El uso humanamente racional de la riqueza

El uso humanamente racional de la riqueza

Francisco Muñoz de Escalona

Entre los pensadores que aplican un enfoque fisicalista en sus estudios de la economía, Naredo cita en el artículo del nº 5 de Mayo al francés Georges Bataille (1897 – 1962), concretamente por su obra La parte maldita. La primera edición de esta obra se hizo por Les editions de Miuit, París, formando parte de la colección, dirigida por el propio Bataille, L’usage des richesses en 1949. Bataille desarrolló en ella su artículo La notion de depense motivado por el Plan Marshall de 1947, una aparente donación sin contrapartida que el gobierno de Estados Unidos hizo a sus aliados europeos con el fin de apoyar la reconstrucción del sistema productivo arruinado durante los seis años de la II Guerra Mundial. Bataille pensaba que La parte maldita era su obra más importante. La concibió como la primera parte de una obra de ambiciosos vuelos sobre la soberanía perdida por el hombre al abandonar el reino animal, soberanía cuya recuperación constituye la meta del proyecto humano. La segunda parte se titula El erotismo. De la tercera parte dejó escasos esbozos antes de su muerte en 1962.

Tanto me interesé por esta obra que busqué alguna traducción al castellano y encontré la que la editorial Edhasa publicó en 1974 en la traducción de Johann Givanel. El problema estaba en que la de Givanel es una versión absolutamente ininteligible. Había, pues, que ir al original y aproveché la oportunidad del viaje a París que hizo mi compañero Venancio Bote para encargarle que me la trajera. La edición que me trajo Venancio de París era de 1967 y venía precedida de La noción de gasto, un ensayo que Bataille había publicado en el nº 7 de La Critique Sociale, una revista de orientación marxista, en enero de 1933.

Georges Bataille en su madurez

El obstáculo ahora era otro, mejor dicho, otros. El estilo literario de Bataille, quien había militado en el movimiento surrealista de Ander Breton, era bastante alambicado y por tanto poco claro para quien tiene nociones moderadas de francés. Me topaba con expresiones aparentemente sin sentido, crípticas, chocantes, desorientadoras, contrarias al sentido lógico que yo esperaba de ellas. Después de comprobar que se trataba de un texto indescifrable para mí decidí acometer su traducción porque a estas alturas ya tenía claro que aquel pensamiento me interesaba harto. No fue una tarea fácil pero la coroné con cierto éxito. En mayo de 1986 ya tenía en mis manos una versión propia de las dos obras, de la de 1933 y de la de 1949. Entusiasmado con mi éxito me atreví a escribir un trabajo que titulé la teoría del excedente de Georges Bataille. Análisis crítico de un posible paradigma económico. Incluso lo presenté como tesina de licenciatura en la Facultad de Ciencias económicas y Empresariales de la Universidad Complutense de Madrid. Como tutor se prestó a firmar un profesor del Departamento de Econmía Aplicada, el Dr. Francisco Albuquerque. Entre mi ensayo y la traducción de la obra de Bataille, que aporté como parte de la tesina, presenté un volumen de cerca de 306 páginas. Mi ensayo tenía 140 páginas. He aquí su índice:

I   Introducción

II  Contenido

III Metodología

IV  Análisis crítico de la teoría del excedente

  1. Análisis emic

1.1 El pensamiento de Georges Bataille

1.2 Estructura de la teoría (formulación)

  1. Análisis etic

2.1 La economía de Georges Bataille

2.2 Antropología cultural de Bataille

  1. ¿Está justificada la teoría del excedente?

3.1El concepto de excedente

3.2Función explicativa

3.3Función heurística

V  La teoría del excedente como posible paradigma

5.1 Enigmas, anomalías y crisis en economía

5.2 La sociedad global y las sociedades aisladas

  1. Resumen y conclusiones

6.1 Mundo, economía y hombre

6.2 Obra abierta

6.3 Método de meditación

Anexo I   Reflexiones sobre el fenómeno social de la ciencia

  1. La preocupación por el pasado de la ciencia
  2. Ciencia y realidad
  3. Ciencia y sociedad
  4. Ciencia y comunidad científica
  5. Ciencia y compromiso social

Anexo II  Antropología económica del gasto

1  El potlatch. ¿Producción o gasto?

2  El plan Marshall como potlatch

Anexo III Bibliografía consultada

Anexo IV Notas biográficas y bibliográficas sobre Georges Bataille

1 El hombre de lo “imposible”

2 Una relación bibliográfica de urgencia aobre G. Bataille

Anexo V  La Noción de Gasto y La Parte Maldita (traducción del francés)

Copio a continuación el texto de la página 1 y s. de mi ensayo de 1986:

Con motivo de la crisis de 1973 – 85, algunos economistas son de la opinión de que no sólo entró en crisis la actividad económica sino que también la economía. No pretendemos hacer aquí un repaso del pensamiento crítico en la economía de los últimos años. Sólo aspiramos a incidir, con pretensiones críticas, en la opinión de quienes sostienen que la economía está en crisis, entre otras razones por haber abandonado, a partir de 1776 los fundamentos físicos que hasta entonces la sostenían.

