigación de mercados turísticos

4 optativas a elegir

 

  6

6

24

 

 

 

30

PRIMER SEMESTRE Derecho del trabajo y de la SS en el Sector Turístico

Dirección estratégica de empresas turísticas

Gestión de Recursos Humanos en ET

Informática aplicada a la Gestión Turística

Política turística

  6

6

6

6

6

   

 

 

 

30

SEGUNDO SEMESTRE PRACTICUM

2 optativas a elegir

Trabajo fin de grado

  12

 

6

 

12

 

 

 

30

   

240 CRÉDITOS TOTALES

 

 

 

*LISTADO DE 21 ASIGNATURAS OPTATIVAS (Oferta de 126 créditos) Nº DE CRÉDITOS
(El itinerario tiene carácter orientativo y no obligatorio)  
Formación complementaria: Administración de empresas turísticas

Gestión de eventos turísticos

Comportamiento del consumidor

Creación de Empresas Turísticas

Tributación de las empresas turísticas

Dirección Financiera para empresas turísticas

Gestión de Calidad

Situación económico-financiera de la empresa turística

 

ITINERARIO DE PLANIFICACION Y DESTINOS TURÍSTICOS

Modelos de Turismo y Tipologías de los consumidores

Interpretación y gestión del patrimonio histórico

Itinerarios e información turística

Planificación y gestión turística de recursos culturales

Planificación y gestión del turismo urbano y cultural

Planificación y gestión turística en áreas costeras

Planificación y gestión turística en espacios naturales y áreas rurales

 

 

FORMACIÓN COMPLEMENTARIA  TRANSVERSAL

Turismo, sostenibilidad y medio ambiente

Derecho comunitario e internacional del turismo

Idioma moderno (IV) Inglés, Francés y Alemán

Pragmática de la comunicación intercultural

Patrimonio Cultural: literatura de viajes

Psicología social del Turismo

Madrid y su región turística

 

 

6

6

6

6

6

6

6

 

 

6

6

6

6

6

6

6

 

 

 

6

6

6

6

6

6

6

Calendario de implantación del título

Ya se imparten los cuatro cursos.

Información general con la distribución de créditos en función del tipo de materia y número de créditos de las asignaturas

El Graduado o Graduada en Turismo deberá cursar 240 créditos ECTS en total, distribuidos en créditos básicos, obligatorios, optativos, prácticas externas y trabajo fin de grado, como marca la normativa vigente, y que recogemos en la siguiente tabla. La unidad temporal es, en todos los casos, el Semestre.

 

 

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John Maynard Keynes y la sostenibilidad del capitalismo. Entre el marxismo económico y la necesaria consumición de la riqueza

John Maynard Keynes y la sostenibilidad del capitalismo. Del marxismo económico a la necesaria consumición de la riqueza 

por Francisco Muñoz de Escalona 

John Maynard Keynes, primer y único barón Keynes de Tilton, (1883, Firle – 1946, condado de Sussex), es considerado como el más influyente economista del siglo XX.​ Sus ideas tuvieron una fuerte repercusión en la teoría y en la política económicas durante su vida en el Reino Unido. Caso medio siglo después de su muerte se empezó a hablar de lo que se conoce como la revolución keynesiana.

Keynes ha sido considerado como el hombre que puso a la economía de su tiempo, la desarrollada por la escuela marginalista/utilitarista, contra las cuerdas. Se habla de él, por eso, como un auténtico revolucionario en el campo del pensamiento científico.

Pero no solo puso en solfa la teoría económica. Lo mismo hizo con la moral puritana de su época, hija de la burguesía victoriana de las generaciones precedentes, como un entusiasta seguidor que fue de las propuestas éticas de G. E. Moore (1873 – 1958), acogidas con juvenil entusiasmo por Maynard y sus amigos, con los que dio vida al conocido como Grupo de Bloomsbury

Recibió una educación de elite en Eton y Cambridge, orientándose hacia la economía por consejo de su maestro, Alfred Marshall, gran amigo de su padre, también profesor de economía.

Tras un breve periodo trabajando en el servicio administrativo británico para la India, en 1909 entró como profesor en el King’s College de Cambridge, donde enseñaría economía hasta su muerte. Trabajó en el ministerio del Tesoro y fue asesor de varios destacados cargos gubernamentales.

Keynes fue un hombre de vasta cultura, un humanista erudito y de prosa exquisita, gran orador, contertulio y mecenas de intelectuales y artistas; pero también fue un hombre de mundo, altamente interesado en los más candentes asuntos políticos de su época, sin por ello dejar de ocuparse de negocios tanto ajenos como propios, con los que consiguió amasar una cuantiosa fortuna.

Todos sus escritos fueron respuesta a los problemas acuciantes de su tiempo, abarcando materias como la realidad monetaria de la India, su colaboración para llegar al Pacto de Versalles que siguieron al armisticio con el que se puso fin a la primera guerra mundial (1914 – 1918). Y todo ello sin merma de una desbordante concepción lúdica de la vida. Como seguidor de la ética de Moore estaba convencido de que tenía que gozar de los placeres de las relaciones humanas, disfrutar de la belleza en todas sus manifestaciones y sacar partido del afán por acrecentar el conocimiento en la mayor cantidad posibles de materias, entre las que podemos destacar las matemáticas, las probabilidades, la lógica inductiva y, por supuesto la economía, materia en la que destacó como experto en problemas monetarios, empleo y comercio exterior, pero, sobre todo, en el estudio del funcionamiento del capitalismo, un sistema que, a su juicio, estaba necesitado de serias reformas sin las que podría colapsar en favor del socialismo, un modelo que rechazaba vehementemente.

En el plano moral, sus criterios no se atenían solo a propuestas en un plano meramente teórico, sino que los llevó concienzudamente a la práctica. Mantuvo relaciones homosexuales durante su juventud, se casó con una bailarina rusa del ballet de Diaghilez, Lidia Lopotkova, y fue un acrisolado marchante de obras de arte, llegando a disponer de una valiosa colección privada de pinturas.

Sus convicciones morales y sus desvelos intelectuales siempre fueron de la mano como se verá más adelante. No aprobaba el socialismo, pero estaba convencido de que la desigual distribución de la riqueza que conlleva la economía de libre empresa podía llevar al colapso del capitalismo.

Como ya adelantamos en el título, Keynes coincide con las formulaciones de Carlos Marx, el pensador y activista alemán que nació en 1818 (Tréveris) y murió en 1983, el mismo año de su nacimiento y en la misma ciudad, Londres.

Las propuestas del activista político, socialista, filósofo, escritor y economista Carlos Marx son universalmente conocidas. Como expuso junto a su colaborador y amigo, Federico Engels, difundieron en 1847 un manifiesto en el que explican su concepción de la sociedad en estos términos

“La historia de toda sociedad hasta nuestros días

no ha sido sino la historia de las luchas de clases.

Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos,

nobles y siervos, maestros jurados y compañeros; en

una palabra, opresores y oprimidos, en lucha

constante, mantuvieron una guerra ininterrumpida,

ya abierta, ya disimulada; una guerra que termina

siempre, bien por una transformación

revolucionaria de la sociedad, bien por la

destrucción de las dos clases antagónicas”

Con estas palabras, ambos se inscribieron en la tradición del pensamiento socialista, pero se distinguieron fundando lo que dieron en llamar socialismo científico por ser hijo del materialismo dialéctico, según el cual, “en la producción social de su vida, los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales”, relaciones que forman la llamada estructura económica de la sociedad, la cual es la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social”

Una vez establecida las premisas citadas, Mar y Engels formularon unas conclusiones sin duda revolucionarias con las que dieron lugar a la aparición de nuevas realidades políticas y económicas.

La primera es esta:

“El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”.

La segunda, esta otra:

“Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que es lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desarrollado hasta aquí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas estas relaciones se convierten en trabas suyas y se abre así una época de revolución social.

Y la tercera:

“Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella”

Dicho de forma menos formal y más resumida:

  1. Las ideas y creencias sociales de los hombres se forman de acuerdo con el lugar que ocupan en las relaciones de producción.
  2. Las relaciones de producción existentes desde el desarrollo del capitalismo moderno se atienen a la existencia de dos clases: una masa que solo posee sus fuerzas de trabajo y una minoría poseedora del equipo material fabril también llamado bienes de capital.
  3. La fuerza de trabajo se comporta como una mercancía, es decir, sus poseedores la ofrecen en el mercado.
  4. Los propietarios de los bienes de capital demandan trabajo en el mercado.
  5. El precio del trabajo, los salarios, dependen, como el de cualquier otra mercancía, de las leyes de la oferta y la demanda.
  6. Como la demanda suele ser baja y la oferta alta los salarios se fijan a niveles bajos o muy bajos
  7. Por tanto, los trabajadores viven en la miseria
  8. Por el contrario, la clase capitalista vive en la opulencia
  9. De aquí que no solo sea inevitable la lucha de clases sino inevitable

El marxismo considera que la confrontación clasista y la mecánica dialéctica socavarán el sistema capitalista y darán nacimiento a una sociedad de clases, es decir, a una sociedad igualitaria.

Casi tres cuartos de siglo después, en 1919, Keynes, gracias a un golpe de intuición que le llevó a observar el funcionamiento del sistema capitalista, se percató de que dicho sistema dependía de un doble engaño:

“Por un lado, las clases trabajadoras aceptan por ignorancia o impotencia, o eran obligadas, persuadidas o inducidas por la costumbre, la convención o la autoridad y por el bien regulado orden social, a aceptar una situación por la que podrían llamar propia una pequeña parte de la riqueza que ellas mismas, la naturaleza y los capitalistas han cooperado a producir”

Nótese que Keynes atribuye la producción, no solo a una única clase social, las fuerzas de trabajo, sino a la aportación de la clase capitalista y de la naturaleza, manifestando su aceptación de la teoría clásica. Pero sigamos con la cita de Keynes:

Por otro lado, se consentía a los capitalistas el considerar como propia la mayor parte de la riqueza producida …”.

Con estas palabras, Keynes, un convencido antimarxista por clase, educación y convicción, un pensador que se percató por sí mismo de lo mismo que se habían percatado antes que él Marx y Engels, rechazó la desigual distribución social de la riqueza como defecto del sistema capitalista. Gracias a la visita que hizo a Rusia en 1925, después de casarse con Lidia Lopotkova, pudo conocer de modo directo el funcionamiento del sistema soviético implantado después de la Revolución Comunista de Octubre. A su vuelta publicó sus impresiones en Breve mirada a la Rusia de hoy. Su lectura permite constatar que Keynes muestra un juicio sereno sobre un país que no llegó a conocer a fondo y sobre un sistema económico-social en torno al cual algunos prejuicios crearon una imagen altamente negativa en los países con economías de mercado. Reconoció los progresos realizados por la economía soviética en lo que respecta a la mejora que estaba teniendo lugar en el nivel de vida de la población. B¡No obstante, la mismo tiempo criticó severamente la política de redistribución de la riqueza a favor de los trabajadores de la industria transformadora en detrimento de los trabajadores del sector agrario, lo que, a juicio de Keynes desalentaba la producción de alimentos, es decir, reducía la verdadera riqueza de la nación, provocando el éxodo rural hacia las ciudades con el único resultado de aumentar el desempleo.

El antibolchevismo keynesiano estuvo siempre fuera de duda. Sin embargo, su muy personal visión sobre el modelo soviético parte de interpretar el marxismo-leninismo como una especia de nueva religión, entendiendo este término como sublimación del egoísmo materialista por medio de la absorción del ego en una suprema unión mística. Dicho de otra forma: como la persecución de un alto ideal a favor de toda la comunidad humana. Por eso se ha dicho a menudo del marxismo-leninismo que se propone alcanzar el Cielo en la Tierra, es decir, la bienaventuranza a la que aspiran todas las religiones convencionales, pero en esta vida, sin necesidad de morir para alcanzarla. Por ello Keynes se percató que el atractivo y la fuerza del sistema implantado por los bolcheviques en las repúblicas soviéticas deriva de la credibilidad social que consiguen alcanzar los entusiastas conversos, una poderosa minoría de activistas, al nuevo credo, los cuales colorean la grisalla de la vida de cada día tiñéndola de la promesa de felicidad al alcance de la mano. Como contrapartida, esa minoría se dedica a perseguir sin piedad a los infieles para lo que se cargan de un fogoso ardor misionero y de prometedoras ambiciones ecuménicas.

Al hilo de estas reflexiones, Keynes se preguntó si el marxismo-leninismo era en su tiempo una propuesta capaz de atraer el interés y la adhesión de la humanidad. Una cuestión a la que nuestro pensador se dispuso a encontrar una respuesta satisfactoria. La respuesta que aportó consiste en declarar con suma precisión que él, personalmente, no estaba dispuesto a aceptar un credo que no se preocupa de eliminar todo cuanto destruye la libertad y la seguridad, que propne para conseguir sus fines recurrir a la persecución de los que se le oponen y que no duda en acudir a la guerra entre las clases a nivel mundial. Su rechazo del marxismo lo asumió incluso a pesar de que se trata de un sistema provisional o transitorio, es decir, de una inevitable fase revolucionaria, la cual dará paso al establecimiento de la esencia del comunismo como el nuevo y definitivo orden de la sociedad planetaria, la sociedad sin clases y, por ende, sin necesidad de Estado.

Pero Keynes no canceló con esta denuncia del capitalismo sus críticas. Añadió seguidamente lo siguiente:

“… y eran teóricamente libres de consumirla, con la tácita y sobreentendida condición de que, en la práctica, consumirían una parte muy pequeña. En torno a esta religiosa conservación de la riqueza crecieron todos esos instintos de un puritanismo que, en una época, se había retirado del mundo y había hecho despreciar las artes de la producción y las del disfrute. Y así creció la riqueza, pero nadie previó claramente hasta qué límite. Se exhortaba a la gente no tanto a la abstención como al aplazamiento y a cultivar el placer de la seguridad y de la expectativa. Se ahorra para los años de la vejez y para los hijos, pero eso era solo en teoría; la virtud de la riqueza consiste en que no sea consumida jamás, ni por nosotros ni por nuestros hijos después de nosotros”.

Como nueva religión atea, el comunismo como las religiones teístas, exalta al hombre común y sabe valorarlo muy positivamente. Nada nuevo. Pero en él hay algo que a Keynes no se le pasó por alto. Y es su condena del afán de lucro, lo que él llamó amor por conseguir beneficios por medio de los negocios. El comunismo no se detiene en la eliminación del afán de lucro, sino que lo considera como especialmente deshonroso. Dentro del comunismo no será necesario conseguir beneficios, basta con que cada hombre trabaje con entusiasmo por la comunidad y en favor de ella para que adquiera el derecho de que la misma comunidad para la que trabaja lo sostenga durante toda su vida. Por consiguiente, el afán de lucro no solo es rechazable por ser la seña de identidad de la sociedad de clases que sostiene el capitalismo, es que deja de tener sentido tanto en la fase transitoria como en la definitiva del comunismo.

Keynes, que, en efecto, se había mostrado en sintonía con determinados aspectos del marxismo, finalmente se mostró parcialmente en sintonía el pensamiento de Georges Bataille (Billom, 1897 – París 1962), un escritor, antropólogo, novelista y pensador francés, obviamente desconocido para él, alguien que rechazaba ser tenido como filósofo, conocido bajo los seudónimos de Pierre Angélique, Lord Auch y Louis Trent.

Bataille fue el fundador de la revista Acèphalle, un título realmente expresivo de un pensamiento que presumía de irracionalidad. Su obra es extensa, intensa y altamente provocativa.

Detengámonos en él, algo obligado por cuanto, de los tres pensadores que protagonizan este texto, Bataille es el más reciente y, sin embargo, el menos conocido.

Estudió en l’École des Chartes (1918 a 1922) y luego ingresó en la Escuela Superior de Estudios Hispánicos de Madrid (1923 a 1924). Fue bibliotecario y medievalista en la Biblioteca Nacional de París (1924 a 1942), bibliotecario en Carpentras (1949 a 1951) y director de la Biblioteca Municipal de Orleans (1951 a 1962). Participó en actividades de los grupos surrealistas hasta su ruptura con André Breton en 1929, y dirigió las revistas Documents (1929-1930), Acéphale (1936-1937) y Critique (1946-1962).

Influido por su amigo Alfred Métraux, se interesó por la etnología, disciplina que lo inició en sus estudios sobre la religión y lo sagrado, bajo la inspiración antropológica de Marcel Mauss y la filosófica de Alexandre Kojève. En 1937 fundó con Michel Leiris y Roger Caillois el Collège de Sociologie, con el objeto de analizar las manifestaciones de lo sagrado en la sociedad moderna.

Autor de textos polémicos, fue considerado como un nuevo místico y como un obseso sexual, pero también como uno de los más grandes escritores del siglo. A través de la literatura y el ensayo, formuló una aguda crítica a la racionalidad de la palabra escrita y al concepto clásico de sujeto. Buscó despojar a sus textos de toda retórica para aproximarse a lo que él llamaba la desnudez del ser, ya que entendía que el hombre debía dejar de la enunciación para dedicarse a la consumación, pero que para conseguirlo no le quedaba otro camino que el de la transgresión. Y a la transgresión dedicó tanto su vida como su obra.

Georges Bataille desconfiaba del concepto occidental de conocimiento y saber, y pensaba que el individuo, para romper su realidad dividida, condicionada y limitada por los grandes sistemas racionales de la ética y la estética, debía recurrir al éxtasis para lograr una experiencia interior liberadora. Entre la filosofía trágica de Nistzsche y la dialéctica de Hegel, elaboró un misticismo materialista donde Dios es una ausencia que no excluye lo sagrado, y donde el exceso es un camino de revelación en el cual el erotismo y la muerte se vinculan íntimamente.

Bataille estudió con talante crítico la filosofía de Hegel, que empezó a conocer gracias a los cursos de Alexandre Kojève sobre la Fenomenología del espíritu en L’École Pratique des Hautes Études. En la obra del filósofo alemán, Bataille vio la culminación de una tradición filosófica en la que la noción de “negativo” se evita gracias a su inclusión en la dialéctica del sistema y a su subordinación a una positividad histórica.

Aislando dicha noción de su uso “servil” en el progreso del saber absoluto hegeliano, basado en la lógica del trabajo, Bataille hizo de tal noción la base de una filosofía de la “soberanía” en la que los términos “exceso”, “sacrificio”, “muerte” y “entrega” indican situaciones en las que sale a la luz la existencia independiente de un negativo absoluto, sin utilización. De ahí que, frente a la “economía restringida” hegeliana, Bataille hable de una “economía general”, en la que tiene cabida la noción de depénse (consumición, gasto, lujo, duelos, erotismo, derroche, dilapidación), ese margen de energía producida no utilizable en el producto mismo y que queda como part maudite (excedente, sobrante, resto) en el trasfondo de todas nuestras experiencias existenciales. Bataille rechaza en términos contundentes la cultura burguesa que enaltece la utilidad hasta el punto de considerarla como la causa de las desgracias que tan frecuentemente tiene que afrontar.

Y, sin embargo, existen ciertas experiencias transgresoras – el arte, la risa, el llanto, la muerte, el erotismo sin excluir el desviado – que rompen los límites de la lógica del proyecto y que provocan la eclosión y la expulsión al exterior de esta parte absolutamente negativa de una vida excedente, perdida.

La risa es, según Bataille, una rotura radical de la certeza y la estabilidad del conocimiento no tiene cabida en el campo del saber y, no pudiéndose conocer ni captar en absoluto, se distingue con respecto al saber considerado como un salto a lo imposible.

El arte, a su vez, está estrechamente ligado a lo negativo, y esto es evidente sobre todo en el caso de la poesía, entendida como la materialización de un sacrificio y de una perversión de las palabras, en clara contraposición con el uso positivo que de ellas hace el lenguaje discursivo y conceptual.

Estas tensiones hacia lo imposible, auténticas experiencias de desbordamiento del saber, nos permiten acercarnos a una zona contraria, la del no-saber, completamente ajena al campo de lo posible, del conocimiento, del concepto y de la racionalidad, y que tiene su razón de ser, precisamente, en todo lo contrario, es decir, en la experiencia en la que está ausente la verdad.

Su obra ensayística comprende textos tan destacados por su profundidad como Suma ateológica, una trilogía compuesta por La experiencia interior (1943), El culpable (1944), y Sobre Nietzsche (1945). Pero a los efectos de lo que nos proponemos aquí, debemos resaltar la extraordinaria importancia que tiene el contenido de las siguientes obras: La noción de gasto (1932), La parte maldita (1947) y El erotismo (1957), la última considerada como la segunda parte de la anterior, concebida como integrantes de una nueva trilogía, un proyecto que quedó inconcluso.

Exponer la argumentación de Bataille en las obras citadas no es posible sin una exposición extensa a la que renunciamos. Parte de que la superficie de la Tierra recibe del sol, sin contrapartida, tal flujo de energía que provoca en ella un movimiento tendente a transformarla en materia orgánica, la cual, sometida al necesario cumplimiento de la descomposición o, en su caso, la depredación, se transforma de nuevo en energía o en nuevas formas de vida. Bataille constata la existencia de culturas respetuosas con este movimiento de la energía. Las ilustra con la cultura del potlatch, el budismo del Tibet, la cultura preislámica y la cultura de los mayas. Todas ellas se atienen no solo a la producción de riqueza, algo sin duda tan necesario como inevitable, sino, también y, sobre todo, a su consumición por medio de diversas modalidades, unas cruentas y otras incruentas, pero siempre orientadas al gasto, placentero o displacentero.

En base a esta premisa, Bataille pasa a analizar críticamente la sociedad burguesa que, como explicó Max Weber, dio lugar con la práctica de la ética protestante, a la aparición y al desarrollo sostenido del capitalismo. Un sistema caracterizado, como ya hemos visto al tratar el pensamiento de Keynes, por un intenso afán productivista en ausencia de un afán similar para favorecer su consumición.

De acuerdo con Bataille, si a la natural tendencia de la inevitable transformación de la energía solar en riqueza se añade la existencia de una civilización basada en exacerbar el aumento de la riqueza sin atender a su necesaria consumición, el sistema capitalista, la consecuencia de ello es que, inevitablemente, la riqueza que no se consuma placenteramente se consumirá displacenteramente. Así es como explica Bataille la frecuencia con la que se presentan guerras, epidemias y hecatombes naturales con su terrible carga destructiva de vidas y haciendas.

Keynes no llega a un diagnóstico tan extremo como el de Bataille sobre el negro futuro del capitalismo. Coinciden, sin embargo, en la visión a corto. Bataille preconiza que el hombre, y  la mujer, deben vivir el aquí y el ahora porque el mañana puede no llegar. Keynes lo djo de forma más tétrica, pero equivalente en La reforma monetaria (1923): A largo plazo todos calvos. En cuanto al diagnóstico de Marx y Engels, los cuales profetizaron la ineluctable conversión del capitalismo en una sociedad sin clase, sin explotación del hombre por el hombre y, en consecuencia, sin Estado, es obvio que no se ha cumplido a pesar de que han pasado más de dos siglos y medio desde que fue formulado. Pero la crítica keynesiana, coincidente con la de Bataille, consistente en la insólita incapacidad que viene mostrando el capitalismo para consumir toda la riqueza que es capaz de producir, sigue siendo el diagnóstico más sólido sobre su viabilidad.

Recientemente, los medios de comunicación informaron de que el hambre ha aumentado por tercer año consecutivo y alcanza ya a más de ochocientos millones de personas. En la batalla que libra la humanidad contra el hambre, los seres humanos vamos perdiendo. En 2017, 821 millones de personas se iban a la cama cada día sin haber ingerido las calorías mínimas para su actividad diaria, son 15 millones más que el año anterior, lo que supone un retroceso a niveles de 2010. Los datos recogidos en el informe La seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo de la ONU confirman que no se trata de un repunte aislado; aunque los expertos se resisten a hablar de un cambio de tendencia, ya se encadenan tres años de subida.

Se apunta como causa a los conflictos, los eventos climáticos extremos y las crisis económicas como principales responsables de esta regresión, según el estudio elaborado por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Las graves sequías vinculadas al fuerte fenómeno El Niño de 2015 y 2016 son especialmente culpables. Como es sabido, sin agua no hay cultivos, tampoco pasto para los animales. Eso significa que, en los países altamente dependientes de la agricultura, millones de personas se quedan sin alimentos suficientes que llevarse a la boca y sin fuente de ingresos con los que adquirir comida en el mercado. La falta de precipitaciones, de hecho, causa más del 80% de los daños y pérdidas totales en la producción agrícola y ganadera.