Sostenemos que el presunto fisicalismo de la economía fue estrictamente formal y denotaba el reconocimiento de la superioridad de la física. Pero la economía ha sido siempre una derivación de la moral con aspiraciones de objetividad científica, a la manera de las ciencias naturales. Es muy probable que la economía tarde aun en abandonar la gran tradición iusnaturalista que subsiste en sus postulados originales.

Los economistas que sostienen lo contrario se han impuesto la tarea de rastrear los retazos perdidos del pensamiento físico-económico, abandonado por la comunidad de economistas a partir de La riqueza de las naciones de Adam Smith. Según José Manuel Naredo, principal sostenedor entre nosotros de esta tesis, el tratamiento de este tema corrió paralelo a la creación, en el siglo XIX, de esa economía de la física que es la termodinámica y la ecología, encontrándose textos que recaen inequívocamente sobre temas económicos de físicos, químicos o biólogos como S. Carnot, R. Clausius, G. Helm, S. Poliansky, P. Geddes, W. Ostwald, F. Soddy, etc., adoptando comúnmente un sentido crítico respecto a los enfoques propios de la economía política. Los economistas más nombrados hoy permanecieron generalmente al margen de estas elaboraciones, con la excepción de Cournot, que supo apreciar su interés para trascender los enfoques convencionales que se circunscribían al campo de lo que él denominó ‘crematología’ y, en cierta medida Jevons, cuya honda preocupación por la escasez objetiva de recursos le llevó a escribir sobre las dificultades físicas a las que se enfrentaba el crecimiento.

Naredo continúa diciendo que tales planteamientos han llegado hasta nuestros días, sobre todo, a partir de lo que llama la ‘crisis energética’, con motivo de la cual, dice,

se ha producido una avalancha de literatura sobre los aspectos energético-ecológicos relacionados con la actuación de los hombres en la sociedad industrial. Obras como las de Odum (1971), Componer (1971), Rifkinn (1980), Slesser (1978), etc., que opinaban sobre la economicidad de la gestión de recursos naturales desde fuera de la ciencia económica, no han podido ya ser ignoradas por los economistas, que finalmente se han visto obligados a tomar carta en el asunto, tratando ahora de reintroducir dentro de su ciencia los problemas físicos y biológicos que originalmente se habían desterrado, lo cual ha influido en la crisis actual de esta disciplina.

Entre la nutrida bibliografía que Naredo aporta en defensa de su tesis se encuentran las dos citadas de Georges Bataille. Con este motivo dice:

un claro exponente de la convergencia e interrelación que se fue operando entre las corrientes críticas apuntadas lo constituyen los trabajos de Bataille (…) que centran las elaboraciones críticas de la economía convencional procedentes del campo de la antropología, con un capítulo sobre ‘la dependencia de la economía del recorrido de la energía en el globo terrestre’ esta obra (…) resultó tan ignorada por los economistas como lo fueron, hasta hace poco, las corrientes de pensamiento a las que nos estamos refiriendo

Con Naredo y otros economistas que así piensan sólo coincidimos en la nula atención dedicada a la obra económica de Georges Bataille. Mantenemos que el pensamiento económico de físicos, químicos y biólogos enriquecen lo que podríamos llamar siguiendo a T. S. Kuhn, el paradigma normal de la economía. De lo contrario habría sido rechazado, como lo ha sido el pensamiento económico de Georges Bataille, que no tiene precisamente un fundamento antropológico, aunque pudiera parecerlo, sino físico y, por primera vez, al margen del iusnaturalismo en cualquiera de sus versiones. En nuestra opinión, las formulaciones económicas que hace Bataille constituyen recomendaciones prácticas derivadas de una concepción del mundo radicalmente opuesta a la que sostiene la economía normal, razón por la cual es absolutamente imposible que esta pueda incorporarla, como puede incorporar lo que Naredo llama ‘economía de la física’, que, en nuestra opinión, es perfectamente compatible con lo que este economista y su grupo llama ‘economía convencional’

El presente trabajo responde a la intención de dar respuesta a los planteamientos de la llamada economía de la física. Es precisamente la obra de Georges Bataille la que nos va a permitir demostrar que dicha economía es perfectamente complementaria de la economía normal. Para ello nos proponemos analizar críticamente las dos obras sobre economía de Georges Bataille. Demostraré así que éstas no apoyan en absoluto los planteamientos de los que llamaremos sin el menor afán peyorativo nuevos fisiócratas. Pero, al mismo tiempo, tendré oportunidad de poner de manifiesto los puntos débiles del pensamiento de Bataille.

Como tantas veces he dicho, las dos obras de Bataille analizadas por mí después de ser laboriosamente traducidas al castellano, provocaron en mi mente una auténtica revolución científica en el sentido que a esta frase da T. S. Kuhn y hasta un cambio importante en el plano personal. La comprensión de los planteamientos de Bataille a la que llegué me permitió darme cuenta de que la recepción por parte de la Tierra de un flujo imparable y gratuito de energía provocó en su superficie la necesidad de gestionar tal abundancia. Fue así como surgieron las primeras formas de vida como consumidoras de energía. Pero esas formas de vida dieron lugar a otras más eficazmente consumidoras de energía siguiendo la misma fórmula, su transformación en formas de vida aun más eficaces por más complejas de energía y así sucesivamente hasta llegar a la especie humana, una especie capaz de añadir tantas vías de consumo como la necesidad exija porque al consumo natural como especie animal añade el consumo cultural, una forma de consumo que no tiene límites o los tiene muy lejanos todavía.

¿Entonces cómo pueden los neofisiócratas sostener que Bataille es u pensador que puede engrosar la clase de pensadores a las que ellos pertenecen, esos pensadores convencidos de que la humanidad padece escasez de energía y que su reciente agravamiento es la causa de la crisis de la actividad económica? Nada más ajeno a Bataille, un pensador que en su obra de 1949 principia por ofrecer un muestrario de culturas humanas basadas en formas de consumo energético con las que tales culturas aspiraban a ponerse à la page con las formas de vida previas. Así los aztecas, con sus guerras y sus sacrificios de vidas humanas al dios Sol, el don de rivalidad de los nativos del noroeste de América al que conocemos por Franz Boas como potlatch, la sociedad desarmada y evitadora de la procreación por medio de la dedicación a la vida contemplativa del Tibet lamaista y tantas otras que ilustran hasta qué punto la humanidad ha dado muestras de lo imperioso que resulta fomentar el consumo de energía-materia de cuya abundancia padece.

Pero sostiene Bataille que también hay culturas que se orientan justamente al lado contrario: al aumento de esa abundancia energética que equivale a abundancia de materia ya que ambas son equivalentes como logró demostrar Einstein con su famosa teoría de la relatividad (1905). Esas culturas desatendidas de las exigencias del consumo eficiente de energía son el Islam, el Capitalismo y el Sovietismo. Tomo de Wikipedia lo que sigue:

Albert Einstein (Ulm, 14 de marzo de 1879 – Princeton, 18 de abril de 1955) gue un físico alemán, nacionalizado posteriormente suizo y estadounidense que está considerado como el científico más importante y más famoso del siglo XX.

Albert Einstein en 1921

En 1905, siendo un joven físico desconocido, que estaba empleado en la Oficina de Patentes de Berna, en (Suiza), publicó su teoría de la relatividad especial. En ella incorporó, en un marco teórico simple, fundamentado en postulados físicos sencillos, conceptos y fenómenos estudiados anteriormente por Henri Poincaré y por Hendrik Lorentz. Probablemente, la ecuación más conocida de la física a nivel popular, es la expresión matemática de la equivalencia masa-energía, E=mc², deducida por él como una consecuencia lógica de esta teoría. Ese mismo año publicó otros trabajos que sentarían algunas de las bases de la física estadística y la mecánica cuántica.

En 1915 presentó la teoría de la relatividad general, en la que reformuló por completo el concepto de gravedad. Una de las consecuencias fue el surgimiento del estudio científico del origen y evolución del Universo por la rama de la física denominada cosmología. En 1919, cuando las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones acerca de la curvatura de la luz, fue idolatrado por la prensa. Einstein se convirtió en un icono popular de la ciencia mundialmente famoso, un privilegio al alcance de muy pocos científicos.

Georges Bataille incursionó con esta obra en un terreno que no conocía como experto. Por ello necesitó de la ayuda que le prestó su amigo Georges Ambrosino, jefe del equipo de laboratorios de rayos X, “sin la cual, dice, no habría podido escribir esta obra. La ciencia, añade, no es nunca el producto de un hombre solo. Este libro, reconoce el autor, es también, en una parte importante, el trabajo de Ambrosino.

Bataille decía, y así lo recoge en La parte maldita, que su investigación se llevaba a cabo en el campo de la economía general. Esta puede ser la causa del error de interpretación que de su pensamiento hizo Naredo porque lo cierto es que el término economía en Bataille no significa otra cosa que la gestión de la abundancia de energía que padece el globo, no la gestión de la escasez de recursos que el paradigma convencional sostiene que padece la humanidad.