Son explicaciones comprensibles que se aducen con un marchamo científico, pero, desgraciadamente, harto superficial. La intuición precientífica de Keynes, pero, sobre todo, de Bataille, ilumina, no la evidente injusticia del hambre masiva que sufre la humanidad, sino algo mucho más grave: la suicida incapacidad que exhibe el sistema capitalista para evitar su desaparición y, con ella, la aparición de sistemas alternativos de imposible valoración.

La solución al futuro del capitalismo, basado en la propiedad privada, en la acumulación privada de capital y en la institución de mercado no se encuentra muy lejos, está en encontrar los mecanismos para que, como dijo García Lorca en Poeta en Nueva York, “la Tierra da sus frutos para todos”. Si no lo conseguimos el capitalismo tiene sus días contados. Pero no porque lo previera Marx, sino porque no consiga eliminar el problema del hambre.

¿Es el turismo una ciencia? Y, si no lo es, ¿puede serlo?

 

¿Es el conocimiento del turismo una ciencia? Y si no lo es, ¿puede serlo?[1]

Is tourism a science? And if it is not, could it be?

Francisco Muñoz de Escalona. Doctor en Ciencias Económicas  Científico titular del CSIC (jb.) España. [franjomues@gmail.com] 

Resumen

Habrá quien responda a la primera pregunta, sin dudarlo, de modo afirmativo. Así lo asume la comunidad internacional de los expertos que se tienen a sí mismos como científicos. Muy pocos estudiosos se atreverían a defender lo contrario, entre otras cosas, porque se expondrían a no formar parte de la mencionada comunidad. La pregunta puede ser extemporánea, pero el autor está convencido de que hacerla de nuevo tiene la virtud de cuestionar las abundantes formulaciones dogmáticas que pueblan la doctrina convencional. La crítica constructiva es el camino que lleva a la ciencia. La necesidad del debate es, por tanto, imperiosa.

Palabras clave: Conocimiento, proceso, ciencia, turismo. 

Abstract

Some will answer the first question, without hesitation, in the affirmative. And it assumes the international community of experts who have themselves as scientists. Very few scholars dare to defend otherwise, not least because it would expose not be part of that community. The question may be untimely, but the author is convinced that make it again has the power to question the dogmatic formulations that populate the conventional doctrine. For no other it is the road leads to science. The need is urgent debate because thanks to him can be scientific knowledge.

Keywords: Knowledge, process, science, tourism.

Introducción

La humanidad se enfrenta, desde sus orígenes, a una cuestión vital: la satisfacción de sus necesidades. Ante tan seria exigencia, aguzó su naciente capacidad intelectual y observó su entorno con el fin de entenderlo para poner su conocimiento al servicio de la supervivencia. Dicho de otra forma, desde la existencia de la especie humana, conocer la realidad tuvo una finalidad práctica: la satisfacción de sus necesidades. No descartamos que la humanidad no aspirara al conocimiento de la realidad por amor al conocimiento en sí mismo, pero para llegar a ello tuvieron que pasar miles de años. La aparición de clases privilegiadas dedicadas al otium cum dignitate tuvo lugar en fechas relativamente recientes, hace unos seis o siete mil años. En todo caso, con la existencia de clases privilegiadas no desapareció el afán de procurar conocimiento con fines utilitarios, es decir, no en sí mismo, sino al servicio de la satisfacción de necesidades vitales.

Mucho se ha discutido sobre la edad del turismo. El mismo vocablo turismo pone de relieve que se refiere a la aparición de un fenómeno social hasta entonces desconocido.

Parece ser que fue con la Paz de Utrech (1713) que se consiguió un nuevo equilibrio de poder en Europa y, con él, la posibilidad de desplazarse de un país a otro con cierta seguridad. Sus grandes beneficiarios fueron, en primer lugar, los súbditos del Reino Unido de Gran Bretaña. Este país obtuvo, junto con anexiones territoriales, grandes beneficios cuando logró romper el monopolio comercial de España con sus colonias de Ultramar. Pero, por encima de todo, el Reino Unido consiguió contener las ambiciones territoriales y dinásticas de Francia. Como ha señalado Joaquim Albareda: “En último término, la Paz de Utrecht hizo posible que el Reino Unido asumiera el papel de árbitro europeo manteniendo un equilibrio territorial basado en el balance de poder en Europa y su hegemonía marítima” (Albareda, 2010)

Por ello:

“Se puede decir que la práctica entre los ingleses de viajar con el propósito de ver escenarios naturales empezó a partir del año en que se firmó el Tratado de Utrech, el cual abrió el continente al llamado Grand Tour de las clases altas inglesas”. (J. M. Coeetze, 2016)

Los viajes por gusto se han hecho desde tiempo inmemorial, pero fue a partir de la fecha citada que las condiciones geopolíticas crearon el marco que los impulsó. Solo faltaba que las clases adineradas aumentaran y que hubiera servicios de transporte y de hospitalidad suficientes, dos condiciones que se dieron a partir de la aplicación industrial de la máquina de vapor por James Watt (1736-1819). La nueva tecnología industrial generó un espectacular crecimiento de la producción de bienes y servicios y dio lugar a lo que se conoce como la Primera Revolución Industrial, primero en el Reino Unido y años después en el resto de Europa y en América. El desarrollo económico generado por ella puso las bases para que los viajes de placer empezaran a generalizarse y, por ende, a masificarse.

El idioma alemán usa el término Fremdenverkehr, con el significado de tránsito de forasteros. Este descriptivo y expresivo vocablo dio nombre a una nueva realidad: la significativa presencia de forasteros en determinados lugares o ciudades donde tiempo atrás no era apreciable. No es que con anterioridad no hubiera forasteros en esos lugares, claro que los había, pero fue a partir del vencimiento de la distancia que consiguió el transporte ferroviario, que realmente empezaron a ser tenidos en cuenta tanto por los inversores como por los estudiosos. La primera línea de ferrocarril interurbano, de Liverpool a Manchester, data de 1830. El desarrollo del transporte ferroviario facilitó el aumento de la presencia de forasteros cada vez en más ciudades, de tal forma que pronto se hizo progresivamente masiva. Es a eso a lo que alude el término Fremdenverkehr, es decir, de turismo en otros idiomas, concretamente en inglés y, desde él, en todos los demás -idiomas del mundo. Conviene insistir en que no existió turismo hasta que los viajes de placer no empezaron a generalizarse y a masificarse, pues hasta entonces no pudo desarrollarse la llamada industria turística (la que presta servicios de transporte y hospitalidad)

El progresivo vencimiento de la distancia gracias a las continuas mejoras en la tecnología del transporte y de los alojamientos es lo que ha llevado a la continua masificación del turismo en cada vez más lugares del mundo. Se abrieron nuevas expectativas de negocios dedicados a los servicios que necesitan o pueden necesitar los turistas. Fremdenverkehrindustrie, industria de los forasteros o industria turística, es el nombre que reciben los establecimientos dedicados a la prestación de esos servicios. Posteriormente, esta denominación se aplicó a nuevos negocios, entre los que cabe citar los de guías, monitores, asesores, las agencias de viajes, etc.

En los últimos años del siglo xix, este fenómeno social era ya una realidad. No es de sorprender, por consiguiente, que naciera entonces el interés por estudiarlo con el fin de asesorar a los inversores en estos negocios. Se comprende, por ello, que los primeros que tuvieron interés en estudiar el fenómeno fueran los empresarios.

El austriaco Joseph Stradner fue uno de los primeros interesados en su estudio, allá, por el tercer tercio del siglo xix. El suizo Edmond Gruyer-Freuler, experto en gestión hotelera en el primer decenio del siglo xx, fue otro destacado estudioso del turismo. Hoy ambos son considerados como verdaderos adelantados en el campo del turismo. En la terminología del físico británico Freeman Dyson, los primeros estudiosos de un fenómeno eran meros “aficionados” a su conocimiento. Sus aportes fueron obviamente casuísticos, pero, sin duda, muy valiosos.

A partir de ellos quedó abierto un campo de conocimiento específico que en nuestros días ha llegado a alcanzar un destacado relieve tanto académico como industrial, editorial y congresual. Después de los simples aficionados vinieron, como en otros campos del saber, los profesionales, con los que la investigación logró alcanzar un volumen inesperado. Pero los aficionados aún siguen aportando un material harto enriquecedor.

En este trabajo trataremos de hacer un seguimiento del desarrollo del conocimiento del fenómeno turístico desde fines del siglo xix hasta nuestros días, con el fin de compararlo con el que han seguido las ciencias en general, a fin de poder dar una respuesta convincente a las preguntas que le dan título.

Las fases del desarrollo científico

Situémonos en los tiempos en los que había culturas avanzadas en sociedades que habían alcanzado niveles de desarrollo material significativo. Estas sociedades establecieron como norma que primero hay que vivir y solo después filosofar, regla que valía para las clases plebeyas (negociosas), pues las nobles (ociosas), dado que no tenían que buscarse el sustento, podían dedicarse a filosofar, es decir, a hacerse toda clase de preguntas: de dónde venimos, a dónde vamos, qué hay después de la muerte, qué es la materia o cuáles son los atributos de los dioses.

El citado Freeman Dyson (2006) sostiene que la astronomía es la ciencia más antigua entre todas las existentes y, por ello, la que cuenta con una historia más larga. Se ha llegado a decir que el conocimiento se nutre de dos fuentes: la ciencia de los profesionales y el coleccionismo de los expertos. La astronomía que se hacía en Grecia era predominantemente cartesiana, mientras que la de Oriente era de naturaleza baconiana, al decir del citado Dyson, lo que equivale a decir que mientras la primera se basaba en la formulación de teorías explicativas del universo –como fue la desarrollada por Ptolomeo–, la oriental se dedicaba a la observación casuística, es decir, al coleccionismo, sin llegar nunca a formular teorías explicativas unificadoras. Dyson apunta que después de estos comienzos, la astronomía se estancó durante mil años. La causa de este parón parece que se debió a que la ciencia baconiana (registro de observaciones inconexas) no pudo avanzar sin contar con la cooperación de la ciencia cartesiana (elaboración de teorías unificadoras). Pero esta última tampoco pudo avanzar sin el concurso de aquella.

Dyson explica que el conocimiento, en su desarrollo desde sus primeros balbuceos hasta alcanzar el nivel de ciencia, pasa por tres fases o etapas:

La primera es baconiana. En esta fase, los interesados en el conocimiento son diletantes o aficionados que se ocupan de observar la realidad sin detenerse a explicarla. Sus aportes son inconexos, pero no cabe duda de que ofrecen descripciones, a veces extremadamente minuciosas, de la parcela cuyo conocimiento les apasiona.

La segunda fase es cartesiana. Los aficionados han sido sustituidos por profesionales, científicos de formación académica reglada que se dedican a hacer mediciones lo más precisas posibles y a elaborar teorías explicativas de naturaleza cuantitativa. En esta fase se destacan los profesionales y los especialistas.

La tercera fase es una combinación de ciencia baconiana y cartesiana. Los aficionados ponen la descripción de sus observaciones parciales a disposición de los profesionales. En ella, dice Dyson, tanto los aficionados como los profesionales se benefician por igual de la disposición de herramientas técnicas a las que se llegó en la fase anterior. Hay herramientas de bajo coste y gran eficacia con las que los científicos se dedican a explorar y explicar la realidad. Los aficionados tienen la posibilidad de hacer también ciencia cuantitativa con las mismas herramientas.

Pues bien, la astronomía, la más antigua de las ciencias, fue también la primera en pasar por las dos primeras fases antes de llegar a la tercera. La física y la química se encuentran todavía en la segunda fase, por ello suele ser raro que un físico o un químico aficionados consigan hacer contribuciones destacadas a la ciencia correspondiente. Menos clara es la situación de la biología. Esta ciencia se encuentra, sin duda, en la segunda fase, y en ella predominan de forma contundente los científicos profesionales. Los aficionados a la biología siguen el ejemplo de Charles Darwin y logran descubrir nuevas especies, crían nuevas variedades de perros, palomas y orquídeas y se dedican a buscar mariposas para sus variopintas colecciones. Por eso, cabe la posibilidad de que esta ciencia consiga relativamente pronto entrar en la tercera fase. A ello apunta el desarrollo de herramientas técnicas baratas y eficaces al alcance tanto de los profesionales como de los aficionados.

 

¿En qué fase del conocimiento se encuentra el turismo?

En la introducción nos hemos referido a los prolegómenos de lo que hoy llamamos turismo como corpus de conocimiento. Podríamos decir que los aportes de los aficionados al conocimiento de la realidad a la que hemos dado en llamar turismo iniciaron la primera fase del desarrollo de su conocimiento. En nuestra obra El turismo explicado con claridad (Muñoz de Escalona, 2003), nos detuvimos en constatar que aquellos aficionados, en general gerentes de alojamientos, se acercaron al nuevo fenómeno sin cuestionarse la noción que el vulgo tenía de él. Si para el vulgo los turistas eran los viajeros por curiosidad o por gusto, a ellos tal definición les resultaba perfectamente válida para sus observaciones de la realidad.

Bien es cierto que durante los años en los que ellos hicieron sus observaciones, sus negocios estaban orientados a todos los viajeros, pero, dado que fue también por ese entonces cuando estaban apareciendo los llamados turistas, es perfectamente comprensible que se interesaran adicionalmente por ellos de cara a la gestión de sus negocios de hospitalidad.

Si quienes hacen viajes de placer son turistas (los que hacen un tour), en 1911 el Oxford English Dictionary vino a definir el turismo [como] teoría y práctica de hacer viajes turísticos [y como] realización de viajes de placer.

Es decir, turismo es lo que hacen los turistas, pero debe quedar claro que, desde la aparición del concepto, este se aplicó no a lo que hace un turista aisladamente, sino a su conjunto, es decir, se refería a un fenómeno social hasta entonces desconocido. Pero, ¿quiénes hacían turismo? En fechas tan lejanas como la antes citada de 1713, cabe pensar que los turistas pertenecían a la que T. Veblen (1899) llamó clase ociosa, la nobleza, pero también, y cada vez más, a las clases plebeyas que se habían enriquecido por los negocios, los llamados nuevos ricos, que tuvieron a gala imitarla en su comportamiento, sobre todo en el llamado Grand Tour, la realización de largos y costosos viajes.

Por consiguiente, queda claro que, entre fines del siglo xix y la tercera década del xx, el conocimiento del turismo se nutrió de los aportes de los aficionados, estudiosos espontáneos relacionados con la gerencia de los servicios de alojamiento. El Dictionnaire de la Langue Française editado en cuatro volúmenes y un suplemento por Hachette entre 1873 y 1878 en París, cuyo autor fue Emile Maximiliano Littré (1801-1881), facilita una definición de turista que, si bien es harto elaborada, recoge nítidamente la noción vulgar, es decir, la que usaban los hablantes. En el prólogo, el autor declara que “l’usage contemporain est le premier et principal objet d’un dictionnaire”.

Procede, pues, citar la esclarecedora definición de Littré:

Turista: Se dice de los viajeros que transitan por países extranjeros por curiosidad y porque no tienen nada que hacer, que realizan una especie de gira por los países habitualmente visitados por sus compatriotas (se dice, sobre todo, de los viajeros ingleses en Francia, Suiza e Italia)[2].

Recapacitemos en esta noción. Littré explica que fueron los ingleses quienes pusieron en boga el hábito de hacer viajes de recreo. A ellos se referían con la expresión to make a tour, ya en el siglo xvii. En 1713, el Reino Unido era ya, como hemos dicho, la primera potencia del mundo, por consiguiente, también fue el primer país que tuvo ciudadanos adinerados que pudieron imitar las pautas de comportamiento propias del estatus social que regía la vida de los nobles.

La noción idiomática de tur, turista y turismo presidió, desde el primer momento, las observaciones con base en las cuales se nutrió el conocimiento del nuevo fenómeno social por parte de los aficionados. Esta noción se convirtió muy pronto en la única y exclusiva, incluso para aquellos estudiosos que, según Dyson, podrían ser considerados como verdaderos profesionales. El economista inglés F. W. Ogilvie (1933) sostiene que el primer intento de explicación científica del turismo se encuentra en el artículo que publicó el economista italiano L. Bodio en el Giornale degli Economista en 1899, titulado Sul movimento dei forestieri in Italia e sul denaro che vi spendono”. Por su parte, el economista suizo Kurt Krapf sitúa la explicación científica del nuevo fenómeno en la ponencia que su compatriota Edmond Guyer-Freuler presentó en una exposición que tuvo lugar en Zurich, en 1883, titulada “Amtlicher Berichte über das Schweizer Hotelwesen (ver Kurzer Abriss del Geschiste des Fremdenverkehrs”, en Baiträge zur Fremdenverkehrslhere und Fremdenverkehrgeschichte, Berna, 1941).

Por su parte, el economista austriaco Paul Bernecker (1957) reivindica, para su compatriota Josef Stradner, el haber sido el primero en iniciar el tratamiento científico del turismo. Según él, la primera definición científica del turismo la dio Stradner en las Primeras Jornadas de Delegados para el Fomento del Turismo en los Alpes, que tuvo lugar en la ciudad de Graz. Stradner no enfatizó en el turista, sino en la industria que satisface las necesidades de este consumidor desplazado. Stradner define así esta industria como la actividad económica que:

“se orienta [en] la obtención de beneficios atendiendo al tránsito de forasteros. En lugar de transportar el producto hasta los consumidores, traslada a los consumidores hasta los lugares de producción. Esto es así porque el consumidor inicia este viaje cuando quiere satisfacer necesidades con bienes que no son transportables. Tales bienes son el aire, las montañas, el clima… La industria turística, por tanto, transforma circunstancias de poca utilidad en bienes económicos (…) Así como el comercio de exportación solo es interesante cuando consigue un mercado duradero en el que poder vender, del mismo modo la industria turística será conveniente no porque su producción se dirija a los consumidores que en este momento están presentes, sino cuando consigue atraer un colectivo seguro de forasteros anualmente creciente”[3].

El enfoque del conocimiento del turismo centrado en la conducta del turista, un enfoque que Stradner no aplicó en sus primeros aportes, como acabamos de comprobar, se consolidó poco después hasta tal extremo que el mismo Stradner lo abandonó en 1905 para adherirse luego a él, como recoge el español Luis Fernández Fuster (1967). Stradner abandonó su punto de vista empresarial y adoptó el de los turistas, entendiendo por tales a:

“aquellos que motu proprio se detienen en un sitio fuera de su lugar de residencia y con su presencia en ese país no persiguen ningún propósito económico, sino buscar la satisfacción de una necesidad de lujo”

Es cierto que Stradner terminó enfatizando en el sujeto que se desplaza por placer después de haberlo hecho sobre los negocios que satisfacen sus necesidades específicas (servicios de hospitalidad), pero es obvio que fue el primero en percatarse de que en el turismo hay dos dimensiones que interactúan entre sí: los demandantes (consumidores fuera de su residencia) y los oferentes de servicios orientados a ellos. Es por ello que -coincidimos con Paul Bernecker, quien afirma que Stradner dio un impulso fundamental de cara a poner el conocimiento del turismo en el camino hacia su posterior perfeccionamiento.

Dicho lo que antecede, hay que reconocer que los esfuerzos por conocer el fenómeno del turismo siguieron sin conseguir superar la noción vulgar. Reparemos en que la noción vulgar es de naturaleza sociológica, pues su enfoque no es otro que la observación del comportamiento de un colectivo social nuevo, hasta entonces desconocido o con una presencia escasamente significativa: los que se sienten impulsados a abandonar de forma pasajera su lugar de residencia para estar, también pasajeramente, en uno o varios lugares por gusto, es decir, motu proprio (sin que nada ni nadie se los mande). Los turistas son aquellos viajeros que se desplazan por motivos estrictamente autónomos sin mezcla alguna de heteronomía. De ahí que el corpus acumulado durante decenios sobre el turismo se dedicara a conocer las motivaciones que explican esos singularísimos desplazamientos, cuya masificación progresiva dio lugar a un nuevo fenómeno social.

Las décadas siguientes se volcaron obsesivamente en la discusión de las motivaciones y dieron lugar a una pléyade de estudios reite-rativos sobre ellas, cuando hubiera sido suficiente con decir que eran eso, motivos autónomos, simple y llanamente autónomos, los cuales, con el paso del tiempo, quedaron perfectamente reflejados al decir que los desplazamientos turísticos son los que se hacen cuando se deja de trabajar por un tiempo para disfrutar de unas vacaciones. No percatarse de este aspecto de la cuestión provocó una larga, agria y absurda polémica sobre si las motivaciones tenían que ser viajes no lucrativos para ser tenidos en cuenta como turísticos y si, por tanto, solo entonces serían objeto de atención de los estudiosos. Los aportes sobre esta condición sine qua non fueron trending topic entre los estudiosos de las décadas de los treinta, los cuarenta, los cincuenta e incluso los años sesenta del siglo xx. Hoy se puede ver aquella enfermiza obsesión como un serio obstáculo para el avance del conocimiento hacia su necesaria maduración.

La década de los setenta alumbró un conato de superación con los aportes de los expertos en marketing que fueron llamados a interesarse por el turismo. La efervescencia de los establecimientos dedicados a satisfacer las necesidades de los turistas llevó a una creciente saturación de estos negocios, hasta tal punto que tuvo lugar un cambio radical, que consistió en pasar del racionamiento de los demandantes al racionamiento de los oferentes. En las décadas anteriores, la demanda había estado insatisfecha. Para superar esta situación, se produjo un fuerte crecimiento de la oferta hasta superar años más tarde a la demanda.

La nueva coyuntura abrió las puertas para que entraran en escena los expertos en marketing. Los empresarios, atosigados por el hecho de que no llegaban a vender todos los servicios que podían producir, se vieron en la necesidad de acudir a estos especialistas. Desde entonces, la bibliografía del turismo se ha visto enriquecida por sus aportes. Los demandantes de sus servicios no se limitaban a la oferta de los establecimientos que se venía considerando como industria turística por antonomasia (los servicios de hospitalidad), sino que este concepto se vio enriquecido para incluir también a las administraciones públicas (gobiernos locales, regionales e incluso nacionales), amparadas en el novedoso concepto de destino turístico, las cuales respondían a la presión de los empresarios de servicios de hospitalidad para que fomentaran su negocio por medio de la propaganda y la convocatoria de actividades culturales, recreativas, festivas o deportivas. Así fue como se generalizó la convicción de que no solo había aumentado la oferta de servicios de hospitalidad en la localidad de referencia, sino que, además, estaba aumentando también, y de forma grandiosa, la propuesta de nuevas localidades con oferta de lo que Stradner llamó circunstancias con escasa utilidad que pueden convertirse en bienes económicos gracias a la demanda de los
turistas. Los aportes de los expertos en marketing enfatizaron de nuevo en la oferta y ampliaron clamorosamente las nociones de producto, empresa y destino turísticos, aceptando de manera implícita la inclusión de lo definido en la definición. Desde entonces, todo aquello que se orientara en los turistas, les interesara o ejerciera una atracción para ellos se convirtió en turístico. Para estos expertos, el turista se vio convertido en el nuevo rey Midas, el que todo aquello que “toca” se convierte en “turístico”.

El aterrizaje de los expertos en marketing en los estudios del turismo pudo ser una revolución, pero lamentablemente quedó frustrada. La explicación de este fracaso reside en que asumieron íntegramente la noción vulgar que venía siendo arrastrada de los primitivos aficionados y mantenida por los profesionales que la heredaron sin cuestionársela. Ellos acuñaron la noción de producto turístico, hasta entonces desconocida, pero cometieron la ligereza de definirla como el servicio prestado por ese heterogéneo conjunto de empresas consideradas como “industrias turísticas”, a las que no tuvieron inconveniente en asimilar tanto a los lugares llamados destinos turísticos como a los recursos naturales, culturales y todos esos productos y servicios capaces de generar flujos turísticos.

Con todo ello, además de los economistas y sociólogos interesados en estudiar el fenómeno del turismo, también los geógrafos se sintieron interesados en cultivar este campo, pues resulta obvio que los flujos de turistas tienen lugar en la Tierra y entre diferentes localizaciones de su superficie. Junto con los aportes de los expertos en marketing, empezaron a destacarse de forma palpable los de los geógrafos.