Porque Bataille arremete contra esa concepción del mundo en base a sus investigaciones y a sus conclusiones. Bataille no puede estar de acuerdo en el postulado de la escasez sobre el que se sostiene la economía como ciencia y como gestión. Para él la escasez que el hombre percibe en el mundo es fruto de su visión fragmentaria del mismo. Si el hombre hubiera contemplado el mundo en su completitud, como un planeta de grandes dimensiones pero limitado, expuesto a la recepción del flujo continuo de energía solar, se habría dado cuenta de que el único recurso escaso es el espacio. Todos los demás son abundantes y como tales debería gestionarlos poniendo más énfasis en la consumición que en la producción, justo lo contrario que hacemos, agravando de ese modo la gravedad de la abundancia que padece.

Lo que hace Bataille en La parte maldita es ciertamente una antieconomía.

En vez de montar un sistema de producción cada vez más eficiente, que es lo que hizo la cultura occidental cuando se puso en marcha la cultura del capitalismo en el siglo XVIII, lo que tenía que haber hecho es haber montado un modo de vida capaz de involucrar un disfrute de los recursos que abundan, un disfrute puesto al servicio de la compasión, de la solidaridad, de la tolerancia y del amor universal entre todos los hombres de la tierra en todos los planos y en todas las facetas de la vida.

Es precisamente por no hacerlo así por lo que, para aflojar la presión de la abundancia sobre la superficie de la Tierra, surgen las guerras y las hecatombes y una multitud de formas traumáticas de consumo de energía sin las cuales la presión de la abundancia sería insoportable. Las dos alternativas que al hombre se le ofrecen como consecuencia de la abundancia de energía-materia es pues, o el disfrute placentero o la destrucción violenta y traumatizante de recursos.

He aquí la inesperada enseñanza que se extrae del pensamiento de Bataille: ¿Uso de la riqueza? Sí, pero no para aumentarla sino para disfrutarla.

Una consigna que está en plena conformidad con el gran proyecto humano de reconquista de la soberanía perdida por la especie humana por haber emprendido la espectacular aventura de abandonar la animalidad. Por esta razón hace Bataille en La noción de gasto un feroz alegato contra el concepto de utilidad, ese concepto que en su opinión esclaviza al hombre obligándolo a aumentar sin pausa la riqueza en vez de disfrutarla placenteramente.

No cabe la menor duda que una cultura acorde con la evidencia científica de que la Tierra padece una presión continua provocada por la abundancia creciente de energía-materia es una utopía. Ante todo, es perfectamente comprensible que el hombre haya percibido, desde su aparición como especie diferenciada, que en el mundo hay escasez habida cuenta de que aun no tenía la visión cósmica que hoy tiene gracias al avance de la ciencia. Su inmersión en la dimensión del tiempo le lleva a tener conciencia del pasado, del presente y del futuro. No le basta por ello atender a las necesidades que siente aquí y ahora sino que es perfectamente consciente de que mañana tendrá nuevas necesidades y que tendrá que satisfacerlas. La escasez en el pasado y en el presente es una premonición de la escasez en el futuro.

Pero, a pesar de que de la escasez del único recurso del que puede predicarse, el espacio, ha sido poco consciente, lo cierto es que la vida del hombre en la Tierra puede explicarse por su afán de aumentar la oferta de espacio, algo que en ha venido consiguiendo a costa del espacio de los grupos rivales. Algo que acontece en todas las especies. Las guerras de conquista y las invasiones, pacíficas o violentas, de los territorios ocupados por otros pueblos de la Tierra es un invariante de la historia. Es cierto que lo que se busca con ello es aumentar los recursos que escasean en los territorios de procedencia de los invasores pero a la vez que se remedia su escasez se aumenta, obviamente, la oferta de espacio disponible por el vencedor.

Son muchas las técnicas que el hombre ha venido usando para remediar la escasez de espacio. Una de ellas es la guerra y la invasión. Pero la edificación en altura es otra. Como lo es la edificación subterránea, la conquista del subsuelo. Los romanos concebían el derecho de propiedad de un territorio en sentido tanto horizontal como vertical: hacia abajo, hasta el infierno, y hacia arriba, hasta el cielo. Las continuas revoluciones científicas están permitiendo aumentar la disponibilidad de espacio con espacios fuera de la Tierra. Según Bataille, el incremento de la oferta de espacio es una forma de mitigar la presión que la abundancia de energía-materia ejerce sobre la superficie de la Tierra. A más espacio menos presión.

¿Cómo sería la vida del hombre en la Tierra si en vez de comportarse aumentando artificialmente la abundancia de energía-materia (producción) se comportara acordemente con la necesidad de hacer todo lo contrario y además la destruyera disfrutándola (consumición)? En primer lugar es posible que no hubiera propiedad privada, que, como dice Federico García Lorca en Poeta en Nueva York, la tierra da sus frutos para todos por lo cual esos frutos se repartirían entre todos según sus necesidades, no de acuerdo con su poder. La idea de ganancia dejaría de tener ese halo de positividad que tuvo y tiene, y pasaría a tener connotaciones negativas. Lo mismo, pero a la inversa, acontecería con la idea de pérdida. Nadie acumularía riqueza, y menos para generar más riqueza (inversión). No sufriríamos, pues, las peligrosas crisis de acumulación que sufren los países avanzados y que son las causantes de las crisis del sistema capitalista, las cuales, al paso que vamos, se impondrá a escala terráquea en vez de dar paso a otros modos de producción, modos de producción que mientras no desaparezca el afán productivista, común tanto al capitalismo como al comunismo, seguirán potenciando la utilidad y la ganancia.

El mundo estaría presidido si se impusiera la visión de la abundancia por la generosidad y por las donaciones generalizadas. La institución del potlatch se generalizaría a todos los pueblos de la Tierra, desaparecerían las guerras y la solidaridad fraterna se adueñaría de las relaciones entre los hombres de todas las clases, de todos los credos y de todas las razas. En su lugar la rivalidad innata en todas las especies animales sería sublimada para dar paso a formas deportivas y lúdicas, diferentes a las actuales, que son violentas y exterminadoras.

El mundo sería un valle de placer, no de lágrimas, si se implantara alguna vez en la Tierra una cultura global basada en la gestión de la abundancia al servicio del proyecto humano: el de la definitiva conquista de la soberanía perdida hace dos millones y medio de años.

 

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La escuela fisicrática de economía y Georges Bataille

La escuela fisiocrática de economía y Georges Bataille

Francisco Muñoz de Escalona

La fisiocracia o fisiocratismo fue una escuela de pensamiento económico del siglo XVIII fundada por François Quesnay, el médico de cabecera de Madame de Pompadur, Anne Robert Jacques Turgot y Pierre Samuel du Pont de Nemours en Francia. Afirmaban estos autores que existe una ley natural por la cual el buen funcionamiento del sistema económico estaba asegurado sin necesidad de la intervención del gobierno. Su doctrina queda resumida en la expresión laissez faire, dejar hacer. El origen del término fisiocracia proviene del griego y quiere decir “gobierno de la naturaleza” ya que los fisiócratas estaban convencidos de que las leyes humanas debían estar en armonía con las naturales. De aquí a la idea de que sólo en las actividades agrícolas, tan naturales ellas, se consigue que el producto obtenido sea mayor (en cantidad o volumen) que los insumos utilizados en su producción. Dicho de otro modo: la producción agrícola genera un excedente. Los fisiócratas, en coherencia con esta convicción, calificaron de estériles, esto es, no productivas, las demás actividades, es decir, las manufacturas y el comercio. Se trataba de actividades que no generan excedente y por ello lo que producen no excede a los insumos utilizados.

François Quesnay

La fisiocracia fue en realidad una reacción intelectual a las ideas intervencionista propias del pensamiento mercantilista, un pensamiento que había imperado en los países europeos enraizado en la escolástica. Contra los mercantilistas, los fisiócratas sostenían que la intervención de intermediarios en las diferentes etapas del proceso de producción y distribución de bienes tiende reduce la prosperidad porque merma la producción económica. Ejemplos de estas intervenciones había muchos, pero los fisiócratas se fijaron básicamente en las intervenciones de los gobiernos en la actividad productiva, sobre todo en la creación de monopolios, la implantación de la obligación de pagar impuestos que consideraban excesivos, la existencia de una clase burguesa ociosa y los restos del feudalismo. Todo ello estaba asociado con el corporativismo comercial y con un énfasis desmesurado en el crecimiento industrial, cosas ambas que actuaban restringiendo los intereses privados. Y para ahondar más las diferencias, los fisiócratas propugnaban el establecimiento de un impuesto único sobre la tierra y anular todos los establecidos por los mercantilistas.

La tendencia general de los fisiócratas es el libre cambio. La tarea del economista se reduce a descubrir el juego de las leyes naturales. La intervención del estado es inútil, pues no haría otra cosa que interferir ese orden esencial. El interés de los fisiócratas se concentraba en gran medida en la definición de una estrategia macroeconómica de desarrollo que incluyera políticas coherentes. La fisiocracia se considera como la primera escuela de la moderna teoría económica. Se creía que si esta ley era estudiada y enmendada, derivaría en condiciones armoniosas y beneficiosas para toda la humanidad. Fisiocracia se aplica al concepto total de un gobierno, no necesariamente a la actividad económica solamente. Porque los padres de esta teoría política veían el progreso económico como inseparable del progreso social, argumentando que gracias a la incrementada prosperidad natural las rivalidades entre grupos oponentes disminuyen o incluso desaparecen.