La conciencia de que la Tierra es un planeta grande –pero limitado– y que tiene abundantes recursos –pero no todos inagotables–, junto con la convicción de que los flujos turísticos crecen según tasas muy altas, ha facilitado que surjan nuevos interesados en su estudio. Nos referimos a los biólogos y, especialmente, a los expertos en ciencias medioambientales. Desde la década de los ochenta del siglo pasado, los aportes de estos estudiosos han aumentado y ya cubren una parte no desdeñable de la bibliografía disponible.

En paralelo, el crecimiento de los cursos dedicados a preparar profesionales en turismo tanto en universidades como en academias privadas es ciertamente notable. Y lo mismo puede decirse de las publicaciones sobre la materia en todas sus variantes, titulaciones y dedicaciones. Por ello, no es de extrañar que haya estudiosos que estén convencidos de que el conocimiento del turismo ha alcanzado ya el nivel científico, pues no de otra forma cabe explicar la avalancha de centros de enseñanza, editoriales y publicaciones que se dedican al tema.

Pero, recapacitemos y tengamos un momento para reflexionar con sensatez y claridad sobre el panorama que hemos expuesto. Un repaso a lo ya dicho pone de manifiesto que incluso en nuestros días, después de casi siglo y medio, el conocimiento del turismo aún no ha superado la primera fase de su desarrollo, la que Dyson llama “de los aficionados” y a la que nosotros hemos calificado de vulgar. Los estudios que se han hecho del turismo son deudores de la noción que aportaron los hablantes cuando el fenómeno apareció en los países industrializados. Con esta noción, centrada en la conducta del colectivo llamado turistas (consumidores desplazados), no es posible rebasar la mera descripción de esa conducta. La sociología tiene mucho que decir al respecto en la medida en que el turismo se presenta como un fenómeno social. También la psicología puede ayudarnos a entender el fenómeno, habida cuenta de que esa conducta tiene unas motivaciones específicas. Qué duda cabe de que la economía también puede aportar su peculiar visión del fenómeno, no solo porque los sistemas económicos que reciben el flujo turístico se benefician de un aumento de ventas de los bienes y servicios que producen, sino, además, porque el turista es un consumidor que genera oportunidades de negocio. Por supuesto, como ya hemos dicho, la geografía tiene mucho que explicarnos en materia de turismo, no solo porque el flujo de turistas tiene lugar en la superficie de la Tierra y entre sus localidades, sino también porque los turistas se sienten atraídos por el paisaje, los ríos, los bosques, los montes, las costas y los lagos, todos ellos recursos cuya sostenibilidad hay que preservar, algo que nos enseñan los biólogos y los expertos en ciencias medioambientales. Así podríamos seguir citando otras muchas especialidades tanto científicas como artísticas y culturales. Pero, ciertamente, tanto unos como otros se basan en una noción precientífica, la que hemos llamado vulgar y que aún no ha sido sometida a su ineludible cuestionamiento previo si verdaderamente aspiramos a que nuestro conocimiento del turismo alcance el nivel que se requiere para calificarlo como científico.

Todo lo dicho equivale a decir que el conocimiento del turismo se encuentra en su primera fase. Es cierto que a partir de las décadas de los treinta y los cuarenta del siglo pasado su estudio pasó a manos de profesionales (académicos), pero también lo es que estos no han conseguido aún elaborar una teoría explicativa capaz de aprovechar el cúmulo de observaciones parciales disponibles.

Las formas de hacer ciencia

Hay quien dijo que la astronomía es la ciencia y que lo demás consiste en coleccionar mariposas. Quien lo dijo estaba aludiendo al hecho de que la astronomía rebasó la etapa de los aficionados (la primera), llegó a la etapa de los profesionales, que formularon teorías explicativas de la realidad (la segunda), y conquistó la fase tercera, en la que los profesionales y los aficionados cuentan con herramientas baratas y eficaces con las que unos y otros, cada uno por su lado, abren caminos cada vez más eficaces de cara a la comprensión de la realidad, al servicio de su aplicación práctica.

Entre los historiadores de la ciencia existen dos escuelas: una basada en la obra de Thomas S. Kuhn titulada La estructura de las revoluciones científicas (1962) y otra que sigue el pensamiento de Peter Galison, expuesto en Image and logic (1997)

Para Kuhn, el conocimiento científico avanza por medio de revoluciones puntuales seguidas de largos estancamientos, es decir, siguiendo la pauta de la evolución de las especies que descubrió Charles Darwin (1859). Como ocurre con las especies, la evolución del conocimiento científico durante la mayor parte del tiempo es lenta o queda estancada. Como en este caso, el conocimiento alcanza estadios en los que permanece instalado gracias a la aceptación mayoritaria de los aportes de los profesionales. Durante esos estadios hay una escuela que se convierte en hegemónica, hasta tal punto que sus explicaciones se convierten en poco menos que dogmáticas. En la medida en que prevalezcan las explicaciones convertidas en ortodoxas, porque todos las aceptan y nadie las cuestiona, tiene lugar un estadio de equilibrio y de trabajo digamos rutinario, durante el cual el trabajo científico consiste en resolver cuestiones más o menos relevantes, pero ateniéndose estrictamente a la teoría admitida.

No obstante, en la historia de la ciencia, como en la evolución de las especies, hay momentos excepcionales en los que surgen nuevas ideas o tal vez nuevas observaciones, en general de la mano de auténticos aficionados, frecuentemente muy jóvenes o poco disciplinados, que llegan a cuestionar las explicaciones preponderantes, si no exclusivas, sostenidas por la aplastante autoridad de las figuras indiscutidas en la materia. Así nacen las que Kuhn llama revoluciones científicas, nuevas ideas rompedoras que necesitan años para imponerse y desbancar a las dominantes. Por supuesto, tales ideas han de ser lo suficientemente poderosas como para poner en solfa la teoría imperante porque explican los mismos fenómenos de forma más convincente o porque abren una nueva ventana desde la que se vislumbran fenómenos no discernibles con ella. En definitiva, Kuhn cree que son las nuevas ideas las que generan las revoluciones científicas. Son ellas las que jalonan el avance, lento pero seguro, del conocimiento científico.

Frente a Kuhn, Galison sostiene que la ciencia avanza gracias no a nuevas ideas, sino apoyándose en nuevas herramientas más adecuadas que las viejas para observar la realidad. El progresivo mejoramiento de los telescopios o de los microscopios es el soporte que nos permite observar con más detalle el cosmos o la materia.

El ya citado Dyson nos explica que las discusiones entre historiadores kuhnianos –que identifican las ideas como el verdadero motor del desarrollo de las ciencias– y los galisonianos –que explican el avance del conocimiento en el avance de los instrumentos que nos permiten observar la realidad cada vez mejor– plantean dos formas de explicar el desarrollo científico diametralmente opuestas. Dyson dice que los historiadores kuhnianos suelen ser científicos teóricos, mientras que los galisonianos son científicos experimentales. La discusión entre los seguidores de ambas escuelas parece no tener fin, pero es obvio que ambas ponen de relieve que la ciencia avanza tanto por la eclosión de nuevas ideas como por el manejo de instrumentos más precisos. No es descartable que si observamos la realidad con mejores instrumentos nos veamos forzados a revisar las teorías imperantes. Por consiguiente, tenemos que reconocer que son las nuevas ideas, en definitiva, las que constituyen el verdadero y único motor que hace avanzar el conocimiento científico. Esta es una convicción que sitúa la discusión en averiguar cómo aparecen las nuevas ideas. Penetramos con ello en un campo harto resbaladizo porque obliga a una incómoda casuística. Por eso, tal vez convenga admitir que las nuevas ideas nacen por medio de la intuición, advirtiendo que las intuiciones más fértiles son las de los individuos intelectivamente mejor dotados y académicamente mejor preparados, aunque no necesariamente en la materia que puede beneficiarse de ellas. Habría que añadir que puede que también el espíritu rebelde y poco conformista con la ortodoxia sea una condición que deba tomarse en cuenta de cara a tener intuiciones capaces de llevar a la formulación de ideas nuevas y revolucionarias en algún campo del conocimiento.

¿Es el conocimiento turístico kuhniano o galisoniano?

Antes hemos demostrado que el conocimiento científico se encuentra todavía en la primera fase de su eventual desarrollo. Esto equivale a decir que aún consiste en múltiples observaciones parciales debidas a aficionados, categoría en la que incluimos a los estudiosos que desarrollan su actividad en centros especializados, sean estos universitarios o no. El patrimonio acumulado por décadas de estudio sigue siendo un aluvión de aportes meramente descriptivos, hilvanados por la observación de la conducta de los turistas, hechos por individuos dedicados a los -negocios considerados como turísticos, a la investigación de tal conducta o de cualquier otra parcela de la realidad que tenga o pueda tener cualquier relación o conexión con los que se desplazan por gusto a lugares donde no residen habitualmente.

Observemos que a lo largo de las décadas pasadas se pasó de unas exigencias aparentemente muy rigurosas para conceder a un sujeto la condición de turista, a una progresiva ampliación o reducción de las condiciones que se han de cumplir para ello. Pensemos, por ejemplo, en la exigencia primera de tener que salir al extranjero para tener la condición de turista, un requerimiento que hoy ya ha sido eliminado. O pensemos en la ampliación de las motivaciones desde la estricta búsqueda de lo lúdico, recreativo o simplemente pintoresco, a la realización de viajes por devoción religiosa (peregrinaciones) o por la necesidad de visitar una clínica o un balneario de aguas medicinales. La enumeración de las modificaciones que han tenido lugar en las exigencias para dar la consideración de turista a un viajero sería agotadora.

Pero, una vez identificado el turista de acuerdo con los criterios que en cada época se hayan establecido, todo el conocimiento aportado consiste en describir lo que hace: sale de su casa en coche propio o en taxi, en este caso, para ir a la terminal del medio de transporte de media o larga distancia seleccionado, llega su destino, pasa la aduana (si el destino es otro país), se dirige a un alojamiento en el medio urbano elegido, llega al alojamiento, se inscribe en la recepción, le dan la llave de la habitación que se le adjudique, descansa, acude a un establecimiento de comidas para restaurar las fuerzas perdidas por el paso del tiempo y el ajetreo del desplazamiento, vuelve a su habitación y se entrega al sueño reparador, al día siguiente se levanta y se dispone a llevar a cabo las tareas cuyas realizaciones le indujeron a desplazarse hasta el lugar donde ahora es ya un turista de hecho y derecho. A partir de este momento, la descripción de la conducta del turista es tan variada como variadas son las motivaciones para hacer turismo.

Los sociólogos son los estudiosos que mejor preparados están para observar estas conductas, así como los cambios en las costumbres que el desplazamiento puede tener en quienes se desplazan por turismo. No obstante, los sociólogos suelen olvidar la descripción de los cambios que la recepción masiva de turistas puede generar en las costumbres y en la idiosincrasia de la comunidad residente.

Los economistas se ocupan de cuantificar el gasto efectuado en la adquisición de bienes y servicios durante el desplazamiento y durante la estancia pasajera en el lugar elegido. Incluso llegan a cuantificar los efectos macroeconómicos que generan en dicho lugar o en la nación los gastos efectuados por los turistas en la creación de riqueza, en el nivel de precios y en las reservas de divisas si se trata de un lugar en el extranjero.

Los geógrafos, por su parte, nos describirán los flujos existentes entre diferentes lugares de la tierra –sean estos ciudades, regiones, naciones o continentes–, especificando cuáles de ellos se destacan por la cantidad de turistas recibidos e incluso señalando los establecimientos ubicados en tales lugares orientados a servir a los turistas de cualquier forma. Y así, del mismo modo harán los estudiosos especialistas en las demás ciencias capaces de ofrecernos la descripción de la conducta de los turistas. Por ejemplo, los expertos en ciencias ambientales podrán observar si estos o sus actividades son o no dañinos para la conservación de los recursos naturales, sobre todo si estos son no renovables.

Cualquier repaso que demos a los conocimientos que se han acumulado desde el pasado remoto o cercano nos muestra eso y solo eso: una descripción de las conductas –externas y por ello observables– de los turistas, ya sea de forma individual o, sobre todo, colectiva. Dicho de otro modo: en ese patrimonio acumulado de conocimientos sobre el fenómeno nunca encontraremos aquello que pueda ser calificado como una teoría unificada y sistemática. Descripciones, solo descripciones, y de la más variada naturaleza, pero jamás algo que se parezca a una teoría simplificadora, unificadora y explicativa.

Habrá quien rechace estas afirmaciones, pero quienes lo hagan será porque llaman teorías turísticas a las descripciones realizadas, a veces bajo apariencias extremadamente sofisticadas, envueltas casi siempre en una terminología academicista acorde con la última moda de la disciplina desde la que se pronuncia el estudioso de turno.

Así las cosas, es obvio que no es posible decir si el conocimiento turístico acumulado avanza de acuerdo con el método aportado por Thomas S. Kuhn. De haber algún avance, este sigue el método de Peter Galison, basado en la mejora de las herramientas disponibles para observar la conducta del turista como individuo y de los turistas como colectivo, y para medir y cuantificar los efectos de tales conductas en la sociedad, la economía, la geografía, la antropología, la ecología y la cultura, medios en los que se desenvuelve dicha conducta. Pero, como ya hemos visto, la acumulación de observaciones, por detalladas y precisas que sean, aún no ha generado la formulación de ideas capaces de transformarse en auténticas, respetadas y consolidadas teorías científicas, es decir, unificadoras, sistemáticas y explicativas del fenómeno turístico.

Ese horizonte deseable y esperable ha quedado olvidado por la comunidad de expertos en turismo que se autodenominan “científicos”. Hasta los más conspicuos lo obvian para, en su lugar, dedicar ímprobos esfuerzos en desarrollar planteamientos sucedáneos presentados como avances en la investigación científica en turismo. El caso más destacado es el de Jafar Jafari, un antropólogo que trabaja como profesor en la Universidad de Wisconsin-Stout y que es editor en jefe de la muy difundida y hasta muy prestigiosa revista Annals of Tourism Research[4]. En su ya extensa bibliografía, este investigador y enseñante induce al lector a considerar que su trabajo consiste en hacer una cuidadosa investigación sobre las fases o etapas que ha seguido el conocimiento del turismo hasta alcanzar el deseado estatus de científico. Jafari plantea cuatro plataformas, a saber:

Apologética (lo bueno o positivo del turismo)

Precautoria (lo malo o negativo del turismo)

Adaptativa (el cómo del turismo)

Científico-céntrica (el porqué del turismo)

Estas plataformas se refieren a la evolución del conocimiento sobre el fenómeno del turismo hacia su supuesta cientificación, en contra de lo que sugiere el título que lleva el trabajo en el que se exponen, The scientification of tourism. Ninguna de las citadas plataformas refleja que se haya llegado a formular una teoría que merezca la consideración de ser científica.

Hasta el momento, en la abrumadora bibliografía que se viene acumulando, brilla por su ausencia la existencia de trabajos que, partiendo del análisis crítico de los aportes disponibles, aspiren a la formulación de la deseable teoría científica. Se ha creído en general, y el profesor Jafari en particular, que el esfuerzo para conocer esta materia consiste en la defensa propagandística de una industria, la llamada turística, y en la hagiografía de un colectivo, los turistas, más que en la investigación básica encaminada a disponer de una conceptualización capaz de servir de base para formular una posible teoría del turismo. Por ello, a partir de lo expuesto, nos vemos en la obligación de afirmar que el conocimiento del turismo aún no ha conseguido alcanzar el nivel científico que algunos le atribuyen, tal vez con fines no confesables por crípticamente propagandísticos. Hoy a lo más que se ha llegado es a contar con un ingente arsenal de estudios parciales o de casos, de naturaleza descriptiva, basados en la observación de la conducta de los integrantes de los flujos de forasteros por gusto en determinados lugares (ciudades o países). Tales estudios, cuando son realizados por profesionales, pueden llegar a tener la consideración de pertenecer a las diferentes ciencias sociales, por lo que puede hablarse de sociología, geografía, economía, ecología, psicología aplicadas al turismo, pero, en absoluto, pueden ser tenidos como ciencia del turismo.

Hacia la formulación de una posible teoría científica del turismo

Aunque haya a quien le resulte inmodesto, vamos a referirnos a nuestro aporte de hace más de un cuarto de siglo. En 1988 publicamos nuestro primer trabajo sobre la materia, su expresivo título es Economía de la producción turística. Hacia un enfoque alternativo (Muñoz de Escalona, 1988). El trabajo fue nuestro primer acercamiento crítico a la doctrina turística convencional. La obra que nos sirvió para ello fue Teoría económica del turismo, cuyo autor, doctor en Economía, es el español Manuel Figuerola Palomo (1985). La obra de Figuerola tiene la destacada virtud de ofrecer una visión completa y detallada de dicha doctrina expuesta de forma didáctica, lo que explica su amplia difusión en los países de habla hispana.

Sin embargo, a pesar de su excelencia, la obra citada no nos convenció y nos produjo perplejidad. Ello nos impulsó a cuestionar sus planteamientos. No lográbamos comprender que en una obra desde cuyo título se lleva al lector al campo de la teoría económica del turismo se pudiera sostener que no hay ningún producto que por sus propias características físicas pueda ser considerado turístico, ya que, de ser cierto, o la afirmación es falsa o la obra nada tiene que ver con la teoría económica.

Luego de publicado el trabajo citado, desarrollamos un proyecto de investigación básica durante los cuatro años siguientes. El resultado fue el trabajo titulado Crítica de la economía turística. Enfoque de oferta versus enfoque de demanda (Muñoz de Escalona, 1992), presentado en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Complutense de Madrid el 5 de julio de 1991 para optar al grado de doctor.

La investigación consistió en un pormenorizado estudio de las obras más relevantes dedicadas al conocimiento del fenómeno turístico –algunas de las cuales ya han sido citadas más arriba– publicadas desde finales del siglo xix hasta 1991. Así conseguimos formular lo que, con sorpresa, estaba por hacer: el modelo al que se atienen implícitamente todas las obras publicadas en dicho período, en las cuales es palpable que el fenómeno turístico es visto desde la conducta del agente que hace un viaje por motivos autónomos, al que llamamos turista[5].

Consciente o inconscientemente, dicho enfoque (desde el turista) lleva, de manera ineluctable, a conceptualizar el fenómeno turístico como una forma aplicada de la sociología, lo que fue reconocido explícitamente por los economistas suizos Walter Hunziker y Kurt Krapf en 1942. Así, quedó establecido como principio rector de los estudios de turismo que turístico es todo aquello que tiene que ver de alguna forma con los turistas. Esta ha sido nuestra convicción inmutable e inamovible desde hace casi siglo y medio, la que ha conducido a los estudiosos del turismo al campo de la sociología, haciendo de paso imposible la aplicación del análisis microeconómico a su estudio.

Sorprende que la doctrina convencional haya elevado a la condición de verdad indiscutible que el turista es siempre y en todo momento un consumidor, nunca un productor (Hunziker y Krapf, 1942). Habría sido infinitamente más acertado y clarificador proclamar que el turista no es más que un vacacionista y que, como tal, sea productor o no, salga de viaje o no, ha dejado temporalmente en suspenso las obligaciones que le atan a su lugar de residencia. Pero los estudiosos no fueron perspicaces y se enfrascaron en insistir en el consumo, olvidando que el turista es también un productor.

¿Cómo va a ser posible aplicar el análisis microeconómico a una realidad rígidamente conceptualizada desde el punto de vista de un sujeto sui géneris, el turista, en virtud del cual no hay ningún producto que sea por sí mismo turístico porque todos lo son o pueden serlo? Por tanto, tampoco hay industrias que sean turísticas por sí mismas. El turista es un consumidor, claro que sí, pero como tal no se distingue de los demás consumidores. También es un productor, aunque deja de serlo temporalmente.

Los estudiosos del turismo observan la conducta de los turistas y constatan que son los clientes de las empresas que prestan servicios de transporte y de hospitalidad. Fueron estos, pues, los servicios que recibieron, por antonomasia, la condición de turísticos; por ello, turísticas son también las industrias que los prestan. La observación de tales conductas llevó a los estudiosos a darse cuenta, más adelante, de que también los turistas se interesan por ciertos recursos naturales y culturales, los que alcanzan a ser considerados como pintorescos[6], por lo que también pasaron a ser parte de la compleja y heterogénea oferta turística. Otro tanto se hizo con las exposiciones, los eventos festivos y deportivos, los parques temáticos, los balnearios termales, los…

No le demos más vueltas. El conocimiento del turismo acumulado durante cerca de un siglo y medio se atiene a los cánones de todas aquellas ciencias sociales dedicadas al estudio de la conducta de colectivos humanos, como la sociología o la psicología social, o de sus efectos sobre diversas realidades (las costumbres, la cultura, los precios, las compras, la delincuencia, el medio ambiente, etc.)

El enfoque alternativo que propusimos en 1991 –y que aún seguimos defendiendo– se fundamenta también, como no podía ser de otra forma, en la observación de la conducta de aquellos que sienten la necesidad de consumir bienes y servicios distantes, pero lo que observa no es lo que hace el turista cuando se desplaza, sino cuando se prepara para desplazarse. El observador atento se percata de que quien siente necesidades que solo se satisfacen con bienes y servicios distantes –las que motivan su desplazamiento– es porque tiene una nueva necesidad a la que llamaremos derivada de la anterior o primigenia, la cual se satisface con la posesión de un plan de desplazamiento circular o de ida y vuelta, es decir, turístico. Como resultado de esta constatación, es posible formular el siguiente postulado:

Todo aquel que necesita un bien o servicio distante de su lugar de residencia habitual ha de elaborar por sí mismo o por otro un plan de desplazamiento doble, es decir, de ida al lugar en donde se localiza dicho bien o servicio y de vuelta al lugar donde reside. 

Llamemos a este plan de desplazamiento de ida y vuelta turismo o producto turístico, habida cuenta de que la ida y la vuelta son notas que están recogidas en la palabra tur (giro o vuelta), de la que derivan turista y turismo.

Como todo postulado, este tampoco precisa ser demostrado. Es obvio que todo desplazamiento requiere ser planificado, pero con más razón el que es de ida y vuelta, es decir, turístico[7].

La admisión del postulado que hemos enunciado permite formular una teoría científica del turismo, habida cuenta de que lo sitúa en el mismo plano de las múltiples actividades productivas que se caracterizan porque su output es identificado objetivamente de acuerdo con sus propiedades físicas.

Reflexionemos sobre las necesidades humanas y sobre la forma en que son satisfechas. Al acto de satisfacer las necesidades lo llamamos consumo y a los objetos que las satisfacen los llamamos productos. No hay nada que pueda ser consumido si antes no ha sido producido, bien de forma inmediata por la naturaleza (frutos), bien por la acción humana, cualquiera que esta sea, desde la simple búsqueda hasta la compleja transformación de unos bienes en otros.

Los bienes consumidos, repetimos, suelen estar cerca del consumidor, pero también pueden estar distantes de él, a veces muy distantes, razón por la cual, como ya hemos dicho, el que los desea tiene que desplazarse hasta donde esos bienes se localizan, para lo cual, insistimos, necesita elaborar un plan, al cual convenimos en llamar turismo o producto turístico.

Turista, pues, es el consumidor que se desplaza para consumir y vuelve a su lugar de partida. Para ello consume (ejecuta) un plan de viaje de ida y vuelta, plan que puede producirlo él mismo, por lo cual es considerado como un autoproductor, o lo tiene que adquirir producido por un semejante, el alteroproductor, que puede ser un amigo, un sirviente o una industria comercial, especializada o no. Esto fue así durante miles de años y sigue siendo así hoy.

Reparemos, de paso, en que la condición necesaria para que haya turistas es que existan sociedades sedentarias. No basta con tal condición, pues, para que en esas sociedades haya quien haga viajes de ida y vuelta (turísticos), la condición suficiente es que en ellas haya individuos que tengan recursos que excedan la cobertura de sus necesidades primarias y puedan optar por consumir bienes o servicios fuera de su hábitat permanente. Añadamos que, cuanto menos técnicamente desarrollada sea la sociedad, más complejas y caras serán la planificación y la ejecución de desplazamientos de ida y vuelta, recordemos, turísticos.