Según Whittaker:

los fisiócratas eran indudablemente optimistas. Tenían confianza absoluta en la continuidad del progreso. Es a través del estudio sobre la cuestión de la población donde se demostraba más destacadamente. Estimaban que la población aumentaba hasta el límite de subsistencia, y Dupont de Nemours, uno de los mas destacados miembros de la escuela, presentó el ejemplo aritmético mencionado después por Malthus, esto es, el de las colonias inglesas que duplicaban su población cada veinticinco años debido a la abundancia de medios de subsistencia agrícolas que disponían sus habitantes.

De aquí el convencimiento de los fisiócratas en que la producción agrícola es la base del progreso, no el comercio, como se venía sosteniendo desde la antigüedad.

Es decir, la tierra y el trabajo era para ellos la verdadera fuente de la producción de riqueza. Los autores del siglo XVII y principios del XVIII estimaban la tierra y el trabajo como los agentes o factores causantes de la producción. Esta opinión fue puesta en boga por el filosofo Thomas Hobbes. Al estudiar, en su Leviatán el aspecto económico de la comunidad o estado, dice:

En cuanto a la abundancia de materias, está limitada por la naturaleza a aquellos bienes que, manando de los dos senos de nuestra madre común la tierra y el mar, ofrece Dios al género humano, bien gratuitamente, bien a cambio del trabajo.

Para los fisiócratas, en oposición al mercantilismo, la riqueza de una nación procedía de su capacidad de producción y no de las riquezas acumuladas por el comercio internacional. Y consideraban que la única actividad generadora de riqueza para las naciones era la agricultura. Cantillon comienza su Essai sur la nature du commerce en général diciendo,

La tierra es la fuente o materia donde toda riqueza se produce. El trabajo del hombre es la forma que la produce: y la riqueza en sí no es nada, sino el sustento, comodidades y superfluidades de la vida.

Turgot, el verdadero padre de la fisiocracia, resume esta noción con esta frase

El agricultor es la única persona cuyo trabajo produce algo más que el salario de su trabajo. Es, por lo tanto, la única fuente de toda riqueza.” Y agrega: “La tierra le paga directamente el precio de su trabajo, aparte de cualquier otro hombre o convenio. La naturaleza no le regatea para obligarle a sostenerse con lo que es de todo punto necesario. Lo que le concede no está proporcionado ni a sus necesidades ni a una valuación contractual del precio de su día de trabajo. Es el resultado físico de la fertilidad del suelo, y de la sabiduría, mucho más que de la laboriosidad, de los medios que ha empleado para hacerla fértil. Tan pronto como el trabajo del agricultor produce más de lo requerido por sus necesidades, puede, con este excedente superfluo que la naturaleza le otorga como un puro don, por encima de la retribución de su esfuerzo, comprar el trabajo de otros miembros de la sociedad. Estos, al vendérselo, sólo obtienen su subsistencia; pero el agricultor recoge, además de su subsistencia, una riqueza que es independiente y disponible, que ha comprado y que la vende. Es, por lo tanto, la única fuente de riqueza, que, mediante su circulación, anima a todos los trabajos de la sociedad; porque es el único cuyo trabajo produce mas salario de éste. (citado por Whittaker)

Los fisiócratas no fueron, pues, los únicos que atribuyeron especial importancia a la agricultura. Las ideas fisiocráticas parecen haber influido en el inventos americano Benjamin Franklin, el cual, viviendo en un país en el que la agricultura era la principal actividad, y en el que las manufacturas y comercio que entonces existían satisfacían más que nada las necesidades de los agricultores, es comprensible que coincidiera con los fisiócratas acerca de la importancia de la actividad agrícola. El siguiente párrafo presenta su posición:

…parece que no hay más que tres formas en las que una nación puede adquirir riquezas. La primera es mediante la guerra, como hicieron los romanos, saqueando a sus vecinos conquistados. Esto es robo. La segunda es por el comercio, que generalmente es engañoso. La tercera es por la agricultura, único medio honesto por el cual el hombre recibe un verdadero incremento de la simiente arrojada a la tierra, en una especie de milagro continuo, forjado en su favor por la mano de Dios, como recompensa por su vida inocente y laboriosidad virtuosa.

Los fisiócratas asumieron que dada su observación de los mercados, la manufactura era una actividad estéril o improductiva ya que no se veía un gran avance en este sector. Obviamente, esto se debía al tamaño de la industria de entonces, anterior a la revolución industrial. Esta visión es consecuencia de que para los fisiócratas lo que importa es la cantidad producida, su aspecto físico, no su valor monetario. Por ello defendían los fisiócratas que la agricultura era el único sector productivo capaz de crear riqueza, pero riqueza física, cantidad de bienes,  mientras que el comercio y la industria tan sólo permitían la distribución de esta riqueza; los fisiócratas estaban en contra de las políticas de comercio internacional mercantilistas, favorecedoras del proteccionismo.