Podemos aventurar que los viajes turísticos se hacen desde hace cuatro o cinco mil años, fecha desde la que existen las ciudades. Las sociedades que contaban con urbes eran también sociedades estructuradas en clases: las más ricas eran las dominantes y las más pobres eran las más numerosas y dominadas. Pues bien, podemos seguir aventurando que las clases dominantes eran las que hacían desplazamientos turísticos. Y si los había, es obvio que tenían que ser planificados, una tarea que, también muy verosímilmente, estaría encomendada a los sirvientes. Y sirvientes serían también quienes acompañarían a sus señores durante sus desplazamientos para portar –es otra suposición verosímil– la impedimenta necesaria para cubrir las necesidades de transporte, alimentación y pernoctación, ya que es perfectamente imaginable que no existiera la posibilidad de contar con tales servicios ni en ruta ni en destino.

Lo expuesto pone de manifiesto que hace varios miles de años que disponemos de tecnología adecuada, aunque aún muy elemental, para planificar y ejecutar desplazamientos turísticos. La tecnología turística debió estar estancada miles de años. Había pocos caminos y los existentes serían muy precarios. La seguridad de los caminos brillaría por su ausencia, razón por la cual los viajeros tenían que disponer de acompañamiento defensivo y de guías conocedores del territorio. Con el desarrollo tecnológico mejoraron los caminos y los servicios de transporte más allá de las cabalgaduras, aparecieron establecimientos dedicados a prestar servicios de hospitalidad, policías de caminos, mapas orientadores y todo aquello que sirviera para facilitar los viajes. Cuando la oferta de estos servicios facilitadores alcanzó un nivel adecuado, el número de quienes podían hacer estos desplazamientos aumentó y, sobre todo, las motivaciones por las que se hacían los viajes se diversificaron; entre ellas están las motivaciones a las que hoy llamamos turísticas por antonomasia, dando lugar a la aparición de lo que hemos dado en llamar turismo. Como es obvio, la tecnología es la misma, cualquiera que sea la motivación del desplazamiento.

Convengamos, pues, en que, si bien el turismo es una realidad que apareció relativamente tarde, la tecnología para la planificación turística surgió muy pronto en el tiempo. No obstante, es una tecnología que aún no ha recibido la atención que merece por parte de los estudiosos, tal vez porque la consideran no solo bien conocida, sino poco complicada y que por ello no necesita de investigación. Pero es obvio que, si vemos el turismo como una actividad de consumo –como tanto se insiste–, no debería de caber la menor duda de que todo lo que se consume exige ser previamente producido y que todo lo que se produce se hace por medio de una tecnología específica.

Este razonamiento nos lleva al campo de la economía, pero no, como es habitual, la de la cuantificación de los efectos del gasto de los turistas en el pib (macroeconomía del turismo), algo que, sin duda, tiene harto interés, sino al análisis de las empresas que se dedican a producir turismo, es decir, planes de viaje de ida y vuelta, lo cual supone entrar en el campo de la microeconomía.

Todas las actividades productivas –y de acuerdo con este enfoque, el turismo lo es, y lo es de forma unívoca y objetiva– responden a la satisfacción de necesidades concretas. Por ello, el economista inglés Alfred Marshall (Londres, 1842 – Cambridge, Reino Unido, 1924) sostiene que, así como el sociólogo se sitúa del lado del agente que consume, el economista lo hace desde el punto de vista del agente que produce. La necesidad del agente consumidor precede a la respuesta que le da el agente productor, por ello, tanto el analista económico como el inversor se centran en este último a fin de averiguar si tal respuesta es técnicamente viable y empresarialmente rentable.

Aclarado este punto gracias a nuestro postulado, deja de ser acertado sostener, como hacen los turisperitos, que el turismo es un producto que se consume al mismo tiempo que se produce, es decir, que los actos de consumo y producción de esta mercancía son sincrónicos, una afirmación mostrenca y absurda incluso desde el punto de vista del sentido común. El citado Alfred Marshall lo dejó muy claro a fines del siglo xix en su obra Principios de economía (1890) y cuestiona así los planteamientos de Hunziker y Krapf (1942) para el turismo. Porque no es cierto, como estos propusieron, que la teoría del consumo sea la base científica del análisis económico, pues mucho de lo que es de interés primordial en toda teoría de las necesidades pertenece a la teoría de los esfuerzos y las actividades productivas. Claro que ambas teorías se complementan mutuamente, ya que la una es incompleta sin la otra, pero si una de ellas puede pretender ser la explicación de la historia del hombre, desde cualquier punto de vista esa es la de las actividades productivas, no la de las actividades consuntivas.

La tecnología de la producción turística consiste en el ensamblaje de dos tipos de inputs:

Inputs o servicios incentivadores, aquellos que ofrecen los bienes y servicios que el turista desea consumir (pistas de esquí, exposiciones, competiciones, recursos naturales y culturales, etc.).

Inputs o servicios facilitadores, los que contribuyen a que el turista pueda cubrir sus necesidades vitales (medios de transporte, medios de alojamiento, medios de restauración)

De aquí que nosotros, recogiendo los dictados de nuestro postulado, ofreciéramos las siguientes:

Ideas prácticas para inversionistas en turismo basadas en el enfoque de oferta y acordes con el postulado

(Este texto es parte de la ponencia que llevamos al congreso internacional que se celebró en Segovia en el contexto de la Red Europea de Fábricas de la Moneda)

Desde hace muchos años, prácticamente todos los países del mundo desean recibir visitantes. Para conseguirlo, aplican estrategias de inversiones públicas y privadas, primero de una forma intuitiva y, más recientemente, en la teoría convencional con enfoque de demanda, pero, sobre todo, el marketing turístico. A menudo, los gobernantes y los inversores privados hacen grandes inversiones en transporte local y en servicios de hospitalidad, un conjunto de servicios a los que llamo “facilitadores” –los expertos en turismo los llaman oferta turística básica–. Hay una expresión que muchas personas repiten con frecuencia: el turismo es rentable. Se trata de un eslogan publicitario ambiguo, enigmático y extraño que hay que traducir como que los hoteles son rentables. Escrito de esta forma, ese eslogan adquiere todo su significado y es inteligible. No obstante, desde que el mercado de servicios de hospitalidad se encuentra saturado de oferta, el mensaje ha dejado de ser apropiado y puede ser peligroso para los inversores. En muchos países existen servicios a los que llamo de “incentivación”, pero, en general, se dan por producidos por la historia o por la naturaleza, y por ello son olvidados no solo por el público, sino incluso por los gobiernos y por los inversionistas privados. De acuerdo con la teoría económica del turismo convencional, las “instalaciones para incentivar el turismo” no fueron fundamentales hace años, condición que sí tuvieron y que todavía tienen las inversiones en servicios de facilitación. En consecuencia, mi primer consejo consiste en la propuesta de invertir en instalaciones para incentivar la llegada de visitantes (parques temáticos, estadios olímpicos, centros de formación, exposiciones y centros de compras grandes, centros comerciales, eventos o ferias de demostración mundial de los productos básicos, museos, etc.). La inversión en incentivación sirve de base para calcular el volumen de la inversión en facilitación. Hay que recordar lo que ya sugirió Stendhal en Le rouge et le noir (1830) sobre Verrieres, una ciudad llena de belleza ubicada en una zona maravillosa a la que sus habitantes ponderaban a cada momento porque sabían que eso atraía visitantes: que los visitantes gastaban en hospitalidad y que, con ello, el municipio cobraba más impuestos y que eso les permitía seguir embelleciéndola. Es decir, la incentivación mejoraba para aumentar la llegada de visitantes, lo que redundaba en mejores servicios de facilitación. En Memoires d’un touriste (1838), Stendhal citó también a Beaucaire-sur-Rhône, un pueblo especialmente feo, pero que tenía el privilegio de organizar todos los años, durante el mes de julio, una feria que se hizo famosa y que atraía feriantes y compradores foráneos. Los feriantes alquilaban naves y corrales y los visitantes gastaban su dinero comprando. A los habitantes no les importaba que el pueblo fuera feo, pues con las ganancias que les reportaba la feria podían vivir todo el año. La feria era el servicio de incentivación que demandaban los visitantes, quienes habían tenido que dotarse previamente de un plan de desplazamiento.

Mi segunda propuesta consiste en invertir para producir turismo con un knowhow propio, utilizando los servicios de “incentivación” y “facilitación” existentes en el lugar. Según la teoría del desarrollo económico, por lo general, un país que exporta turismo apto para su consumo es más próspero que otro especializado en exportar productos primarios (servicios incentivadores y facilitadores). La balanza de pagos del primero normalmente tiene un superávit, mientras que la del segundo es deficitaria.

En el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (csic) hemos desarrollado la teoría económica de la producción turística, basada en el análisis microeconómico que permite el enfoque de oferta. Con base en ella se han propuesto dos modelos de inversión: turismo rural integrado (aplicable al turismo rural) e integraltour (adecuado para centros de turismo urbano). Los inversionistas interesados en utilizar ambos modelos, inscritos en el Registro de Patentes y Marcas del Ministerio de Industria del Gobierno de España, deben llevar a cabo los siguientes pasos:

Presentar una petición formal a la Oficina csic Transferencia de Tecnología.

Firmar un convenio de colaboración con el Instituto de Geografía Económica y del csic.

Crear un equipo de investigación con expertos (algunos expertos deben ser investigadores del csic)

Comprometerse a realizar el proyecto con las siguientes condiciones:

Utilizar recursos físicos locales.

Emplear recursos culturales propios.

Dar trabajo a los residentes.

Respetar la arquitectura rural tradicional y su decoración de interiores.

Contar con representantes de la comunidad local (actores civiles).

Llevar a cabo una evaluación integral del proyecto de inversión.

Poner en marcha un marketing turístico.

Realizar gestión integral del turismo y de las empresas auxiliares.

Elaborar un proyecto de inversión de acuerdo con el siguiente proceso metodológico:

Etapa i. Ubicación del estudio

Etapa ii. Técnica del proyecto empresarial

  1. Proyecto de referencia marco
  • Aspectos del medio físico
  • Aspectos del medio cultural
  • Estudio de la situación social
  1. Alternativas (anteproyectos)
  • Posibles productos turísticos
  • Posibles servicios de “incentivación”
  • Posibles servicios de “facilitación”
  1. Respeto de los criterios ambientales
  • Protección de los recursos físicos (medidas legales y voluntarias).
  • Protección de la identidad cultural (medidas legales y voluntarias).
  • Los residentes han de tener prioridad en el empleo.
  • Las preferencias de la comunidad receptora han de ser respetadas.
  1. Evaluación financiera, económica y social
  • Análisis costo-beneficio
  • Preferencias de la comunidad
  • Análisis multicriterio
  1. Para elegir mediante proyectos preliminares
  1. Evaluación del proyecto (punto de vista)
  • Financiero
  • Económico
  1. Evaluación del proyecto (punto de vista)
  • Físico
  • Cultural
  • Social
  • Comunidad
  1. Ejecución de proyectos ambientales
  • Plan de reparación de impactos físicos
  • Plan de reparación de impactos culturales
  1. Publicidad y planificación de la promoción
  • Publicidad multimedia
  • Folletos
  • Presencia en ferias
  • Opiniones vip
  1. Marketing y planificación de la distribución
  • Mercado
  • Precio
  • Estrategia de ventas:

– Venta directa (Internet)

– Amadeus o Galileo

– Agentes turísticos

– Etapa iii. Implementación del proyecto

  • Constitución legal de la empresa
  • Equipo de construcción
  • Política de empleo (gerentes, especialistas y trabajadores no especializados)
  • Actividad (catálogo de productos turísticos y auxiliares)
  • Política de precios de ventas
  • Sistemas de ventas
  • Método de la promoción

Los gerentes deben producir turismo de acuerdo con los diseños anteriores; los insumos deben ser locales y respetuosos de las tres dimensiones ambientales. El núcleo de esta estrategia es, como se dice, la producción de turismo, es decir, programas de estancia temporal con contenido. Los gestores deben ser residentes o han de conocer perfectamente todas las posibilidades de producir turismo, programas temporales de estancia, ser respetuosos con los principios del desarrollo sostenible (leyes de protección física, normas voluntarias de calidad acerca de entradas y salidas, identidad cultural, etc.). Llamo a esta estrategia una “solución de oferta”. Ives Tinard (2002), profesor en la École Supérieur de Commerce de París, un académico muy conocido en el sector del turismo francés, dice que, por lo general, cuando una empresa de la llamada cadena turística alcanza la madurez, se convierte en un turoperador o en una agencia de viajes productora de turismo (programas de estancia)

La teoría convencional del turismo y su versión de marketing consideran generalmente al operador turístico como un agente intermediario. En muchas ocasiones esto es correcto, pero lo que el operador maduro termina produciendo son programas de estancia temporal. Hay quien cree que un programa de estancia es lo mismo que un paquete. Sin embargo, un paquete turístico no es turismo, es solo un conjunto de dos o tres servicios facilitadores: noche en el hotel de alojamiento, billete de avión y traslados aeropuerto-hotel-aeropuerto. El turoperador, etimológicamente productor de turismo, debe producir turismo. Al paquete turístico le falta la presencia de un servicio fundamental, el de incentivación, sin el cual no es posible hablar de turismo, habida cuenta de que sin necesidad originaria o primaria no hay necesidad derivada. Nadie elabora o adquiere un plan de desplazamiento de ida y vuelta si no siente la necesidad de consumir un bien o servicio distante.

Conclusiones

De acuerdo con la argumentación precedente, podemos decir que no existe una ciencia del turismo, sino que hay varias ciencias aplicadas al estudio de este fenómeno, de la misma forma que no hay un producto que sea objetivamente turístico, sino tantos como interesen o puedan interesar a los turistas.

La doctrina convencional lleva a estudiar el turismo por medio de tantas ciencias aplicadas como ciencias sociales existen (sociología, economía, geografía, psicología, ecología), pero ninguna de ellas es la ciencia social del turismo, habida cuenta de que ninguna ha conseguido identificar el turismo al margen del agente turista, es decir, de forma unívoca y objetiva. Nuestro postulado cumple esa función, la de identificar el turismo por sí mismo, al margen del turista que lo consume. La teoría que se desprende del postulado propuesto es de naturaleza microeconómica, sí, pero su aceptación y posterior aplicación no perturban que se puedan aplicar las demás ciencias sociales.

Albert Einstein fue un científico rebelde, así como lo fueron antes Nicolás Copérnico e Isaac Newton. El primero no respetó la teoría del éter, que venía siendo la base de investigación de la física; el segundo no hizo caso de Ptolomeo y el tercero se atuvo a la observación de cómo caen los objetos. Los tres hicieron avanzar el conocimiento de su época. Sin aspirar a compararnos con tales genios, nosotros nos comportamos como los científicos rebeldes y hemos puesto en solfa la doctrina convencional del turismo, esa sociología aplicada desde la que se viene investigando fructíferamente este fenómeno, pero con la que también se pretende aplicar a su estudio el análisis microeconómico, lo que lleva a caer en anomalías tan graves como la de no conseguir identificar el producto turístico ni la industria que lo produce. El corpus acumulado resultante es caótico en extremo, y para justificarlo se sostiene que la realidad estudiada es extremadamente compleja, hasta tal punto que se afirma que ninguna ciencia es capaz por sí sola de lograr una explicación convincente. Y la ciencia económica mucho menos que ninguna, a pesar de que su conocimiento nos interesa porque se considera una exitosa fuente de riqueza para muchos pueblos.

En consecuencia, la única ciencia que puede llamarse turística es la ciencia aplicada que es posible desarrollar con base en el postulado propuesto, habida cuenta de que estudia el sector productivo que se dedica a producir el turismo, identificado como un producto perfectamente definido en sí mismo, al margen del sujeto que lo consume.

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Este trabajo fue publicado en el nº. 20 de la revista Turismo y Sociedad. del Externado. Bogotá, en-jun. 2017

[1]      Fecha de recepción: 22 de marzo de 2016

Fecha de modificación: 5 de abril de 2016

Fecha de aceptación: 8 de abril de 2016

 

Para citar el artículo: Muñoz, F. (2017). ¿Es el conocimiento del turismo una ciencia? Y si no lo es, ¿puede serlo? Turismo y Sociedad, XX, pp. 27-48.

DOI: https://doi.org/10.18601/01207555.n20.02

[2]      Citada por Kurt Krapft, quien, a su vez, la toma de la cita verbal del señor Coty, presidente del Touring Club de Francia durante un desayuno que tuvo lugar el 27 de marzo de 1954 (ver Revue de Tourisme, n.º 2, 1954, p. 53). Nótese que, todavía a mediados del siglo xx, los estudiosos profesionales hacían suya la noción vulgar.

[3]      Debemos destacar dos aspectos relevantes en los planteamientos de Stradner. El primero es que vio el turismo no desde el punto de vista del turista, sino desde el de los establecimientos que se orientan a la demanda de estos nuevos consumidores, los que están “de paso” en lugares donde no residen habitualmente. Su enfoque fue extraordinariamente novedoso y conviene anotar que fue abandonado sin explicación. El segundo es que atribuyó la condición de bienes económicos a circunstancias con poca utilidad, lo cual es, de entrada, algo absurdo. No cabe duda de que hay bienes que son de extrema utilidad y que no son bienes económicos. Económicos solo son los bienes que son escasos y susceptibles de aplicaciones alternativas. Stradner hizo una afirmación insostenible desde el punto de vista de la economía como ciencia, pero es obvio que se refería a circunstancias que tienen una utilidad más destacada para los forasteros que para los residentes. Pues solo los pasajeros, por carecer de ellas en su residencia habitual, las valoran como bienes económicos, pues para ellos son “escasos” y deseables hasta tal punto de querer disfrutarlos pagando por poder tener la posibilidad de ir hasta donde se encuentran.

[4]      The scientification of tourism. Autor: Jafar Jafari. Capítulo 2 de la obra coeditada por V. L. Smith y M. Brent: Host and Guests Revisited, Tourism Issues of the 21st Century (462 páginas y 29 capítulos), publicada por Cognizant Communication Corporation en Nueva York en 2001. La versión en español es de Francisco Muñoz de Escalona y está en Jafar Jafari: “La cientificación del turismo”, en Contribuciones a la Economía, julio 2005. Texto completo disponible en http://www.eumed.net/ce

[5]      Destaquemos que, a pesar de los ímprobos esfuerzos de aficionados y profesionales para definir con absoluta precisión al turista, a la postre, poco o nada se diferencia de la noción, supuestamente científica, de la noción vulgar, la aportada por los hablantes.

[6]      Los ingleses que elegían Roma en su Grand Tour, y lo hacían porque estaban interesados en contemplar los paisajes italianos que pintores como Claude Lorraine y Salvator Rosa captaron en sus cuadros. El entusiasmo por las pinturas al estilo de Claude y Salvator popularizó en Inglaterra lo que en el idioma francés que solían emplear dieron en llamar pitouresque, es decir, pintoresco o, dicho en román paladino, pinturero. Todo lo que era pinturero se convertía ipso facto en atractivo turístico, en reclamo de turistas.

[7]      Obviemos de momento si es turístico de acuerdo con el significado que los hablantes y los expertos dan al adjetivo. Basta con atribuirle su significado primario, el del viaje para ir a un lugar seguido del viaje para volver. Quien lo hace tiene el carácter de pasajero y de forastero, lo contrario de residente o estable, sea cual sea la motivación que le mueve.

 

Los juegos de mi infancia


 

Por Francisco Muñoz de Escalona

 Los juegos en tiempos de mi infancia eran harto variados. Doy fe de que nunca nos aburríamos. Teníamos juegos de mesa y juegos de calle. Entre los juegos de calle los había pacíficos y violentos. Entre los pacíficos había juegos de pocos jugadores y juegos de cuantos más jugadores mejor. Lo mismo pasaba con los violentos.

Los juegos de mesa se reservaban para los días lluviosos. Si hacía frío mi madre nos ponía un brasero (así le llamaba ella), copa se le llamaba en Tocina, debajo de la mesa camilla y en ella nos poníamos a dibujar, a pintar mapas de España en colores o a jugar al parchís.

Si no llovía nos íbamos a la calle. Al caer la tarde todos los niños del barrio nos juntábamos en la Avenida Capitán Márquez (hoy Gran Avenida) a la que daban las ventanas de mi casa. Unas veces jugábamos al fútbol y otras a la banderita. Nunca se me dio bien el fútbol. Todo se me iba en correr tras la pelota y nunca metía un gol. Por eso, cuando se echaba pie a ver qué capitán pedía antes, yo nunca era el primero en ser de un equipo, sino más bien alguno de los últimos. Otra cosa era si el juego elegido era la banderita. Para jugar a la banderita siempre era pedido el primero. Y eso se debía a que el mejor jugador de la banderita tenía que ser muy rápido, tanto para evitar que el enemigo se llevara la banderita, si formaba parte del equipo que la detentaba, o para robarla, si era del equipo que tenía que conquistarla.

El autor con su bici marca Gorbea, en 1952 en la Barriada de Tocina (al fondo, la caseta de los señoritos de la feria de septiembre, la velá)

Otro juego de calle era el trompo, la peonza. Mi hermano y yo teníamos los trompos con mejores púas de todo el barrio, porque las hacíamos en el taller de mi padre, de barilla de latón, muy afiladas y con muescas para que fueran más agresivas. El trompo al que había que someter a darle matarile (clavar la púa a otro, al que era del niño que había perdido, trozos de madera o incluso romperlo si se podía) Si éramos mi hermano o yo los que teníamos que dar matarile, no había dudas, el trompo castigado quedaría inservible.

También nos hacían aros en el taller, unos aros que eran la envidia de los demás niños. El aro se rodaba con un impulso de la manigueta, y luego se le empujaba con ella. La manigueta era de barilla, con una empuñadura para agarrarla con fuerza, y un gancho en el otro extremo para que encajara en el aro y pudiera impulsar al aro con seguridad. Y con velocidad.

El guá era otro juego de calle, quizás uno de los más pacíficos. En otros sitios se conoce con el nombre de las bolas. Teníamos bolas de diferente grosor, las más gordas se llamaban bolondros. El juego consistía en disparar la bola propia con la mano en forma de gancho con el fin de que chocara con las bolas de los demás jugadores, y así alejarla cuanto fuera posible del guá, el hoyo en el que había que meter la bola propia para ganar el juego. El que ganaba se quedaba con las bolas que los demás jugadores dejaban en prenda. Los buenos jugadores teníamos una bolsa llena de ellas y de todos los tamaños y colores.

Había otro juego al que nos entregábamos los niños, este envuelto en cierta violencia. Era el que llamábamos piola (pídola le llaman en Castilla. Consistía en que a un niño le tocaba hacer de burro, agachándose, para que los demás saltaran por encima de él. Había piola sin espolique y piola con espolique. En este, el niño que saltaba sobre el burro le daba a este un talonazo en salva sea la parte. Ni que decir tiene que había niños que daban espoliques tan fuertes que el que hacía de burro se echaba la mano en el lugar golpeado haciendo gestos de dolor.

El truco (rayuela le llaman otros) era un juego de niñas, como el de las llaves perdidas en el fondo del mar. Los niños no podíamos jugar ni al truco ni a las llaves. Tampoco a la comba. El que jugaba a estos juegos era tildado de mariquita. Nos gustaba ser espectadores de los juegos de las niñas. El juego de las llaves era especialmente atractivo porque las niñas aprovechaban para cantar el nombre del niño que más les gustaba. Un grupo de niñas se ponía en una hilera y, frente a la hilera, dos niñas cogían de la mano a una de ellas y se aproximaban y alejaban cantando ¿Dónde están las llaves matarilerilerile; a lo que las niñas en hilera respondían que llas llaves estaban en el fondo del mar. Las niñas que llevaban a la candidata preguntaban: ¿y a quien va usted a mandar por ellas?, a lo que el coro respondía dando el nombre de una de las niñas. La nueva pregunta era: ¿Y con quien la va usted a casar, matarilerilerile? Esta era la pregunta que los niños esperábamos con ansiedad, porque entonces las niñas en hilera podían dar el nombre de uno de nosotros, el cual ya quedaba informado de que le gustaba a la niña que iría al fondo del mar con él a buscar las llaves perdidas. Materilerilerilelón, chimpón

Los juegos más violentos siempre eran los apedreos con niños de otros barrios. A mi ese juego de apedrearse me daba pavor. Me ocultaba tras una de las moreras de la carretera, la más corpulenta que hubiera, y de allí no salía mientras duraba el apedreo, hasta que el enemigo fuera expulsado o hasta que alguno de los dos bandos desistía, dándose así por vencido.

Mi pandilla jugaba también a los toros. Luisito, un niño rubito y muy blanco, tímido como una niña, era siempre el elegido para hacer de toro. Le poníamos una plancha de corcho en la espalda atada en el pecho, porque el juego consistía en clavarle unas banderillas en el corcho. A veces el corcho se iba hacia abajo y las banderillas herían en la espalda al pobre Luisito.

A mí el juego que más me gustaba era el que consistía en ir al lugar que llamábamos Rioviejo, puede que este fuera un pequeño afluente del Guadalquivir o, tal vez, una zona pantanosa, quizás un meandro abandonado por el río años atrás. El Guadalquivir, en su tramo final, es un río de llanura y cuenta con numerosos meandros. El Rioviejo estaba lleno de pozas de agua orladas de una vegetación muy densa de eneas, carrizos, juncos y sauces. El objetivo de la corta excursión era pescar cabezudos y renacuajos en aquellos charcos. Para ese fin llevábamos latas vacías que llenábamos de agua para transportar vivos los renacuajos hasta el barrio. En el taller de mi padre había un gran corral y en él cavamos un hoyo que llenábamos de agua de un pozo cercano. De este modo de mi padre nos hacíamos la ilusión de tener nada menos que un lago con renacuajos vivos. El problema era que el agua se filtraba y al día siguiente encontrábamos a los pobres renacuajos panza hacia arriba, inmóviles. Estaban muertos.

No había, pues, juegos electrónicos como los que hay ahora, pero nuestros juegos eran tan divertidos que nunca recuerdo haber estado aburrido durante mi niñez.

Cuando nos hicimos algo más grandes, lo que más nos gustaba era ir al río Guadalquivir, a bañarnos. El río estaba algo retirado del pueblo, tal vez porque, cuando se desbordaba, el agua podía llegar hasta muy cerca de las casas. Grandes riadas recuerdo haber vivido muchas. Íbamos por el talud de la vía del tren hasta donde había llegado el agua, y nos quedábamos muy impresionados al ver que algunos vecinos iban con barcas de un lado para otro.

Ir al río era casi una aventura. Las mujeres que nos veían ir se persignaban pensando ¡cuentos van, cuentos volverán! O tal vez para que ninguno se ahogara. La gente del pueblo respetaba y temía al río. Un río que tenía sus propias leyendas. En lo más profundo, decían algunos, había palacios moros, llenos de lujo y de huríes. También había extrañas raíces con vida en sus riberas, las cuales podían agarrar a los que se tiraban al agua y ya no salían. Desaparecían para siempre. También había remolinos de agua mortales. Si tenías la desgracia de que uno te engullera, nunca más salías a la superficie.

Además de bañarnos y de tomar el sol, hacíamos cuevas en la orilla, cuevas que tenían incluso varias dependencias y que eran nuestro lugar preferido para hacer planes de nuevos juegos.

El tiempo fue pasando, y de niños fuimos para grandes. Como grandes, teníamos un grupo al que alguien dio en llamar La Bulla, porque sus componentes éramos muy aficionados a pasarlo bien cantando y bailando en todo tiempo, pero sobre todo en la feria del pueblo, la velá, durante tres días de diversiones, de comer turrón, de tirar al blanco o de jugar en la tómbola. Y, el que podía, bailar con alguna niña que quisiera.

Recuerdo una velá (así llamábamos a la velada, la fiesta anual del pueblo) para la que me compré una pipa. Llené la pipa de un tabaco rubio nacional de pésima calidad, la encendí y me puse a fumar sin haber quemado la pipa previamente. Me puse malísimo y me tuve que quedar encamado vomitando y con una fiebre de cerca de 40º. Fue la única velá que no pude disfrutar bailando en la caseta ni, subiendo al tío vivo que nosotros llamábamos güitoma. Aquella pipa aún la conservo como recuerdo de mis aficiones de adulto fumador. Pero nunca más llegué a fumar con ella.

 

 

 

Inventario de lugares comunes sobre el concepto de turismo

Inventario de lugares comunes sobre el concepto de turismo

Francisco Muñoz de Escalona

 

A fines de 2009, Jorge Ramón González y Anaís Laffita Reverón publicaron en la revista Turydes un artículo titulado Apuntes sobre la ciencia del turismo. El interés de dicho artículo responde a que aporta, de forma clara y expedita, un verdadero inventario de los abundantes lugares comunes que infestan la llamada ciencia del turismo. Muy sucintamente, este artículo aspira a desgranarlos al tiempo que los invalida.

1.La ciencia del turismo. Esta es la alta consideración que la comunidad de turisperitos otorga a un corpus dominado por la mezcla de disciplinas aplicadas al estudio del fenómeno social de la masificación de los viajes de vacaciones. Llamar ciencia a una descripción de la conducta de quienes hacen esos viajes y de los bienes y servicios que consumen esos viajeros supone usar el concepto de ciencia de un modo extraordinariamente amplio como se verá más adelante

2.La supuesta juventud del fenómeno. Esta afirmación implica creer que los viajes por placer son muy recientes, pero un ligero repaso a la historia de los desplazamientos por motivos autónomos muestra que estos se vienen haciendo desde que, una vez conquistada la sedentarización, surgieron núcleos permanentes de población y, progresivamente, aumentó la riqueza concentrada en pocas manos.

3.La llamada ciencia del turismo es multidisciplinar. Si tal afirmación fuera cierta ello equivaldría a la existencia no de una ciencia del turismo sino de varias ciencias dedicadas a su estudio. Pues bien: todas ellas adolecen de basarse en una elemental descripción de consumidores desplazados y de oferentes dedicados a satisfacer sus necesidades.

  1. Un gran porcentaje de los trabajos realizados se refieren al área de gestión desde un enfoque económico olvidando las relaciones sociales, pero lo cierto es que en toda la bibliografía disponible prima el enfoque sociológico sobre el económico

5.Las investigaciones del turismo deben promover nuevos enfoques conceptuales y metodologías adecuadas para abordar el objeto de estudio de las investigaciones, pero lo cierto es que no se admiten esos nuevos enfoques si obvian el sociológico

6.El turismo es una realidad compleja. En absoluto es más compleja que cualquier otra. Su tan cacareada complejidad es una consecuencia inevitable de su enfoque descriptivo

7.El turismo es un objeto de estudio complejo. Su complejidad es, de nuevo, consecuencia ineluctable de llevarse a cabo en ausencia de una concepción capaz de identificarlo en sí mismo, no en función de quien lo practica

8.El turismo es un fenómeno social. Pero no solo social. Enfatizar en su dimensión social lleva a olvidar lo que es en sí mismo como objeto identificable de forma clara y precisa.

9.El turismo cuenta con un corpus teórico-metodológico coherente. Es justo lo contrario. Porque se ve en la necesidad de acudir a un heterogéneo conjunto de disciplinas dispares por la sencilla razón de que no parte de un planteamiento correcto de la cuestión que trata de dilucidar

10.Cuando se estudia el turismo se cae en la irresistible tentación de lo pragmático y lo empírico. Es obvio que ello es así por su equivocado punto de partida, el cual impide llevarlo a cabo por medio de un corpus teórico-metodológico

El Turismo: construcción participativa

Los anteriores ejes imponen retos que deben ser compartidos por la academia, la industria y el negocio del turismo, lejos de azuzar las contradicciones, se impone el diálogo entre los investigadores y los gestores turísticos. Por una parte, la industria debe dedicar mayor presupuesto a proyectos de investigación -no necesariamente de gestión económica- y a la formación; por la otra, los investigadores deben comprometerse a entregar resultados de investigación que armonice la teoría y la práctica y sean deseados y colaborativos con la industria y demuestren que contribuye a aumentar su competitividad.

Las investigaciones deben ser un espacio de participación de los gestores turísticos con los investigadores en un proceso de investigación-acción. La propia multidisciplinariedad del turismo debe impulsar el surgimiento de nuevas asociaciones profesionales como otra forma de crear espacios de confluencia.

A MANERA DE CONCLUSIONES

La exposición realizada parte de la caracterización de las etapas evolutivas del turismo y como la ciencia lo ha concebido y reconoce algunas tendencias que sirven de retranca al desarrollo de su ciencia. Como ejes de transformación de la ciencia del turismo se plantean las siguientes miradas: mirar desde la complejidad de su objeto de estudio, mirar como fenómeno social, mirar hacía la construcción de un corpus teórico-metodológico coherente y mirar para conllevar a su construcción participativa.

Las propias contradicciones del desarrollo del turismo y de su ciencia serán las fuerzas catalizadoras que lo configuraran en teoría y práctica en busca de su ciencia para direccional su desarrollo, mientras tanto es una ciencia dispersa que tantea en variados campos las respuestas a sus interrogantes, sin llegar a clausurar el debate sobre su singularidad, bifurcada por el incremento creciente y dispar de contribuciones dada su complejidad.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

AGENCIA NACIONAL DE EVALUACIÓN DE LA CALIDAD Y ACREDITACIÓN (2004). Libro Blanco. Título de Grado en Turismo. Madrid. Depósito Legal: M-20032-2004

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CAMMARATA, EMILCE BEATRIZ. (2006). El turismo como práctica social y su papel en la apropiación y consolidación del territorio. En publicación: América Latina: cidade, campo e turismo. Amalia Inés Geraiges de Lemos, Mónica Arroyo, María Laura Silveira. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, San Pablo. ISBN 978-987-1183-64-7.

DONAIRE, J.A. 1998, “La geografía del turismo después del fordismo: turistas en las fábricas, turistas en los centros comerciales”, Sociedade e Territorio, nº20, pp.55-68.

ESPINO, M. (2003). Complejidad y pensamiento social. En: Carrizo, L. (ed.). Transdisciplinariedad y complejidad en el análisis social. Gestión de las Transformaciones Sociales (MOST). UNESCO

FRECHTLING, D. C. (2002), Destination development: foundations for a stakeholder focus. tedQual, No. 5 (1): 9-12.

GÓMEZ NIEVES, SALVADOR (2005). Repensar el turismo: ante la irresistible tentación de lo pragmático y lo empírico. SECTUR, CESTUR, Departamento de Turismo, Recreación y Servicio, México, pp. 22.

MINISTRAL, M. (2000). Geografía, turisme i polítiques de formació en turisme: l’aportació de la geografia als plans d’estudi superiors en turisme. [Microficha] Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona.

URRY, J. 1990 The Tourist Gaze (Londres: Sage Publications).

WALLE, ALF H. (1997). Quantitative versus qualitative tourism research. Annals of-Tounrm Research, Vol. 24, No. 3, pp. 524-536, Elsevicr Science Ltd.

TURyDES
Vol 2, Nº 6 (noviembre/novembro 2009)

 

Comentarios sobre este artículo:

 

Por: Francisco Muñoz de Escalona Fecha: 30 del 12 de 2010 – 20:09
Dr. González, he leído su trabajo y lamento tener que decirle que poco o nada ha logrado usted asimilar en esta materia. Me gustaría convencerle de que cuanto antes se ponga usted a pensar por su cuenta olvidando la maraña que la incompetencia ha ido tejiendo en su seno antes se convencerá usted de que eso de la complejidad del turismo es un mito que no se sostiene más que porque a nadie le interesa desmontarlo, antes al contrario, hay ingentes intereses que obran en su mantenimiento. ¿Sabe usted por qué? Pues porque es una forma de aumentar la maraña en beneficio de la consecución de créditos y otras canonjías academicistas. Sinceramente reciba un saludo afectuoso pero con el ceño fruncido por haber leído lo que usted escribe.

 

Mis orígenes. Notas de mi vida

 

MIS ORÍGENES. Notas de mi vida

Francisco Muñoz de Escalona

Se trata de una deformación profesional, pero me gustaría saber con qué esperanza de vida nací. Seguro que baja, no más allá de los cuarenta/cincuenta años. El familiarmente remarcable hecho aconteció en un pueblo andaluz, sito en el valle inferior del Guadalquivir, un pueblo que aún no era próspero como lo fue años más tarde y al año justo de fracasar el golpe de estado de 1936 y de arrancar la guerra civil que asoló España durante tres años de infierno. Los rebeldes de entonces habrían dicho que yo nací durante el primer Año Triunfal.

Las del alba serían cuando mi madre y yo decidimos de común acuerdo que se había acabado la buena vida para mí y empezaba la vida en serio, la vida dura a la intemperie. Era el día uno del caluroso mes de julio del año mil novecientos treinta y siete. La escena tuvo lugar en la casa que en el campo hicieron mi abuelo, Francisco, pero al que como granadino llamaban Frasquito, mi padre, también Francisco como yo, (como su padre y como su abuelo), y mi tío, Antonio, el hermano de mi padre. Las dos mujeres de la familia paterna, mi abuela María y mi tía María, no participaron en la construcción de la casa, como es obvio.

En el parto mi madre, Carmela, estuvo asistida nada menos que por el médico del pueblo y gran amigo de la familia, don Alonso Sopeña, cuya larga vida permitió que yo llegara a conocerlo, ya muy viejo, pero todavía en activo, cuando era adolescente. Siempre fue el médico de mi familia hasta que lo sustituyó Don Eduardo Márquez.

Don Alonso, contaba mi madre, le dijo a la parturienta:

  • Enhorabuena, hija, has parido como una reina, con médico a la cabecera de la cama, y reina podías ser porque has dado a luz un hermoso varón, un calco exacto de su padre.

La alegría que tuvieron mis padres con mi nacimiento fue muy grande, pues, como granadinos, tener como primogénito un varón era doblemente gratificante. Herencia mora. Mi abuelo, Frasquito, al que siempre llamábamos abuelito, o abuelo Escalona, era a la sazón mecánico jefe del taller de mantenimiento de la azucarera San Fernando o La Bética, S. A., un ingenio fabril localizado casi frente a la casa donde había tenido lugar mi feliz nacimiento, casa a la que dieron en llamar Villa Escalona, pues Escalona era el nombre con el que era conocida la familia.

Fui inscrito en el Registro Civil del Municipio de Tocina dos días después de mi nacimiento con el nombre de Francisco. Cuenta mi madre que cuando me vio mi abuela María me tomó en sus brazos al tiempo que decía como una posesa:

  • ¡Pero si es mi Paco!, ¡es mi Paco!

Y que mi padre pensó que ella quería que me llamara Paco, es decir, Francisco, cuando lo que seguramente quería decir es que era igual que su hijo, mi padre. Parece que mis padres aspiraban a cambiar el repertorio de nombres para sus hijos, pero que no se atrevieron por no defraudar a mi abuela María.

El recién nacido, además, era el primer nieto de sus abuelos paternos y el segundo de los maternos. Todo ello se quiso solemnizar con un bautizo de muchas campanillas. El padrino fue el director de la fábrica, Don Fernando, muy amigo de mi abuelo. Por tratarse de un bautizo tan solemne, el cura no quiso ahorrar nombres y me asestó los de Francisco de Paula José María, de la Santísima Trinidad, del Sagrado Corazón de Jesús y de Todos los Santos.

El autor a la tierna edad de ocho meses. Compruébese que a esa edad era sin duda un hermoso ejemplar.

Parece que mi madre tardó en tener la subida de leche y hubo que recurrir a los servicios de una gitana del contorno, porque había parido pocos días antes que mi madre. Entonces no había alimentos maternizados. Por eso decía ella, la gitana, que su hijo y yo éramos hermanos de leche. Y por eso mi madre decía que fue una gitana la que me hizo las entrañas.

Mi madre nació el 29 de octubre de 1907 en el valle del Genil, en la ciudad de Pinos Puente. Era hija de Miguel Lafuente Gallego, ebanista con taller propio, y de Luisa Molina García, dedicada a las tareas del hogar. Mi abuelo era conocido en Pinos como Miguelico Chamé. Mis abuelos Lafuente tuvieron muchos hijos, pero sólo les vivieron cuatro, tres mujeres y un varón. Mi madre era la segunda de las que llegaron a la edad adulta, pero antes hubo tres niñas que murieron en la infancia o poco después de nacer. Ella era, pues, la quinta hembra a la que quienes creen en estas cosas atribuyen poderes especiales.

La familia Lafuente Molina vivía en la calle Real de la ciudad, nombre que la República cambió por el de Fernando de los Ríos, en una casa grande y espaciosa con patio y traspatio, al que también se entraba por la calle de atrás, y en el que mi abuelo tenía el taller de ebanistería, donde trabajaban tres asalariados, dos oficiales y un aprendiz, Machaquito de apodo, nombre de un famoso torero granadino de la época. Mi madre contaba muchas anécdotas protagonizadas por Machaquito. Recuerdo ahora una que debió ser muy celebrada ya que mi madre la contaba con frecuencia.

La gata del taller tuvo gatitos y mandaron a Machaquito a tirar algunos al río Pinos, conocido también como Cubillas. Mucho tardó en volver, y cuando llegó de vuelta le preguntaron el porqué de su tardanza. Y Machaquito explicó con mucha seriedad que había tardado tanto porque había cola para tirar gatos al río.

La carcajada que produjo en mi abuelo Miguelico, y en todos los que oyeron la ingeniosa respuesta, salvó a Machaquito de la bronca que le tenía preparada el maestro.

Otra de las anécdotas de Machaquito que contaba mi madre tiene que ver con un cabecero de cama niquelado que un cliente había llevado al taller. Un día encontraron aquel cabecero niquelado pintado de rojo con minio. Mi abuelo, en lugar de enfadarse al verlo tan sólo dijo,

  • vaya, mira qué bien, pues ya han pintado de minio el cabecero, ¿Quién lo habrá hecho?

Y Machaquito respondió, lleno de orgullo:

  • yo, maestro, yo lo he hecho, fue ver el cabecero y pensar, qué bien quedará este cabecero tan brillante con una buena mano de minio.

Parece que Machaquito era así de simpático y de ocurrente.

En la casa de al lado de mis abuelos maternos estaba, tabique por medio, la vivienda de mis abuelos paternos, Francisco Pedro Muñoz de Escalona y Ruiz de Valdivia, natural del cercano pueblo de Atarfe, y María Martínez Vela, natural de El Perchel, un barrio muy popular de la ciudad de Málaga. Ella era diez años más joven que él. Cuando se casaron, mi abuela era casi una niña, tenía sólo 18 años. La boda se adelantó, según contaba mi abuelo, porque los padres de mi abuela emigraron a Buenos Aires con la hija mayor, que se había casado con un sastre francés de origen italiano. Se llamaba Luigi Viviani.

Mi abuelo Escalona siempre contaba con orgullo que sus suegros le habían dejado a su hija siendo tan joven porque confiaban mucho en él, y que se fueron a América muy seguros de haberla dejado en tan buenas manos.

Mi abuelo Frasquito estuvo muy enamorado de su esposa, mi abuela María, la cual, según se contaba era ciertamente muy guapa y que, además, entonaba muy bien los “palos” del flamenco. Hay una foto rodando por los cajones en la que se les ve a los dos cuando todavía eran muy jóvenes, mi abuelo con un gran bigote engominado y peinado con raya a la izquierda, y mi abuela con el pelo recogido y un vestido muy elegante, con blanco cuello de encaje.

Mi padre nació casi un año después que mi madre, el 30 de septiembre de 1908, pero mi madre llevaba muy en secreto, casi como si fuera un delito, o como algo inconfesable, eso de ser once meses más que su esposo. Nunca entenderé cómo consiguió que en todos los documentos de identidad que tuvo, Libro de Familia, DNI o pasaporte, figurara que había nacido el mismo año que mi padre, a quien de paso también le quitó un año, pues decía que había nacido en 1909, quitándose ella de paso nada menos que dos. Muy pocos sabían la edad exacta que tenía mi madre. Guardaba una estricta confidencialidad en materia de edad, algo muy común entre las mujeres de su época. Efectos de la pasión humana por la eterna juventud.

Mi padre fue el segundo hijo de mis abuelos paternos, el primero murió a poco de nacer. Tuvieron dos hijos más, Antonio y María.

La boda de mis padres tuvo lugar en Pinos Puente, pueblo natal de los contrayentes, aunque mi padre llevaba ya catorce años viviendo en Los Rosales, desde los catorce años.

Mi madre había soñado con este día durante los catorce años de noviazgo con un novio ausente que la visitó tan sólo en dos ocasiones en tan largo periodo de tiempo. Ella quería que su boda fuera como Dios manda y, a lo que parece, Dios lo que manda es que sea en la iglesia y vestida de blanco. Pero la efervescencia social de aquellos tiempos, julio de 1936, no lo aconsejaba. Desde el mes de febrero de aquel año, mes en el que ganó las elecciones el llamado Frente Popuar, una coalición de partidos de izquierdas y muy anticlericales, la gente evitaba casarse por la iglesia y, sobre todo, en la iglesia. No estaba bien visto hacerlo así por las autoridades municipales. Mi tío Antonio, hermano de mi madre, monárquico carlista de pura cepa, militante de la Comunión Tradicionalista, buen conocedor del ambiente que se vivía en el pueblo, quiso disuadirla.

Mi madre pertenecía a una familia muy de orden, católica y monárquica de toda la vida, es decir, de derechas a carta cabal. En su casa se miraba con harto recelo el proceso revolucionario que se había iniciado con la llegada al poder del Frente Popular. Sin embargo, en casa de mis abuelos Lafuente no quitaron como centro de mesa una foto de la reina Guillermina de Holanda, lo que era una provocación en aquellos tiempos.

Los gitanos, que siempre se habían mantenido recluidos en sus cuevas de la cercana Sierra Elvira, el imponente volcán que domina el pueblo, ahora se pavoneaban muy engreídos por las calles del centro de la ciudad. La situación era confusa e inestable. Decididamente, no era aconsejable celebrar la boda en la iglesia que hay en la plaza del pueblo. Mi tío llegó a proponer que lo más sensato era celebrarla en la casa de la novia ya que el cura no tenía inconveniente en que se celebrara en ella la ceremonia.

Todo parece indicar que fue inútil la fórmula porque mi madre, tan dócil siempre, se mostró inconvencible. El novio, mi futuro padre, no intervino en el problema. Él acababa de llegar con su madre, la cual sería la madrina de la boda, el día antes que de llegar a Pinos, cuando se celebró el matrimonio civil, el día 4 de julio. Desconocía mi padre la verdadera situación del pueblo. Él lo que quería era que todos aquellos trámites acabaran lo antes posible, tomar a su flamante esposa y llevarla con él a Villa Escalona, a la casa aún en construcción que sería el hogar de la nueva familia.

La tozudez de la novia y la indiferencia del novio debieron llevar a mi tío Antonio al convencimiento de que no quedaba más opción que afrontar el peligro. Por ello, mientras los novios formalizaban los trámites en el Registro Civil, mi tío consultó a sus camaradas y después de discutir el caso decidieron que formarían parte de la comitiva, pero armados.

El 5 de julio, a las 7 de la mañana, cuando la comitiva nupcial enfiló la antigua calle Real en dirección a la iglesia, la plaza en la que se encuentra estaba abarrotada de jornaleros del campo en huelga. Mi tío y sus conmilitones debieron levarse la mano a las pistolas para comprobar que no las habían olvidado. Los novios, absortos en su papel, no se dieron cuenta de lo que pasaba, y menos aún de lo que podía pasar si aquella multitud tomaba la boda por la iglesia como una provocación. Es posible que creyeran que toda aquella gente estaba allí solo para verlos pasar a ellos. Pero, claro, no era así.

No era como ellos creían. Estaban allí en señal de protesta por la decisión que tomaron los dueños de las tierras de no dar trabajo a nadie, en disconformidad con la anarquía y el desorden que se había apoderado del pueblo desde hacía unos meses. La plaza de la iglesia era ese día el escenario de una huelga de jornaleros. Los novios, ignorantes de la situación, siguieron avanzando y detrás de ellos todo el cortejo.

La plaza, amotinada, no ofrecía resquicios para atravesarla en dirección a la iglesia. Nadie podía prever cómo se comportaría aquella masa de jornaleros. Pero, inesperadamente, cuando los novios pusieron el pie en los primeros peldaños de la escalinata que separa la plaza de la acera de la calle, los jornaleros más próximos se apartaron y muchos hasta se descubrieron en señal de respeto. Los demás imitaron maquinalmente esta actitud y fue asís como se formó un pasillo de bordes humanos, estrecho y repentinamente silencioso, por el que los novios y sus acompañantes pudieron llegar hasta la iglesia, cuyas puertas se abrían en ese momento para dejarlos pasar al interior.