Los criterios de la fisiocracia en el siglo XVIII aunque no en la forma ‘pura’ imaginada por su creadores teóricos sino a través de una legislación detallada que favoreció intereses privados. Se trata del periodo conocido como La Ilustración.

Reflexiones de la creencia en las leyes naturales se puede fijar en un sin número de áreas, desde las ciencias naturales hasta las teorías del orden constitucional. En la Francia prerrevolucionaria, Anne Robert Jacques Turgot sirvió como miembro de la corte de Luís XIV, en la administración local de París y escribió folletos y libros sobre los temas relacionados con su trabajo: impuestos, comercio del grano, y dinero. Turgot afirmó que la riqueza es hija del interés privado y que los mercados están conectados por los flujos de dinero (lo que paga el comprador es ingreso para el productor). Así fue como se dio cuenta de que las bajadas de precios eran peligrosas económicamente porque desalentaban la producción. Turgot abogó por la disminución de las interferencias del gobierno en el mercado de grano pues cualquier intervención del gobierno provocaba una disminución de la actividad privada. Si el gobierno compra maíz en el exterior, los extranjeros se darán cuenta de que el maíz escasea en el país que compra y en consecuencia aumentará su precio, de modo que los precios se elevarán y aumentará la escasez. Esta idea era un ejemplo temprano de la adaptación al libre cambio.

François Quesnay, por su parte, propuso un sistema conocido como “royale del dîme” en el que sugirió una simplificación importante del código impositivo francés basada en cambiar relativamente a impuestos únicos en característica y comercio. Durante la guerra entre Francia e Inglaterra, el movimiento de la fisiocracia comenzó a crecer. Varios diarios aparecieron mostrando a una audiencia cada vez mayor en Francia las nuevas ideas económicas. Entre ellos el más importante era el Diaire Economique (1721-1772), que promovió la agronomía y agricultura racional y el Diaire du Commerce (1759-1762), que fue influenciado grandemente por el irlandés Richard Cantillon (1680-1734), otro destacado economista.

Aunque los fisiócratas lograron cambiar muchas leyes que consideraban inadecuadas e introdujeron nuevas de ideas socio-económico-políticas, los intereses de las manufacturas triunfaron al final dado el interés predominante por el crecimiento industrial por encima de la agrícola que mostraron los primeros capitalistas según Wittaker.

Los fisiocráticos son generalmente considerados como los verdaderos fundadores reales de las modernas ciencias sociales. Fueron, de hecho, los primeros en emplear el método científico, en dirigir un movimiento que se ocupó de realizar investigaciones sobre los fenómenos sociales. Se admite que se trató de un movimiento comparable con el desarrollo de la química. Es entonces cuando escritores como Rousseau basan el origen de la sociedad en un acuerdo entre los hombres, es decir, en un contrato social. Rousseau criticó la propiedad privada y la desigualdad entre hombres. Montesquieu habló de las leyes que gobiernan la naturaleza, y de que el hombre está también sometido a esas leyes. Este pensamiento nació de los descubrimientos fisiocráticos. Ellos sostuvieron que las sociedades humanas están enraizadas en la naturaleza del hombre. La sociedad es el proveedor de la libertad ya que no podemos sobrevivir sin la ayuda de los demás. El deseo de asociación nos unifica; el interés personal nos motiva. Estas dos fuerzas, que son aparentemente antagonistas, generan una acción armoniosa. Pero esta sociedad incluye el principio de que cada derecho involucra una obligación correlativa y reciproca.

Si no se aceptaban estos términos y surgían crímenes o desobediencias la autoridad velaba por que se siguiera la ley. Es importante notar que la autoridad no puede crear leyes, sino sólo administrar su seguimiento. Ellos recomendaban el uso de un príncipe absoluto que siempre tiene que tener su interés volcado en los intereses personales de su ciudadanía. Sólo debía haber un impuesto sobre la tierra que se pagaba a las instituciones gubernamentales. Como una contrapartida a su poder habría un instituto independiente judicial que aseguraba el seguimiento de las leyes naturales de parte del soberano. Y también de administrar un sistema de educación suficientemente grande para dar a cada ciudadano el entendimiento de las leyes sociales y naturales. Es importante notar que no todos los fundadores fisiocráticos estaban de acuerdo en este tema. El más notable entre ellos fue Turgot.