Siempre me ha fascinado recrear esta escena que tantas veces me describiera mi madre cuando le daba la nostalgia que nunca perdió por su tierra granadina.

Cuando tuve oportunidad tiré de la lengua a quienes la vivieron. Forma parte de los prolegómenos de mi vida. El comprensible capricho de mi madre, la indiferencia, tan ignorante como atrevida, de mi padre, y la presencia en el cortejo de un grupo de pistoleros, pudo haber hecho imposible mi encarnación inminente. Si no fue así lo debo en primer lugar a la prudente y respetuosa actitud de los jornaleros, pero, sobre todo, a la veneración que muchos de ellos sentían por mi abuelo Miguelico, a quien  todos querían en Pinos Puente por su gran bonhomía. Tengo para mí que Miguel puede que llevara por sus venas algo de sangre gitana y que por eso los gitanos lo quisieron tanto, porque lo tuvieran por uno de los suyos, aunque acomodado. El apodo con el que era conocido, Chamé, tiene un inconfundible aroma gitano y es muy posiblemente un antiguo apellido convertido en apodo.

Volviendo ahora a mi abuelo paterno diré que empezó a trabajar siendo un adolescente como aprendiz en la Fábrica Azucarera La Nueva Rosario de Pinos Puente, a la que iba diariamente caminando desde su pueblo natal, Atarfe, que dista unos diez kilómetros de Pinos. Ambos pueblos están enclavados en el fértil valle del Genil, muy cerca de Sierra Elvira, un volcán apagado que cuenta con un manantial de aguas termales. Es aquella una tierra propensa a terremotos. En 1956 hubo uno muy fuerte que ocasionó grandes derrumbes en Atarfe. Con el tiempo, el joven aprendiz Frasquito llegó a convertirse en un excelente mecánico experto en máquinas de vapor, la fuerza que movía la fábrica.

Gracias al cultivo de la remolacha en las tierra de la vega y a la fábrica azucarera, Pinos Puente creció y se enriqueció hasta convertirse en una ciudad de cerca de 20.000 habitantes a principios del siglo XX. A la clase dominante granadina de la época dio en llamársele sacarocracia, porque debía su riqueza a los grandes beneficios que reportaba el cultivo y el procesamiento industrial de la remolacha azucarera, con la que en España se sustituyó el azúcar de caña que dejó de enviarse desde las ya ex colonias de Cuba y Filipinas, perdidas en 1898[1]. El cultivo de remolacha se generalizó en el valle del Genil para su transformación en azúcar en los numerosos ingenios fabriles que se instalaron en la zona.

La familia García Lorca, por ejemplo, que vivía en un anejo de Pinos llamado Asquerosa (hoy Valderrubio) destacaba como una de las más ricas de la comarca. Sus tierras dedicadas al cultivo de remolacha, se extendían por las cercanías de Pinos Puente, desde Fuentevaqueros, lugar en el que nació el poeta en 1898, a Valderrubio, conocida entonces como ya he dicho como Asquerosa, tal vez una derivación malsonante de Arquerosa, un lugar donde parece ser que hubo un regimiento de arqueros de las tropas cristianas que conquistaron el reino nazarí de Granada en 1492.

Cuando mi padre tenía catorce años, a mi abuelo lo mandaron a una fábrica azucarera que se estaba montando en el valle inferior del Guadalquivir, a unos treinta kilómetros al noreste de Sevilla. El valle es una llanura aluvial que el gobierno de la Dictadura de Primo de Rivera (1923 – 1930) estaba transformando en regadío con el agua del Guadalquivir traída por medio de una compleja red de canales, en algunos de los cuales nos íbamos a bañar, años  después, los niños del pueblo durante los días calurosos del verano. Con el cambio de secano a regadío, aquellas tierras se hicieron aptas para los cultivos de regadío, entre ellos de la remolacha, y por esta razón se abrió allí una fábrica azucarera.

La azucarera estaba casi enfrente de una pequeña finca que compró mi abuelo y en la más tarde construyó la casa donde se alojaron mis padres después de casarse. En esa casa nací yo años más tarde. Cuando la fábrica estaba aún en proceso de instalación, encargada a un grupo especializado de nacionalidad francesa, nombraron a mi abuelo jefe del taller de mantenimiento y reparación del complejo fabril, movido, como el de Pinos Puente, por las máquinas de vapor que él tan bien conocía.

Como ebanista, mi abuelo Miguel recibía el encargo de construir en su taller el ajuar de todos los que se casaban en el pueblo, ajuar que, según la costumbre, era pagado por el padre de la novia, aunque, en realidad, lo terminaba pagando, en algunos casos, mi abuelo ya que muy pocos, pagaban la factura. Si a ello se une que mi abuelo se echaba la chaqueta al hombro y se incorporaba al acompañamiento de todos los entierros del pueblo sin preguntar quién era el difunto, se comprende mejor la inesperada reacción que tuvieron los jornaleros el día que se casaron mis padres por la Iglesia, algo que pudo desencadenar un altercado de negras consecuencias si recordamos que en el cortejo iban acompañantes armados.

No hubo viaje de luna de miel para los novios. Los tiempos no estaban para esos lujos. Puede que tampoco los novios tuvieran recursos para darse esos placeres. Así que subieron al tren en Granada y viajaron hasta Los Rosales, en Sevilla, donde les esperaba Villa Escalona para darles cobijo, a pesar de que aún no se había terminado de construir la vivienda.

No se terminó de construir. Se quedó como estaba en 1936 hasta que fue vendida en 1973, poco después de mis padres se mudaron a vivir a Villa Clara, un chalet que compraron en el término municipal de El Molar, Madrid, junto a la carretera nacional II de Madrid a Burgos.

Días después de la boda de mis padres, el 13 de julio, asesinaron al diputado de derechas Joaquín Calvo Sotelo en Madrid. Mi madre contaba que, cuando se supo la noticia que conmovió a toda España, mi abuelo FRasquito, que aún vivía con mi abuela y mis tíos en el recinto fabril, llegó a Villa Escalona comentando que no le extrañaría que se levantaran los militares contra lo que él entendía que era una situación caótica.

Y, en efecto, acertó, pues cinco días después, el 18 de julio, el ejército intentó dar un golpe de estado que, al fracasar, puso en marcha la violencia de la guerra civil de 1936 – 1939.

La guerra llegó a Villa Escalona diez días después, el día 29 de ese mismo mes de julio. Mis padres, que aún estaban en pleno disfrute de su peculiar luna de miel, cuando vieron la nube de polvo que levantaban las tropas que se acercaban a Villa Escalona por la parte de Sevilla. Abandonaron la casa, dejándola con la puerta abierta, situada junto a la vía de carne que era todavía entonces la carretera que unía Sevilla con Los Rosales por el valle, no sin antes colocar una sábana blanca en el poste de la luz en señal de rendición, y se refugiaron en la fábrica azucarera. El director de la fábrica salió a la puerta de entrada y puso en conocimiento del jefe de las tropas que todas las personas que había en su interior, entre ellos mis abuelos, mis tíos y mis padres, eran de su confianza y que respondía por ellas. Por eso, las tropas siguieron avanzando hasta el núcleo de población siguiente, la villa de Tocina. Esa misma noche mis padres volvieron a Villa Escalona y comprobaron que las tropas habían respetado la vivienda, pero que habían entrado en la huerta y se habían comido los melones que aún había en las matas esperando madurar.

Mi madre contaba que desde Villa Escalona se veían caer las bombas sobre la villa de Tocina, una localidad cuyos trabajadores, jornaleros del campo en su mayoría, trataron de evitar la toma del pueblo por parte de las tropas invasoras, pero no lo consiguieron. Entre los hechos que merecen ser destacados está el asedio que los milicianos hicieron de la casa cuartel de la Guardia Civil, situada junto a la plaza de la Iglesia. El asedio consistió en tirotearla desde una de las torres de la Iglesia y, según se dice, en envenenar las aguas fráticas, para que las familias de los guardias tuvieran que rendirse por inanición y sed. Se dijo que los guardias y sus familias tuvieron que beber sus propios orines para no morir envenenados con el agua del pozo.

Las bombas que la noche del 29 de julio vio mi madre caer desde Villa Escalona, y la infantería rebelde, enviada desde Sevilla por el general rebelde Queipo de Llano, a la sazón capitán general de la II región militar, liberaron a los guardias y sus familias del asedio y también la villa, poniendo en libertad a los terratenientes que las fuerzas populares tenían encarcelados hacía unos meses. Finalizada la guerra, el general Franco otorgó la Gran Cruz Laureada Colectiva de San Fernando, la máxima distinción entonces, a la casa cuartel de la villa de Tocina.

Debo mencionar a este respecto que las fuerzas populares que asediaron la casa cuartel de la villa, desde la torre del cercano templo parroquial, llevaron a mi padre y a mi tío una bomba de riego que habían robado de una hacienda cercana. Como esaba averiada, querían que la arreglaran para rociar de gasolina la casa cuartel y así incendiarla con los guardias y sus familiares dentro.

Pero mi padre y mi tío no sólo no la arreglaron sino que la inutilizaron para que nunca más pudiera funcionar.

Terminada la guerra en la provincia de Sevilla, y por tanto también en el municipio de Tocina, se corrió la voz de que mi padre y mi tío habían reparado la bomba con la que los milicianos pretendían rociar de gasolina la casa cuartel. Por acusaciones de menor enjundia y de mucha menos gravedad hubo numerosos vecinos, hombres y mujeres, que fueron fusilados sin juicio previo junto a las tapias del cementerio. Al padre de un amigo mío, Manolito se llamaba, nombre al que añadíamos “el de Caridad” porque así se llamaba su madre, lo sacaron una noche una pareja de guardias de su casa y lo llevaron al cuartel que había sufrido poco antes el asedio. Nunca más se supo de él. Ni siquiera tuvieron el triste consuelo de darle sepultura si es que fue fusilado como se cree.

Fue ciertamente providencial que mi padre y mi tío hablaran con quien había hecho la acusación, un tal Rafael Correa, el sicario y la mano asesina pagada por todos aquellos que aprovecharon el momento para eliminar a sus enemigos, a sus deudores o, simplemente, a quienes no querían ver más por cualquier motivo. Lograron convencer al sicario Correa para que firmara un papel declarando que su acusación no tenía el menor fundamento, y que la hizo estando tan bebido que no supo lo que decía.

Lamento no haber guardado aquel documento. Muchos años después cayó en mis manos y por eso pude leerlo. Estaba casi roto por los muchos dobleces y desdobleces que había sufrido. Sin duda era un documento anecdótico, pero hartamente expresivo de la situación que se vivió en España en los años cuarenta, en la llamada postguerra. Es obvio que mi padre y mi tío pudieron ser fusilados por tan grave acusación.

Cuando estalló la guerra civil mi padre estaba en edad militar y fue movilizado por los rebeldes militares que se adueñaron Sevilla. No obstante, solicitó su ingreso en la Fábrica de Armas de la Real Maestranza, junto a la plaza de toros, donde hoy se levanta el Gran Teatro de la Real Maestranza en recuerdo de aquella fábrica. Allí estuvo mi padre trabajando durante los tres años de la guerra, primero como ajustador, luego como fresador y, finalmente, como tornero. Quiero decir que mi padre no sólo no estuvo en el frente, sino que estuvo trabajando y ganando un sueldo durante los tres negros años de aquella guerra. Él no tuvo en su debe ninguna muerte, pero no ignoraba las muertes que se habrían podido perpetrar con los cañones que él ayudó a fabricar.

Antes de pasar a otros sucesos de aquellos años de postguerra no quiero dejar de comentar que ni la familia de mi madre ni la de mi padre sufrieron daños ni materiales ni humanos durante los convulsos sucesos que vivió España en los años finales de la II República, ni durante los tres años de guerra, ni en los no menos tristes y negros años del terror que el franquismo impuso en España al finalizar la guerra.

Como ya he dicho, la familia de mi madre era acérrimamente monárquica, partidaria del reconocimiento de los supuestos derechos dinásticos de Don Carlos de Borbón a la Corona; la de mi padre era más bien republicana. Mi padre fue durante la República militante de la UGT y que ocupó durante varios años el cargo de secretario de esa central sindical.

Muy pocas familias españolas pueden decir lo mismo, desgraciadamente, porque la mayoría sufrió daños materiales o humanos por parte de alguna de las dos Españas. La mía, no. Felizmente fuimos unos verdaderos privilegiados en este sentido.

La guerra civil acabó el 1 de abril de 1939, mes y medio después de que mis padres tuvieran a su segundo y último hijo, mi hermano Antonio. Y el día siguiente de acabar la guerra, el 2 de abril, onomástica en la saga sevillana de la familia Muñoz de Escalona por ser el día de San Francisco de Paula,, murió mi abuela María, como consecuencia de un coma diabético fulminante. Ignoraba que era diabética y no estuvo sometida al necesario tratamiento con insulina. Tenía 49 años y su muerte fue un golpe imprevisto para mi abuelo y para sus hijos. Yo tenía menos de dos años y mi hermano menos de dos meses. Tengo algunas fotos de mi primera infancia vestido de luto por la muerte de mi abuela. El 2 de abril, el día de San Francisco de Paula, día que hasta entonces se celebraba en mi familia el santo de mi abuelo, el de mi padre y el mío, nunca más se celebró en señal de duelo, un duelo que, convertido en costumbre, se hizo permanente.

Poco después de la muerte de mi abuela María, a mi padre lo trasladaron a la fábrica azucarera de Venta de Baños (Palencia). Antes de trasladarse con toda la familia a Castilla, se fue él solo, y, cuando se convenció de que el futuro era allí más incierto que en Andalucía, rescindió su contrato de trabajo con la fábrica azucarera como tornero, y volvió a Villa Escalona a buscarse la vida en aquella España del hambre, que es como ha sido justamente llamada.

Para ello alquiló un local en la villa de Tocina y abrió un tallercito de reparaciones de no se sabe qué, porque en aquellos años no había actividad económica que usara máquinas herramientas que se averiaran y dieran trabajo al taller. El taller, tal y como yo lo recuerdo, tenía una parte techada en la que había una taladradora, una soldadura autógena y un torno; un corral que servía para almacenar la chatarra y un galpón al fondo en el que había una fragua doble con dos bigornias, un pilón para el agua y dos ventiladores manuales para aventar el fuego, alimentado con carbón mineral procedente de las cercanas minas de La Reunión, al otro lado del Guadalquivir, vendido por los que lo robaban de los trenes que lo transportaban.

Fueron años muy duros, más que duros, heroicos: por la falta de trabajo, la falta de pago a tiempo de los trabajos terminados, los frecuentes cortes de energía eléctrica para mover las modestas máquinas del taller, la falta de carbón para poder trabajar en la fragua y una legislación laboral totalmente inclinada hacia los asalariados (el llamado principio tuitivo del trabajo) con la que el nuevo régimen hacía el paripé de estar de parte de los trabajadores y no, como era lo cierto, de parte de los grandes empresarios, como es sabido. 

Muy poco después de abrir el taller mis padres tomaron la decisión de abandonar Villa Escalona como lugar de residencia familiar. La convivencia con mi abuelo y mis tíos, aun solteros, se hizo insostenible. Recuerdo la imagen de mi madre, refugiada en su dormitorio y sentada en una butaca descalzadora, llorando amargamente por el mal trato al que la sometía la familia de su marido durante su ausencia. Cuando llegaba mi padre lo asediaban su padre y su hermana para quejarse de mi madre, pero tenía que haber sido mi madre la que se quejara del mal trato que sufría por parte de su suegro y de sus cuñados. Me imagino que mi padre debió de poner a prueba todo su amor por su esposa, y hasta es muy posible que le flaquearan en algún momento sus convicciones.

Afortunadamente, hizo lo que tenía que hacer: buscó una modesta casa de alquiler frente al taller que había abierto en Tocina y allí se trasladó la familia, cuando yo tenía cinco años, dato por el que deduzco que la mudanza tuvo lugar durante el verano de 1942. La vivienda que mi padre alquiló en Tocina era extremadamente modesta y muy pequeña, no creo que tuviera más de cincuenta metros cuadrados de superficie. La entrada tenía un zaguán que se abría dando a un pequeño comedor al que se daban dos habitaciones. Al fondo estaba la puerta que del patio trasero, en el que había un pozo, compartido con la vivienda vecina. La cocina estaba en el hueco de la escalera por la que se subía a la azotea. En aquella casa vivimos hasta el fallecimiento de mi abuelo, en el verano de 1956, año en el que volvimos a Villa Escalona porque, en el reparto de la herencia de mi abuelo, mi casa natal fue adjudicada a mi padre.

Para entonces yo ya había cursado el primer curso de la licenciatura de Ciencias Económicas en la Universidad Central de Madrid, la que después se llamó Universidad Complutense de Madrid. En la pequeña y modesta casa de Tocina vivimos, pues, quince años. A ella llegué siendo un niño y de ella salí siendo un joven universitario. La adolescencia, pues, la pasé entera en aquella modestísima casa de Tocina, en la que por no haber no había ni agua corriente, ni retrete, ni lavabo. El agua del pozo era tan salobre que no servía para lavar la ropa ni para cocinar las legumbres.

Tampoco era mejor el agua del pozo de Villa Escalona. Y tampoco esta vivienda tenía agua corriente, ni por supuesto retrete. Sin embargo, mis hijos están convencidos de que ellos viven peor que sus padres. ¡Cuánta inocencia!

[1] Aquí debo hacer un inciso para contar que mi abuelo Escalona estuvo a pique de tener que ir a la guerra de Cuba. Estando embarcado en Cádiz con 18 años para ir a Cuba llegó la rendición de España. España perdió la última colonia de lo que fue uno de los Imperios más grandes de la historia, pero mi abuelo tal vez salvara la vida y con ella la vida de todos sus descendientes, entre los que me encuentro.

El paradigma de la escuela de economía austriaca y el estudio del turismo

El paradigma de la escuela de economía austriaca y el estudio del turismo

 

Francisco Muñoz de Escalona

Ex – Científico Titular del CSIC

mescalona@iservicesmail.com

 

Para citar este artículo puede utilizar el siguiente formato:
Muñoz de Escalona, Francisco: “El paradigma austriaco y el estudio del turismo” en Contribuciones a la Economía, diciembre 2004. Texto completo en http://www.eumed.net/ce/

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Antecedentes

 

Se habla de turistas desde la primera mitad del siglo XIX. Con este neologismo se empezó ya entonces a hacer referencia a quienes salían de viaje para volver a su domicilio por motivos autónomos. Con el aumento espectacular de los servicios de transporte por ferrocarril y, paralelamente, de los servicios de hospitalidad en cada vez más países y ciudades, hacia mediados de dicho siglo crecía tanto el número de turistas que hubo necesidad de un “nuevo” neologismo, esta vez turismo, derivado de tur (viaje circular) al que se añadió el sufijo –ismo. Con el nuevo vocablo se empezó a designar el fenómeno social consistente en el flujo masivo y creciente de viajeros circulares que llega a ciertos lugares previamente seleccionados por los mismos viajeros. Desde aquellos ya lejanos años, nuevas clases sociales siguen engrosando año tras año este flujo y surgen nuevos lugares a visitar, muchos de ellos especialmente planificados para recibir un flujo creciente de visitantes.

Los primeros escritos con reflexiones sobre los flujos turísticos aparecieron alrededor de los años ochenta del siglo XIX. Uno de los primeros estudios realizados fue la ponencia que el austriaco Joseph Stradner presentó en las Primeras Jornadas de Delegados para el Fomento del Turismo en Los Alpes Austriacos, celebradas en Graz los días 13 y 14 de abril de 1884. Paul Bernecker, también austriaco, sostiene en una obra de 1957 que Stradner aportó la primera definición conocida de turismo en la citada ponencia, pero no especificó que definió lo que en alemán se conoce como Fremdenindustrie, una expresión que, traducida literalmente al castellano, designa a la industria de los forasteros. La traducción que hicieron los estudiosos ingleses y de idiomas romance de esta palabra alemana es “industria del turismo”, expresión que es menos precisa que la original, dando así lugar a la grave e indeseable confusión, aun no superada, que se urdió entre “turismo como conjunto de viajeros” y “turismo como conjunto de medios de todo tipo pero especialmente empresariales que se ocupan de facilitar los viajes”. Los académicos trasladaron esta confusión al Diccionario de la Real Academia Española al añadir a la primera acepción, la de los hablantes, la segunda, tomada de la jerga de los expertos.

Stradner, ciertamente, puso los cimientos del estudio del turismo en 1884 pero ocupándose de los problemas de los medios que facilitan los viajes, es decir, de los medios de transporte y de hospitalidad, sobre todo, de estos últimos, los hoteles y los restaurantes, delimitando así la materia por el conjunto formado por los establecimientos dedicados a la prestación de los citados servicios, los cuales son considerados como imprescindibles por los forasteros para visitar realmente el lugar que les interesa visitar. Dado que los visitantes pueden aumentar significativamente los gastos en los lugares que visitan, los empresarios y las autoridades de esos lugares ponen en marcha las inversiones orientadas a incentivarlos y a hacerlos posible facilitándolos. En pocas palabras, esta es la concepción del turismo o flujo de forasteros (Fremdenverkehr en alemán) que ya se tenía a fines del siglo XIX y que aun sigue en vigor. Stradner añadió a su definición las siguientes ideas esclarecedoras:

En lugar de transportar el producto hasta los consumidores traslada a los consumidores hasta los lugares de producción. Esto es así porque el consumidor viaja para satisfacer necesidades con bienes no transportables. Tales bienes son el aire, las montañas, el clima… La industria turística, por tanto, transforma circunstancias de baja utilidad en bienes económicos (…) Así como el comercio de exportación es viable cuando existe un mercado consolidado en el que vender, igualmente la industria turística lo es cuando atiende un flujo de forasteros creciente año tras año. (citado por Paul Bernecker: Die Stellung des Frendemverkehr in Leistungsystem der Wirtschaft, Viena, 1957, p.5)

Este enfoque indudablemente empresarial fue mantenido por Stradner hasta que einte años más tarde publicó su obra más conocida: Der Frendemverkehr, eine Volkswirtschafliche Studie. En ella decidió centrar sus investigaciones no en la industria que venden bienes y servicios a los forasteros a los forasteros que adquieren bienes y servicios en los lugares donde se producen. En la obra citada Stradner definió a los forasteros o turistas como

“aquellos que de motu propio se detienen en un sitio fuera de su lugar de residencia y que con su presencia en ese país no persiguen ningún propósito económico sino solo buscar la satisfacción de una necesidad de lujo” (ver Luis Fernández Fuster: Teoría y Práctica del Turismo, Madrid, 1967)

Stradner ya no retomaría su primera aproximación al estudio del trismo desde la industria sino que la cambió interesándose por el estudio de los consumidores o turistas, apoyando con ello la línea investigadora que estaba llamada a ser hegemónica en manos de los profesores universitarios que se interesaban por el estudio del nuevo fenómeno. En poco tiempo, junto a los que continuaron estudiándolo desde la industria, se desarrollaron estudios desde los consumidores. Dicho de otro modo: mientras unos estudios se centran en “los medios que facilitan los viajes”, los segundos ponen el acento en “los flujos de viajeros”. Entre 1910 y 1940 convivieron las dos tendencias. Pero en 1942, los profesores de la Universidad de Berna Walter Hunziker y Kurt Krapf las fundieron en la obra que publicaron en Zurcí el año citado. Con las aportaciones de los gestores hoteleros configuraron la teoría de lo que llamaron “elemento material” del turismo y, con las aportaciones de los profesores de Universidad, lo que llamaron “elemento subjetivo” del turismo. Mientras el elemento material encarna la “oferta de bienes y servicios”, el elemento subjetivo encarna la “demanda de bienes y servicios”, a los que se llamó turísticos porque satisfacen las necesidades de los turistas. Con estos mimbres se desarrolló lo que llamamos economía del turismo pero no se advirtió que entre las necesidades de los turistas figuran muchas otras que son comunes a los residentes y a los demás viajeros, circulares o no.

Sin embargo, hay que tomar con precaución las analogías que acabamos de sugerir porque los profesores suizos pusieron sumo cuidado en que no se confundiera el corpus teórico que construyeron en 1942 con la ciencia de la economía. Ellos insistieron con claridad en que si bien en el estudio del turismo se podían distinguir los dos elementos citados, el más destacado era el subjetivo. Para ellos, lo que denominaron doctrina general del turismo (Allgemeine Fremdenverkehrslehre) estaba entre la economía y la sociología pero más próxima a la segunda que a la primera. Para que no cupieran dudas aclararon que la doctrina general del turismo era en realidad una sociología de la cultura. La nueva disciplina parte siempre del estudio del sujeto humano (In Mittel der Mann, en el centro, el hombre). Años más tarde, Kurt Krapf siguió defendiendo este enfoque al escribir el trabajo con el que ganó en 1954 una cátedra en la Universidad de Berna. Su título, “La consumición turística” (ver la obra citada en www.eumed.net/cursecon/libreria/2004/kk traducida de la versión francesa que en los años sesenta hizo el Prof. René Baretje por el autor de este trabajo)

Declaración de intenciones 

Los estudios de turismo tienen hoy ya una antigüedad de al menos ciento veinte años, periodo de tiempo durante el que han seguido evolucionando y adaptándose a las modas científicas de cada momento. Hoy ya no se habla de doctrina general del turismo sino de otras denominaciones diferentes, desde la supuesta nueva ciencia a la que se aspiraba en las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado, la turismología, hasta las posturas de los años siguientes que aceptaban la existencia de diferentes ciencias interesadas en el estudio del turismo (la economía, la sociología, la geografía, la antropología, la psicología….) para llegar a la postura que parece aceptarse mayoritariamente en la actualidad, la de un corpus unitario y plural en el que confluyen las aportaciones de las diferentes ciencias, no solo de las sociales, ya citadas, sino también de las naturales o biológicas (por ejemplo, la ecología, y los diferentes híbridos que resultan de combinar esta nueva y ya pujante ciencia con las demás ciencias)

En estas circunstancias, puede parecer un disparate mayúsculo mi intención de estudiar si los vestigios de aplicación de la economía que sin duda existen en esa multiforme y al mismo tiempo unitaria materia que cultivan los expertos en turismo responden a las aportaciones de la llamada Escuela Austriaca de Economía, una escuela que tiene solo trece años más que los estudios del turismo, y que también nació en Viena, para después extenderse por todo el mundo. Aun así, a pesar de todo lo que se ha dicho sobre la economía y su limitada capacidad para estudiar el turismo,  parto de que, en mi opinión, hubo en el pasado claras aplicaciones del análisis económico al turismo y hoy quedan todavía suficientes vestigios como para que no sea del todo descabellado plantearse si las que hubo y las que aun hay responden al paradigma austriaco y en qué medida, y, caso de que esta medida no fuera clara o completa, si es posible determinar si se aplican o se aplicaron otros paradigmas de la economía al estudio del turismo.

Dicho lo que antecede debo añadir que, como economista formado entre fines de los cincuenta y principios de los sesenta, mis conocimientos del paradigma austriaco son escasos y que trataré de suplir mis deficiencias en la materia acudiendo a tratadistas tan autorizados como Carl Menger, Friedrich Hayek e Israel M. Kirzner entre los extranjeros, y Gabriel J. Zanotti y Jesús Huerta de Soto, entre los de habla española.

Para las referencias al turismo y a las aplicaciones de la economía que puede haber en esta materia me apoyaré en autores estudiados por mí desde 1985 hasta el presente y que en su momento citaré.

En primer lugar debo exponer los fundamentos del paradigma austriaco. Después detallaré las aplicaciones más destacables del análisis económico al estudio del turismo. A continuación trataré de identificar a qué paradigma responde cada una de ellas para terminar respondiendo a las preguntas que laten en las intenciones que acabo de especificar.

La escuela austriaca o vienesa de economía

Principios de Economía Política de John Stuart Mill se publicó en 1848. Esta obra clausura la gran tradición clásica y abre una larga etapa, casi un cuarto de siglo de estancamiento del pensamiento económico (a pesar de que en 1867 se publicó el primer volumen de El Capital, de Karl Marx). Se dice que hubo que esperar a 1871 para que se abriera una nueva etapa de nuevas aportaciones a la teoría económica con la aparición de las obras del matemático británico y gran viajero William Stanley Jevons (Teoría de la Política Económica) y la del profesor universitario austriaco Carl Menger (Fundamentos de Economía Política). Tres años más tarde empezó a publicarse la obra del ingeniero de minas y periodista francés León Walras (Elementos de Economía Política Pura) finalizada en 1877. Los tres economistas citados se propusieron criticar la teoría del valor de la escuela clásica basada en el trabajo. Para ello se basaron en el concepto subjetivo de utilidad. Aquí nos limitaremos a exponer las aportaciones de la escuela austriaca o vienesa, cuyos miembros prefieren usar la expresión “paradigma austriaco” para distinguirse del que llaman “paradigma neoclásico”.

Según Israel M. Kirzner, uno de los economistas actuales que profesan el paradigma austriaco, durante las tres últimas décadas del siglo XX ha tenido lugar un espectacular resurgimiento del pensamiento económico de la Escuela de Viena, que, aunque tiene su origen en la obra citada de Carl Menger en 1871, alcanzó su desarrollo con los trabajos de Eugen Böhm – Bawer y Friedrich von Wieser. Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, ya en el siglo XX, siguieron desarrollando las ideas de los economistas citados.

La idea central de esta escuela es su aportación a la llamada revolución marginalista basada en la teoría del valor subjetivo con la que se recogen las ideas desarrolladas en 1854 por Hermann H. Gossen. Las que Mises llamó en su honor  leyes de Gossen son dos. La primera es un postulado que recoge una característica del psiquismo humano según la cual, la intensidad del deseo de un bien disminuye monótonamente con el aumento de la cantidad poseída hasta anularse una vez alcanzado el punto de saturación o saciedad. Dicho de otro modo: la utilidad que una cantidad de un determinado bien tiene para el hombre disminuye al aumentar la cantidad poseída porque la progresiva saturación de la necesidad hace que cada unidad adicional incremente la utilidad pero cada vez menos. Por consiguiente, la utilidad de esa última unidad poseída, la llamada utilidad límite o frontera, también conocida como utilidad marginal, es la que establece el valor que el bien tiene para el sujeto que lo posee. A mayor cantidad menos valor. Y viceversa: a menor cantidad, mayor valor.

El italiano Galiano (1750) y el británico Jeremy Bentham son los padres de la llamada escuela hedonística basada en el concepto de utilidad, término que se refiere al placer que experimenta el hombre cuando consigue poseer el bien que desea o necesita. La experiencia del placer ya experimentado en el pasado hace que el hombre guíe su comportamiento buscando el placer que espera que le reporte la posesión de bienes. Jennings llamó placer esperado a este móvil de la conducta humana.

La utilidad de un bien es la capacidad que para un sujeto tiene ese bien para satisfacer sus necesidades o deseos y por esta razón equivale al concepto de “valor de uso” de ese bien que debemos a Aristóteles. Los griegos se percataron de que en el concepto de valor de un bien intervienen dos elementos:

  • una cualidad intrínseca del bien (elemento objetivo)
  • una aceptación del bien por quien está interesado en él (elemento subjetivo)

Este `planteamiento fue olvidado o rechazado por quienes se empeñaron en explicar el valor solo en función del primer elemento. Entre las teorías del valor basadas en el elemento objetivo tenemos la de los mercantilistas, para quienes el valor radica en los metales preciosos, y la de los economistas clásicos, que sostuvieron que la fuente del valor se encuentra en el trabajo. Los tres pensadores que iniciaron la revolución marginalista o neoclásica elaboraron una nueva teoría del valor basándola en el elemento subjetivo del pensamiento aristotélico.

La segunda ley de Gossen no es un postulado como la primera, sino un teorema, que establece que la máxima satisfacción que reporta al sujeto el consumo de un bien, se obtiene asignándolo entre todas sus aplicaciones posibles de manera que se igualen las utilidades marginales de cada aplicación.

Con motivo del 125 aniversario de la Escuela Austriaca, un “austriaco” español, Jesus Huerta de Soto, publicó en la Revista de Economía Aplicada un artículo titulado “La escuela austriaca moderna frente a la neoclásica” en el que expone las principales características diferenciadoras entre las dos escuelas que en el panorama académico actual luchan por conseguir la hegemonía en materia de pensamiento económico. A pesar de la expansión que según Kirzner ha conseguido la escuela austriaca durante los últimos años no cabe la menor duda de que hoy sus partidarios se tienen por heterodoxos habida cuenta de la hegemonía indudable de que goza el paradigma neoclásico en numerosos países entre los que se encuentra España. A continuación expongo esas diferencias resumiendo el citado trabajo del Prof. Huerta de Soto.

Acción frente a decisión: Los austriacos crearon y cultivan la praxeología, ciencia propuesta por Mises, teoría de la acción humana o ciencia de la conducta vista desde sus implicaciones formales. Para los praxeólogos de la escuela austriaca toda conducta humana parte del libre albedrío y es intrínsecamente racional porque siempre aplica medios escasos a usos alternativos previamente jerarquizados. La teoría de la acción se presenta como siendo más amplia que la teoría de la decisión del paradigma neoclásico porque integra el sistema de fines y medios en cuyo seno tiene lugar la asignación económica que es lo que, de modo exclusivo, estudian los neoclásicos. Para los austriacos, el sujeto de la escuela neoclásica es un autómata porque reacciona de un modo pasivo a los acontecimientos mientras que el paradigma austriaco parte del hombre real, el que busca continuamente nuevos fines y medios en un proceso de aprendizaje sin fin. Los austriacos ven la economía como una ciencia parcial dentro de una ciencia global a la que dan el nombre de praxeología.

Subjetivismo frente a objetivismo: El paradigma austriaco se basa en el empresario, una figura que no se tiene en cuenta por el paradigma neoclásico. La función empresarial ocupa el centro de la realidad económica para los austriacos mientras que para los neoclásicos es un factor de la producción que se asigna como un factor más de acuerdo con los costes y los beneficios esperados, lo que implica caer en el error de suponer que se dispone de información en el presente, antes de que haya sido creada por la propia función empresarial. Por otra parte, para los economistas austriacos el riesgo es un coste más de la producción y por tanto no tiene nada que ver con el beneficio empresarial puro, mientras que los neoclásicos consideran el beneficio como el premio de la asunción de riesgos.

Error empresarial puro frente a racionalización a posteriori: Los austriacos creen que cuando hay expectativas de ganancias aun no explotadas pueden cometerse errores empresariales puros y en esta posibilidad justifican que puedan obtenerse beneficios empresariales puros. Para los neoclásicos nunca existen errores empresariales ya que se basan en una racionalización de las decisiones tomadas y por esta razón no tienen en cuenta los beneficios empresariales puros. Para estos los beneficios son el pago de los servicios de un factor de la producción o la renta derivada de la asunción del riesgo.

Información subjetiva frente a información objetiva: La percepción subjetiva de la información ocupa un lugar destacado en los planteamientos austriacos, que consideran a los empresarios como generadores continuos de nueva información para su acción mientras que los neoclásicos tratan la información de una forma objetiva. La información significa para los austriacos conocimiento práctico y relevante subjetivamente interpretado y para los neoclásicos es algo objetivo y almacenable que se compra y se vende en el mercado.

Proceso empresarial de coordinación frente a modelos de equilibrio: Los economistas austriacos entienden el concepto de la competencia como un proceso y un asunto de rivalidad mientras los neoclásicos lo estudian como algo estático por medio de modelos de equilibrio general (L. Walras) o parcial (A. Marshall). Para los austriacos, el problema económico fundamental no es la maximización de una función objetivo conocida sometida a restricciones también conocidas sino el que surge en situaciones reales, donde los fines y los medios son muchos y compiten y la información está dispersa entre quienes continuamente la están generando sin que conozcan todas las alternativas existentes.

Economía integrada frente a macro y microeconomía: Para los austriacos no tiene sentido separar la micro de la macroeconomía porque los problemas económicos han de ser estudiados conjuntamente y de forma interrelacionada mientras que los neoclásicos presentan la economía dividida artificialmente en compartimentos estancos dedicados a dos disciplinas distintas que tratan por separado sin percatarse de que no es posible entender unas relaciones mecánicas entre agregados económicos sin conexión alguna con la acción humana.

Costes subjetivos frente a costes objetivos: Para los austriacos, el coste es siempre el valor subjetivo que quien lleva a cabo una acción da a los resultados de las acciones alternativas a los que renuncia (coste de oportunidad). Para ellos, son los precios de los bienes de consumo los que determinan los costes en los que los empresarios están dispuestos a incurrir para producirlos, mientras que los neoclásicos conciben los costes de los factores como variables independientes de sus modelos.

Formalismo verbal frente a formulación matemática: Los austriacos siguiendo a Menger prefieren expresar sus teorías utilizando el lenguaje verbal mientras que los neoclásicos prefieren el formalismo matemático para reflejar los estados de equilibrio. Los austriacos creen que de esta forma no tienen en cuenta la realidad subjetiva ni la creatividad empresarial a la que tanta relevancia conceden los austriacos para quienes los neoclásicos relacionan con sus modelos de ecuaciones hechos no simultáneos como si fueran simultáneos, es decir, sincronizan lo que es esencialmente diacrónico. En definitiva, para los austriacos, los neoclásicos suponen que el actor es capaz de valorar de forma simultánea la utilidad de todos los bienes a su disposición ignorando que cada acción es secuencial y creativa cuando lo cierto es que los bienes no se valoran a la vez igualando su supuesta utilidad marginal sino uno después de otro en etapas distintas y sucesivas. El razonamiento matemático puede captar bien lo sincrónico pero no tiene capacidad para captar correctamente la diacronía de la vida económica según los austriacos. Debemos resaltar que esta diferencia es una de las que separan a dos escuelas que nacieron de la coincidencia espontánea de los fundadores de la revolución marginalista y que aceptaron durante bastante tiempo la segunda ley de Gossen que Jesus Huerta de Soto rechaza con lo dicho.

Deducción frente a inducción o especulación teórica frente a empirismo: Para los austriacos, como el actor no puede hacerse con toda la información que necesita porque es subjetiva, está dispersa y en continua generación, la contrastación empírica de las teorías económicas resulta inviable. Por la misma razón, los austriacos niegan la posibilidad de la predicción cuantitativa del futuro a la que tan aficionados son los neoclásicos junto con su aceptación del empirismo que tanto combinan en sus modelos econométricos. Como mucho tan solo están dispuestos a aceptar lo que llaman predicciones tendenciales o cualitativas. Menger criticó duramente a la escuela historicista alemana de Schmoller por sostener que la vida social solo puede ser objeto de estudio por medio de la observación de cada caso particular en sí mismo por ser imposible formular teorías comprehensivas de validez general. La polémica entre ambos pensadores fue tan fuerte por este motivo que Menger y sus seguidores vieron cerradas las puertas de las universidades alemanas. Fueron los historicistas alemanes los que llamaron austriacos a Menger y seguidores, apelativo despectivo del que estos decidieron apropiarse como seña de identidad.

Liberalismo a ultranza frente a intervencionismo estatal moderado: La revolución marginalista fue liderada por pensadores declaradamente no marxistas. Ya se ha dicho que la teoría subjetiva del valor que propusieron es una respuesta a los problemas teóricos y prácticos que se derivaban de la teoría objetiva del valor de los clásicos incluido Marx, que la hizo suya: la teoría del valor – trabajo. Quiere decirse que el paradigma austriaco y el neoclásico tienen raíces comunes ya que en el origen hubo coincidencia en la aceptación del modelo basado en la mano invisible de Adam Smith que asumieron Ricardo y Mill. No obstante, con la separación entre ambos paradigmas post clásicos, mientras los neoclásicos aceptan algún grado de intervención estatal en la economía, sobre todo después de la incorporación de los post keynesianos, los austriacos llevan la propuesta del laissez – faire hasta sus últimas consecuencias lógicas. El pensamiento de los austriacos es de filiación escolástica y católico-romana mientras que los neoclásicos son de filiación reformista – luterana. Para los austriacos, la pobreza del mundo se explica por los altos grados de intervención estatal existentes tanto en las grandes potencias económicas del  mundo como en los grandes organismos internacionales como el FMI o el GATT. En sintonía con esta premisa, los austriacos parten de los actores individuales para llegar por agregación a la sociedad, mientras que los neoclásicos aceptan partir de la sociedad para llegar a los actores individuales, pero sin desdeñar un enfoque individual, si bien no tan radicalmente como los austriacos. Es otra forma de explicar el rechazo que los austriacos sienten frente a la división de la economía en macro y microeconomía que practican los neoclásicos.

¿Se estudia la economía del turismo desde el paradigma austriaco? 

El turismo empezó a estudiarse solo unos años más tarde de la insurgencia de la revolución marginalista. Esta revolución surgió en 1871 y el turismo se estudia desde 1884. Esta coincidencia da pie a esperar que alguna de las especificidades de la revolución marginalista se pudiera encontrar en la literatura del turismo, aunque además habrá que indagar si en ella existen más planteamientos de lo que más tarde se bifurcó en los dos paradigmas actuales algo irreconciliables, el austriaco y el neoclásico, entre los que es evidente que hay también grandes zonas de coincidencia. El hecho de que la literatura del turismo tenga su origen en los países alpinos y más concretamente en Austria y Alemania, debe ser tenido en cuenta de un modo destacado por si a la coincidencia temporal se une una coincidencia espacial que bien podría haberse reflejado en que el turismo se viera más influido por Menger y sus seguidores (los austriacos) que por la escuela neoclásica, que prefiere a Jevons y Walras más que a Menger.

No obstante, antes de tratar de averiguar si hay en el turismo influencias del paradigma austriaco habrá que averiguar si para estudiar el turismo se aplica o no el análisis económico.

Es posible que algún lector se extrañe de esta precaución. Si es así es porque debe estar absolutamente convencido de que el turismo no solo se estudia aplicando el análisis económico sino que puede estar igualmente convencido de que se abusa de su aplicación. Los que así piensan creen que los estudios del turismo adolecen de lo que llaman peyorativamente economicismo. Por tanto, primero hay que averiguar si el análisis económico se aplica al turismo y, si así fuera, indagar después desde qué paradigma económico se aplica.

En el apartado dedicado a los antecedentes se ha dejado constancia de que los primeros estudiosos del turismo se interesaron por las llamadas industrias de los forasteros y, entre ellas, por las dedicadas a prestar servicios de transporte y servicios de hospitalidad, pero sobre todo de las últimas. No obstante, al cabo de algunos años, este objeto de estudio fue sustituido por el estudio de los forasteros. Dicho de otro modo, la atención hacia los forasteros o turistas ocupó el lugar que ocupaba la atención hacia las empresas dedicadas a atender sus necesidades de servicios de transporte y hospitalidad a las que finalmente se acabó por llamar empresas turísticas por esta razón.

La mayor parte de la literatura especializada en el estudio del turismo se dedica desde hace casi un siglo al estudio de los turistas, especialmente de los motivos que les mueven a abandonar su residencia habitual, el volumen de la renta que dedican a los gastos que realizan fuera de la misma y otros muchos aspectos como la edad, el sexo, la clase social, la forma de viajar y el grado de satisfacción alcanzado. Si vemos a los turistas como consumidores que realizan gastos fuera de su residencia habitual es evidente que si demandan determinados bienes y servicios ha de haber empresas que los produzcan y se los ofrezcan para obtener beneficios con lo que nada tiene de particular que los estudiosos del turismo piensen que el estudio del consumo de los turistas y de la producción de lo que demandan ha de hacerse aplicando el análisis económico, aunque  nunca exclusiva ni prioritariamente debido a que la supuesta complejidad del turismo aconseja aplicar también otros métodos.

La pregunta a la que hay que responder es si, en efecto, se aplica el análisis económico al estudio del turismo aunque solo sea de un modo no exclusivo. Quien conozca la línea de investigación que cultivo desde hace casi veinte años sabe que mi respuesta es que al estudio del turismo se aplica, entre otros métodos, el macroeconómico de un modo correcto, y que la aplicación que se hace del método microeconómico es inadecuada en la medida en que no es posible aplicarlo al heterogéneo conjunto de ramas productivas al que se da el nombre de oferta turística. Por esta razón, como el enfoque de demanda que convencionalmente se aplica al estudio del turismo no permite identificar un solo producto al que poder llamar turístico, el análisis microeconómico se aplica a tantas ramas productivas como se cree que configuran el llamado sector turístico (restaurantes, hoteles, empresas de diferentes modos de transporte, de diferentes servicios de diversión, recreo y cultura de masas sin olvidar los llamados destinos, considerados también como productos específicos)

Por consiguiente podemos decir que se da la extraña paradoja de que el estudio del turismo adolece de economicismo cuando lo cierto es que el análisis microeconómico que se aplica o es inadecuado o brilla por su ausencia.

Reconocida esta realidad, veamos ahora hasta qué punto esta peculiar forma de aplicar el análisis económico al estudio del turismo responde al paradigma austriaco o al paradigma neoclásico. Para constatarlo seguiremos punto por punto las diferencias entre ambos paradigmas expuestas en el punto anterior.

Acción/decisión: El perfil de la peculiar economía presente en los estudios del turismo no se presta a evaluar si responde más a la acción que a la decisión. El turista visto como un consumidor fuera de su entorno habitual toma una decisión, pasar unos días en un destino determinado, y ejecuta una acción, desplazarse y estar a/en ese lugar, por lo que hay que suponer que los expertos aceptan la racionalidad de la acción y la asignación de medios a fines adaptándose con ello a las prescripciones de los dos paradigmas en litigio.

Subjetivismo/objetivismo: La literatura del turismo adopta la perspectiva subjetivista, como ya hemos visto en los antecedentes, desde el momento en que sustituyó la industria turística por el turista como realidad desde la que se estudia el fenómeno. K. Krapf lo reconoció así al situar al turista como paradigma del consumidor. Junto con W. Hunziker, insistió en que el hombre es el centro del estudio del turismo, una materia situada para ellos entre la sociología y la economía pero más cerca de la primera que de la segunda. Por consiguiente, es el paradigma austriaco el aplicado al estudio del turismo de acuerdo con este punto.

Error empresarial puro/racionalización a posteriori: Las peculiaridades de la economía que se aplica al estudio del turismo no permiten enjuiciar con claridad qué paradigma se sigue al hacerlo. En principio me decanto por pensar que se aplica el paradigma neoclásico por su clara hegemonía frente al austriaco.

Información subjetiva/información objetiva: Podemos repetir el comentario anterior por las mismas razones. La hegemonía del paradigma neoclásico determina que sea este el que se aplique de un modo generalizado al estudio del turismo.

Proceso empresarial/modelos de equilibrio: Las obras publicadas que aplican la economía al estudio del turismo se decantan por el uso de modelos pero también resaltan la importancia de las funciones que realizan los empresarios, por lo que en este punto tal vez pudiera decirse que la aplicación de la economía se lleva a cabo desde los dos paradigmas.

Economía integrada/economía dividida: En este punto es evidente que la economía se aplica al turismo desde el paradigma neoclásico ya que, como ya apunté, destaca con claridad el tratamiento macroeconómico que de él se hace. En cuanto a la microeconomía, si bien es cierto que se aplica al turismo también lo es que se hace de un modo forzado en la medida en que tal aplicación es inviable por no identificar una única rama productiva sino un conjunto de ramas heterogéneas.

Lenguaje verbal/lenguaje matemático: Las obras de economía del turismo siguen la onda de las últimos años y emplean con harta frecuencia el lenguaje matemático. En la medida en la que la función más estudiada es la de demanda, la aplicación de modelos econométricos altamente avanzados es habitual, sobre todo entre los investigadores más prestigiosos. Es cierto que también se utiliza el lenguaje verbal, pero es evidente que las revistas de primera línea prefieren los trabajos que emplean las matemáticas, cuanto más avanzadas mejor. Por consiguiente, en este punto, hay que decir que al turismo se aplica preferentemente el paradigma neoclásico.

Deducción y teoría/inducción y empirismo: En lo que concierne a este punto hay que distinguir entre los estudios anteriores a 1970 y los posteriores. Los que preceden a 1970 apostaron por la especulación y la deducción que preconiza el paradigma austriaco, aunque lo cierto es que se decantaron más por hacerlo en el campo de la sociología que en el de la economía. El desembarco que los expertos en marketing y los geógrafos realizaron en los centros dedicados a la investigación del turismo provocó un cambio sustancial en la medida en que rechazaron la especulación teórica del pasado y abrazaron el empirismo y la inducción propios del paradigma neoclásico. Los especialistas en marketing que estudian el turismo exhiben una clara actitud antiteórica compartida por los geógrafos por distintas razones. Lo cual no quiere decir que se corrigiera la antigua inclinación al campo de la sociología, presente en el turismo tanto antes como después de 1970. Todo ello ha llevado a algunos estudiosos a creer que el estudio del turismo tiene que avanzar a golpe de encuestas ya que acumulando información sobre la realidad lograremos finalmente desentrañar su supuesta complejidad. Para ellos la teoría no solo no es necesaria sino que es contraproducente.

Liberalismo radical/intervencionismo controlado: El turismo es el único campo de negocios privados en el que el empresariado no solo es partidario de un alto grado de intervencionismo estatal sino que incluso exige continuos y crecientes grados de intervención de las autoridades públicas. Se explica esta paradójica actitud en la misma concepción de demanda del sector, la que, como ya he dicho, conduce a llamar productos turísticos a los bienes y servicios producidos por un conjunto muy heterogéneo de actividades productivas. Los geógrafos ayunos de conocimientos económicos y más economistas de los que cabría esperar dicen que el sector turístico es “transversal” o “diagonal” en lugar de decir, lisa y llanamente, que es horizontal por estar concebido desde un consumidor que se quiere peculiar, el turista, a pesar de que no lo es, y, de serlo, lo es solo espacial o territorialmente. Los mismos turisperitos, actuando como valedores de los intereses empresariales, defienden, con entusiasmo más propio de propagandistas que de científicos, que el sector público invierta en grandes obras públicas, en mejoras urbanas y en prestaciones de servicios de masas, en general gratuitos, y en el fomento de visitas por medio de la organización de eventos de gran magnitud y gastos en propaganda de los llamados destinos, considerados por ellos como macroproductos turísticos. Por consiguiente, está fuera de duda que en este punto la economía aplicada al estudio del turismo se hace desde el paradigma neoclásico, mejor dicho, se encuentra a años luz del paradigma austriaco ya que tampoco los neoclásicos son intervencionistas, al menos los no pos keynesianos.

Hemos analizado muy sucintamente la literatura económica del turismo de acuerdo con las diferencias que Jesus Huerta de Soto ve entre los paradigmas austriaco y neoclásico. El balance de esta aplicación parece inclinarse más hacia el paradigma neoclásico que al austriaco. Sobre esta conclusión no me cabe la menor duda. Pero creo que debo seguir aportando otros datos que pueden servir de complemento para confirmar aun más la conclusión.

Estudios de caso: El ejemplo de dos autores de la escuela austriaca 

Termino este trabajo con el análisis crítico de las aportaciones a la economía del turismo de dos autores de la escuela austriaca. Ambos hicieron aportaciones al estudio del turismo desde la economía aunque separadas por casi un siglo. El primero es Hermann von Schullern zu Schrattenhofen y el segundo Elíes Furió Blasco. No ha sido difícil elegirlos porque, entre el conjunto no desdeñable de estudiosos del turismo de los que algo puedo decir por conocer los estudios que realizaron, tan solo ellos aplican o intentan aplicar el paradigma austriaco. Paso a exponer sus aportaciones.

Hermann von Schullern: Nació en Innsbruck (Tirol) el 24 de julio de 1861 y murió en la misma ciudad el 14 de abril de 1931. Hijo de Antón von Schullern y hermano de Heinrich von Schullern. Entre 1879 – 83 estudió derecho en la Universidad de Innsbruck y en 1884 se doctoró en Derecho en Klagenfurt, Bozen. En la Universidad de Viena fue discípulo de Carl Menger. Friedrich Hayek lo destaca entre los más brillantes discípulos que tuvo Menger en la presentación que escribió para los Grunsätze der Volkswirtschaflehre del maestro común. En el anexo I incluyo algunos datos sobre su vida y su obra. Los comentarios que hago a continuación los he tomado de mi tesis doctoral Crítica de la Economía Turística: Enfoque de oferta versus enfoque de demanda (1991) que puede verse en www.eumed.net/tesis/fme En el anexo I de la tesis puede consultarse la introducción de la obra de Schullern sobre el turismo que se cita en el párrafo siguiente. 

En 1889, Schullern publicó su primera obra teórica, Untersuchungen uber Begriff der Grundrente (en colaboración con Böhm – Bawer), en la que desarrolló con brillantez los principios de la utilidad marginal aplicados al concepto de renta. Pero aquí nos interesa este economista austriaco en los dos sentidos de la palabra porque en 1911 publicó en Jena una obra dedicada al estudio del turismo titulada Fremdenverkehr und Volkswirtschaft (Turismo y Economía). Este extenso artículo que se publicó en el Jahrbuch für Nationalöconomie und Statistike y está dedicado al análisis de los flujos de turistas que llegan a Austria, Baviera, Italia y Suiza por países de origen utilizando datos desagregados por regiones, comarcas y ciudades de los países citados y, cuando la fuente lo permite, por duración de la estancia. Debemos destacar el hecho de que Schullern utiliza datos de turistas nacionales, esto es, del mismo país que está estudiando, una práctica no frecuente en una época en la que no era fácil eliminar del turista su connotación de extranjero, algo que tardó en hacerse, al menos en la práctica, pero que en este autor responde a su propia concepción teórica del turismo. Por ello, el trabajo de Schullern presenta la factura de los estudios que hoy calificaríamos como de economía aplicada del turismo. Sin embargo, no es esto lo que en este momento nos interesa del estudio que comentamos sino su introducción, de carácter teórico.

Von Schullern comienza su trabajo haciendo referencia a la existencia de dos posturas contrapuestas entre los estudiosos del turismo. En primer lugar cita la dominante, que consiste en considerar al turismo como “una fuente de riqueza y, por tanto, de creciente bienestar, para aquellos países hacia los que se dirige, razón por la cual, dice, sólo puede ser correctamente estudiado desde el punto de vista económico”. En segundo lugar, se refiere a “las escasas voces que se atreven a destacar los aspectos sombríos del turismo”, como el aumento del coste de la vida para la población residente y ciertos aspectos relacionados con la moral. De acuerdo con la primera postura, los círculos de expertos sostienen, afirma Von Schullern, que el fomento del flujo turístico se está convirtiendo, cada vez más, en una tarea de la economía, por lo que conviene fomentarlo, puesto que, al parecer, ya en aquellos años “existen comarcas y ciudades concretas cuyo bienestar y prosperidad se atribuye en primer lugar al turismo”. En cuanto a la postura minoritaria, la que intenta destacar el lado negativo del turismo, Von Schullern afirma que “no nos debe de extrañar que estas voces encuentren escaso eco, pues la vaguedad y oscuridad con que, por regla general, se expresan, explica que sean objeto de rechazo y que se tachen de vulgares, mezquinas e, incluso, de reaccionarias”, y que, por ello, han quedado “completamente desprestigiadas y acalladas”.

Estos comentarios de Von Schullern ponen de manifiesto que, en su época, ya había quedado consolidada la creencia de que el turismo tenía que ser estudiado por la economía debido a que la idea dominante era la que veía en él un eficaz instrumento de desarrollo de la riqueza y del bienestar, tanto que quienes sustentaban que sus efectos eran negativos quedaron, dice, pronto desprestigiados y silenciados([1])

El interés de la obra de Von Schullern que estamos comentando no radica sólo en este testimonio sino en que niega a ambas posturas el estar basadas en trabajos científicos mínimamente serios, es decir, en “análisis económicos del turismo que tengan en cuenta todas las relaciones que realmente los determinan (…) prescindiendo de prejuicios”. En su opinión, “solo se han realizado observaciones absolutamente perogrullescas y superficiales consideradas como suficientes para formular afirmaciones supuestamente de validez general sobre una materia de tanta importancia” como el turismo.

Conscientes del lamentable estado en que, a su juicio, se encontraba la investigación en materia turística que se hacía en su tiempo, Von Schullern se propone llevar a cabo una investigación modesta pero sin prejuicios, tendente a conocer los hechos de la actividad productiva, comercial y social que se originan o motivan por el turismo, destacando los que han de ser considerados como los que lo condicionan y determinan. Dicho de otro modo, Von Schullern propone que una investigación del turismo debe hacerse sin preocuparse por aportar argumentos a favor o en contra del turismo y proponiéndose como tarea sólo la identificación de los factores determinantes de las corrientes turísticas y de los efectos que las mismas pueden provocar en el espacio concreto hacia el que se dirigen. Se trata, como es fácil constatar hoy en día, de un consejo que sigue teniendo hogaño el mismo valor que antaño y la misma necesidad de que se ponga en práctica con el debido distanciamiento científico.

Con posterioridad a estas reflexiones, Von Schullern se dedica a poner las bases necesarias para formular una definición de turismo que sea lo más precisa posible. Empieza tratando de perfilar el verdadero sentido que tienen los vocablos “turista” y “turismo” (en alemán Fremder y Fremdenverkehr).

A partir de este momento, el autor desarrolla un razonamiento en el que combina las características que ha de tener un sujeto para poder ser considerado como turista, iniciando con ello la línea de investigación prioritaria para los estudiosos del turismo durante el periodo de tiempo que alcanza hasta le década de los sesenta. Debemos al italiano Alberto Sessa la crítica que consiguió superar la hegemonía de este planteamiento gracias a su tesis sobre el turismo de congresos publicada en 1968.

Con el fin de distanciarse de las nociones vulgares de turista y de su opuesto, el residente, Von Schullern recurre al referente de la localización de la actividad económica como complemento de la localización de la vivienda permanente. Pero esto no le resulta suficiente debido a que es posible encontrar personas que residen en una localidad y tienen su actividad económica en otra. En tales casos, “¿en cual de las dos es residente?, ¿en las dos?” se pregunta el autor, para responder a continuación diciendo que “las condiciones de residente y turista no son realidades completamente opuestas”, una interpretación que a él le resulta perfectamente válida, pero que a parece incongruente con el considerable esfuerzo desplegado para ofrecer una distinción nítida entre ambas figuras y definir una como contrapuesta a la otra, como hace la noción vulgar, pero en base a procedimientos científicos. Consciente de haber llegado a una solución tan mediocre, Von Schullern reconoce con honestidad: “Nuestra definición de turista, que no consideramos como la única posible y correcta, pero sí como la más útil para nuestros fines, tiene en cuenta estas consideraciones”.

Cuando el autor ha creído que los elementos de su definición han quedado suficientemente aclarados se pregunta una vez más: “¿Qué es entonces el turismo?”. Y añade que, aunque “todo el mundo piensa en esencia lo mismo, sin embargo, no resulta fácil encontrar una definición correcta del concepto, en general puede ser suficiente con decir: Turismo es el conjunto de todos aquellos procesos, sobre todo económicos, que ponen en marcha las llegadas, las estancias y las salidas de turistas a y desde una determinada comunidad, región o estado y que se relacionan directamente con ellas”. (El subrayado es nuestro)

Von Schullern ha de ser considerado como uno de los primeros estudiosos del turismo que, además de destacar la existencia del turismo interior con significación idéntica al internacional, puso de manifiesto la trascendencia de las salidas junto a las llegadas, resaltando el hecho de que el turismo fuera un término que solo se viniera usando en sentido “activo” o “positivo” (“receptor” se dice hoy), lo que supone olvidar un factor muy importante entre todos los que han de ser considerados en el análisis. Pero debemos aclarar que no se trata sólo de estudiar el turismo “receptivo” de un espacio concreto y el “emisor” de los espacios de donde procede el primero, sino tanto el “receptivo” como el “emisor” del mismo espacio de referencia, “como hacemos con las exportaciones y las importaciones para construir la balanza comercial”, dice Von Schullern, lo que es radicalmente distinto.

Para finalizar nuestro análisis de la concepción que Von Schullern nos da del turismo debemos detenernos en evaluar el enfoque desde el que la elabora. Si nos atenemos a sus propias declaraciones, diremos que Von Schullern estudia el turismo desde el punto de vista de lo que él mismo llama economía política y no desde el punto de vista de la economía privada. Dicho de otra forma, que hace su análisis desde la macroeconomía y no desde la microeconomía (sectorial o empresarial). Esta es la razón de que procure dar una definición de turista capaz de permitir una cuantificación, esto es, que su definición está marcada por las necesidades del recuento estadístico, una finalidad que se mantendrá ya hasta nuestros días, recogida por los organismos internacionales que se ocupan del turismo (la UIOOT desde 1925 a 1975 y, a partir de 1975, la OMT), elevada ya a criterio universalmente aceptado. Se trata de conseguir estadísticas comparables internacionalmente y de ahí la necesidad de aplicar criterios homogéneos que permitan la agregación de datos([2])

Como hemos visto por las frases que hemos tenido el cuidado de subrayar, son muy numerosas las citas y referencias que Von Schullern hace a la economía. No obstante, es curioso constatar que, al definir el turismo como un conjunto de procesos se sale de los límites de la economía, cosa que no evita por el hecho de que afirme que los procesos más importantes son los de naturaleza económica. Al generalizar el turismo a todos los procesos o relaciones, Von Schullern inicia una tradición que aún sigue en vigor hoy en día, y que es aceptada por todas las escuelas de expertos en turismo. Esta tradición se justifica, como hemos dicho, por la creencia de que el “fenómeno turístico es extraordinariamente complejo y, por tanto, no es posible agotarlo desde el punto de vista económico”.

Sin embargo, es cierto que, aunque Von Schullern acepte un concepto de turismo que va más allá de lo meramente económico, en la práctica su estudio responde al modelo convencional de los estudios económicos aplicados al turismo. Puesto que concibe la llegada de turistas a un país como un instrumento generador de riqueza y bienestar, de acuerdo con la tendencia dominante a la que hacía referencia al comienzo de su trabajo, debido a que “el turista aporta dinero” al país al que se dirige, cree que es preciso poder aportar una serie de características que nos permitan dilucidar en que grado cumplirán esta importante característica. Por ello se preocupa de conocer no solo el número de turistas sino la duración de su estancia. Pero tampoco esto lo considera suficiente: “No sólo debemos tener en cuenta el volumen de sus necesidades y su poder adquisitivo sino, también, todas sus pautas de comportamiento y su modo de vida, las dos primeras características desde un punto de vista económico y las dos restantes desde el punto de vista cultural y moral si se nos permite decirlo así”. Se constata así, con sus propias palabras, que este autor desborda los límites de la economía y penetra en el campo de lo que hoy conocemos como sociología y psicología social.

De esta forma, Von Schullern puso, en nuestra opinión, las bases del análisis de la demanda turística que hoy se practica y que, como decimos, son unas bases  eminentemente sociológicas, lo cual no es óbice para que la profesen los economistas que se dedican a estudiar el turismo.

Para finalizar, diremos que, en razón de lo expuesto, no podemos estar de acuerdo con el citado Alberto Sessa (1968, p. 8) cuando clasifica la concepción del turismo de Von Schullern entre las de carácter económico. Para nosotros, repetimos, su teoría tiene una utilidad estadística, imprescindible para apoyar la elaboración de los datos necesarios para estudiar la demanda, pero no sólo con los métodos de la economía sino, además, con los de la sociología, al menos a nivel teórico, puesto que en la práctica, no dispone de datos que le permitan tener en cuenta “las pautas de comportamiento y las formas de vida” de los turistas.

En definitiva, Von Schullern se caracteriza por un tratamiento del turismo que aporta formulaciones teóricas de indudable importancia en el proceso de formación conceptual que estamos estudiando. Pero junto a ellas, sigue profesando, en gran parte, el descriptivismo característico de la noción vulgar de turistas, y ello a pesar del gran esfuerzo que realizó para matizarla, lo que le llevó a superar tanto la nota de extranjeridad como la necesaria ausencia de las motivaciones de lucro, una cuestión que adquiriría años más tarde marcados tintes polémicos.

En lo que concierne a las intenciones de este trabajo, queda claro que Schullern destaca la necesidad de estudiar el turismo aplicando el análisis económico, pero también ha quedado de manifiesto que lo hace mezclando los dos paradigmas pues si bien aplica un enfoque subjetivo al poner el énfasis de su investigación en el turista también la lleva a cabo de un modo agregado, es decir, macroeconómico.

Elíes Furió Blasco: A pesar de ser contemporáneo y español conozco menos datos de la vida de este autor que de Schullern. Solo puedo decir que es valenciano y que se doctoró en economía en la Universidad de Valencia con la tesis titulada “Turismo y Territorio. Interrelación entre la función del turismo y el territorio a partir del enfoque de enlaces”.

Quizás la característica más destaca de este economista como estudioso del turismo sea su insistente interés en investigarlo en el contexto de las modernas preocupaciones ciudadanas por la conservación del medio ambiente. Si lo incluyo en este trabajo sobre el paradigma austriaco y su aplicación a la economía del turismo no es por esta razón, sino porque en 2001 publicó en Revista de Estudios y Perspectivas en Turismo el artículo titulado “Análisis Económico del Turismo: El Turismo como un bien mengeriano de primer orden”, lo que le convierte, como ya dije, en uno de los raros estudiosos del turismo que deben ser tenidos en cuenta a la hora de averiguar hasta qué punto se estudia dicha materia desde el paradigma austriaco.

El citado artículo del Dr. Furió lo sometí a crítica en “Consumición y Producción de turismo: ¿Diacronía o sincronía?”, un artículo que escribí en 1997 y no pudo ser publicado en su momento, para continuar el debate iniciado por Furió con un artículo que publicó en 1995 descalificando mi consideración del turismo objetivamente identificado como un plan de desplazamiento circular. El citado artículo acaba de ser enviado a la misma revista en la que se publicó en 2001 el de Furió y se encuentra actualmente sometido a evaluación previa a su eventual publicación. No voy a repetir los razonamientos que desarrollo en el artículo citado. En el caso de que fuera rechazado, lo que no es descartable, lo enviaría a esta revista de Cuestiones de Economía para su publicación. Pero desde ahora digo que parte de su contenido forma parte del tema aquí tratado.

Ahora solo diré que, a pesar de que el Dr. Furió dedica bastante espacio e interés a la clasificación de los bienes que propuso en 1871 Carl Menger, no por eso aplica realmente al estudio del turismo el paradigma austriaco. El empleo que hace de la clasificación mengeriana no le sirve para llevar a cabo una investigación conceptual del turismo a la luz de la escuela austriaca sino para dar a su trabajo un aire de originalidad que no tiene ya que repite los planteamientos convencionales sin evitar caer en la falta de identificación de la oferta turística. La aplicación por Furió del enfoque de demanda convencional, le impide considerar la función de producción de turismo que, sin embargo, podría haber llegado a formular si se hubiera dado cuenta de que está implícita en la clasificación de bienes de Menger.

Conclusión 

En consecuencia, la respuesta a la pregunta sobre si la economía del turismo se estudia desde el paradigma austriaco es: no. Ni siquiera los dos autores que podrían haberlo aplicado, uno por ser discípulo directo de Carl Menger, y otro porque, a pesar de que se basa en la clasificación del fundador de la escuela austriaca de economía, sus trabajos responden a las peculiaridades convencionales ya comentadas. En el caso del Dr. Furió, además, su mezcla de planteamientos económicos con los geográfico-territoriales y con los biológico-ecologistas, lo distancian no solo del paradigma austriaco sino incluso del neoclásico.

El autor del presente trabajo viene proponiendo un cambio de paradigma en la investigación del turismo desde el enfoque de demanda o sociológico al enfoque de oferta o económico, y, dentro de este último, al paradigma que se viene llamando neoclásico ya que con él propone subsanar el grave defecto del inexistente análisis microeconómico del turismo, puesto que el análisis macroeconómico se lleva a cabo adecuadamente.

Para ningún estudioso del turismo con una visión completa del panorama de la literatura del turismo es un secreto que esta materia adolece de graves deficiencias teóricas. Burn y Holden en “Tourism: A New Perspectiva” (1995) están convencidos de que los estudios del turismo son enigmáticos y atrevidos (enigmatic). Farrell y Twining-Ward en “Reconceptualizing Tourism” (2003) reconocen sin ambages que al estudio del turismo le falta una teoría básica propia y que ni siquiera ha sabido aprovechar los avances que han tenido lugar en las ciencias de las que depende su estudio a falta de la ansiada (y utópica en mi opinión) ciencia propia. Entre los expertos españoles citaré a Ezequiel Uriel y a Vicente M. Monfort. En “El Sector Turístico en España” (2001), declaran estar convencidos de que el sector turístico es de una gran complejidad, algo que achacan, entre otras causas, nada menos que a la ambigua delimitación del área de análisis y a la heterogeneidad de los subsectores involucrados. Pero, sorprendentemente, nada hacen para evitarlo. Ni siquiera citan a quienes, al menos, hemos realizado un diagnóstico de la situación y propuesto una fórmula de solución, que, curiosamente, ni siquiera ha merecido ser citada por quienes no pueden alegar que la desconocen, lo que agrava su actitud pasiva: constatan el problema, aportan causas, conocen un diagnóstico y una propuesta de solución que no citan y, para colmo, no se esfuerzan en hacer propuestas propias. Dan la impresión de que piensan que el problema es irresoluble por intrínseco a la materia estudiada. Pero no lo dicen.

El problema del estudio del turismo no es, en absoluto, el de saber si los aspectos económicos son tratados desde el paradigma austriaco o desde el paradigma neoclásico sino si es tratado adecuadamente desde la economía. Como decía el economista italiano Mafeo Pantaleón (1857 – 1924) solo hay dos escuelas de economía, la de los que saben economía y la de los que no saben economía. Las supuestas diferencias entre las escuelas austriaca y neoclásica obedecen a posturas de militancia de grupo solo aceptables en la medida en que pueden coadyuvar al avance del análisis económico, una meta que a veces olvidan unos y otros a pesar de que es la única meta legítima. 

ANEXO 

Nota sobre la vida y la obra de Hermann von Schullern 

Nació en Innsbruck (Tirol) el 24 de julio de 1861 y murió en la misma ciudad el 14 de abril de 1931

Hijo de Antón von Schullern y hermano de Heinrich von Schullern.

1879 – 83, estudiante de derecho en la Universidad de Innsbruck

1884, doctorado en Derecho en Klagenfurt, Bozen

1884 – 1885, ejercicio de la profesión de abogado

1985, ayudante en la Universidad de Innsbruck gracias a la influencia de Böhm – Bawerk, destacado representante de la Escuela de Viena (paradigma austriaco)

1889  profesor de la Universidad de Innsbruck en Economía política

1892  profesor en la Universidad de Viena de Economía Política

1895  profesor de Política Económica

1889 – 1990 conferenciante de la Academia de Comercio de Innsbruck

1890  colaborador de K. Th. Inamas von Sternegg. Funcionario y más tarde miembro de la Comisión Central de Estadística, de la Academia Oriental y de las Fuerzas Armadas

1898  catedrático de la Universidad de Viena

1899  catedrático de la Escuela Técnica Superior de Brünn y más tarde decano de la  misma

1901 – 1915  Jefe del departamento de Economía Política y Estadística de la Escuela Superior de Agronomía de Viena. De 1903 a 1905 fue decano de este centro Durante este periodo ejerció como asesor jurídico del Ministerio de Agricultura. En 1904 llegó a ser  consejero del ministerio

1915   catedrático de Política Económica de la Universidad de Innsbruck de la que  un año más tarde fue decano

1918   Director de la Oficina de Reconstrucción de Zonas Devastadas por la Primera  Guerra mundial de la ciudad de Görz

Principales obras:

1889: Untersuchungen uber Begriff der Grundrente (en colaboración con Böhm –

Bawer)

1891 Die theoretische Nationalökonomie Italiens in neuester Zeit

1895 Über einige Familien des tirolischen Beamtenadels

1908 Das Kolonat in Görz und Gradisca

1911 Grundzüge der Volkswirtschaftslehre

1911 Frendemverkehr und Volkswirtscahft (artículo citado en este trabajo)

1918 Bemerkungen zur österreischschen Vermögensteuer

1919 Deutschtirol, ein selbständiger Staat?

1924 Agrarpolitik

 

([1]) En 1961, K. Krapf se pregunta “si el turismo será capaz de aportar su concurso a la gran obra de ayuda a los países en vías de desarrollo”, una pregunta que nos resulta especialmente ociosa, habida cuenta de que el interés que desde muy pronto se sintió por el turismo se explica en el convencimiento de su positiva aportación al desarrollo de la economía del lugar visitado.

([2]) Sin embargo, a pesar de los grandes esfuerzos que en este sentido se vienen realizando, sobre todo por la UIOOT y su heredera la OMT, aún no se dispone de series verdaderamente homogéneas sobre el turismo.