La fisiocracia no fue recibida con los brazos abiertos por muchas razones, no siendo todas intelectuales. Sus oponentes fueron muchos, incluyendo a los mercantilistas que hasta entonces habían dirigido la política económica de la corte de Francia, y a los incipientes liberales liderados por Adam Smith, quien publicaría una respuesta crítica a la fisiocracia. Aunque Smith creía en muchas de las doctrinas expuestas por los fisiócratas, no aceptaba su consideración de las clases mercantiles y artesanales como estériles e improductivas. Reconocía que la agricultura era la más productiva de las ocupaciones, pero sostenía que las otras ocupaciones deberían ser denominadas como menos productivas, no como improductivas. Para demostrar la verdad de su afirmación, Smith observó que incluso la clase social más baja

produce anualmente el valor de su propio consumo anual, y perpetúa, al menos, la existencia del capital que le mantiene y emplea.

Hamilton, por su parte, condena la idea de impuestos y renta sobre la tierra con estas palabras:

Parece haberse pasado por alto que la tierra es en sí un capital, anticipado o alquilado por el propietario al arrendatario, y que la renta que recibe es sólo el beneficio ordinario de un cierto capital en forma de tierra no explotado por el mismo propietario, sino por otro, al que se presta o alquila, el cual por su parte anticipa más segundo capital para su preparación y mejora en base al cual recibe el beneficio usual…

Porque los economistas clásicos con Adam Smith a la cabeza no destacaron la cantidad de bienes producidos sino su valor, entendiendo por tal la cantidad de trabajo incorporado a un bien durante todo su proceso de producción. El fisicalismo, la cantidad física resultante como medida de la producción, propio de la fisiocracia, quedó así superado por la medida del valor. De aquí que los clásicos consideraran productivas a las manufacturas, una actividad productiva que tomaba los productos de la tierra (frutos, ganado, madera y minerales) y los transformaba en otros diferentes, lo cual suponía una nueva y más compleja producción, es decir, aumentaba la obtenida en la fase anterior ya que los productos resultantes tenían más trabajo incorporado que los procedentes de la tierra.

Decir como decían los fisiócratas que la tierra era la única fuente de riqueza se basaba en la evidencia de que un grano de trigo cultivado daba una espiga con muchos granos. El ganado por su parte se multiplicaba a lo largo de su vida por numerosos ejemplares. Los clásicos sin embargo dieron en resaltar el valor como medida de la producción y por ello tenían por productiva todas aquellas actividades en las que se incorporara trabajo siendo la cantidad de trabajo incorporada la medida del la producción. Cuanto mayor fuera la cantidad de trabajo incorporado en un bien mayor será su valor de cambio por otro bien. A mayor valor de cambio de los bienes producidos por una actividad mayor volumen de producción.

Para los clásicos, los bienes se intercambian entre sí en una situación de libre competencia y a largo plazo en proporción a la cantidad de trabajo necesaria. Dicho de otro modo: el valor de un bien depende de la suma de salarios pagados a los trabajadores que intervienen en su proceso de producción.

Hay en lo dicho anteriormente un desplazamiento desde la medida del trabajo como cantidad a la medida del trabajo como salarios, es decir, desde la cantidad en tiempo a su costo en moneda. En este desplazamiento hay harta ambigüedad en el pensamiento de los clásicos pero en todo caso queda claro que no se trata como decían los fisiócratas de medir la productividad en función de la cantidad sino en función del trabajo incorporado sea en horas o en moneda.

La idea de que el trabajo tenía que estar incorporado a un objeto material impidió a los clásicos considerar las actividades de servicio como productivas. Los marxistas, que hicieron suya la teoría del valor-trabajo cayeron en el mismo error.

Hubo que esperar hasta la penúltima década del siglo XIX para superar la conflictiva teoría del valor-trabajo. La superación tuvo lugar de la mano de tres científicos, un austriaco, Carl Menger  (1840 – 1921) un británico, Stanley Jevons (1836 – 1935) y un francés, Marie Esprint León Walras (1834 – 1910), los tres coetáneos y los tres aportadores de la misma solución al impasse al que llevó la economía la compleja y enrevesada teoría del valor – trabajo. Para ellos los bienes no tienen valor sino que el valor se lo dan los hombres que los necesitan. El valor es un concepto subjetivo que los hombres dan a los bienes que necesitan (que les son útiles para satisfacer sus necesidades) siendo obvio que cuanto mayor sea la disponibilidad de un bien menor será el valor unitario que le dan y viceversa, cuanto menor sea la cantidad que tengan mayor será el valor que a cada unidad otorgan.

Desde entonces quedó claro que actividades productivas son aquellas que generan utilidades, es decir, bienes físicos o servicios intangibles por los que estamos dispuestos a entregar a cambio otro bien u otro servicio.

Admito que la exposición ha sido más prolija de lo que hubiera querido pero creo que se justifica para poder entender qué es lo que se proponen aportar los que llamo neofrisiócratas, uno de los cuales, el ya citado José Manuel Naredo, fue el autor de un breve texto, Los libros de la crisis. Propuesta de lectura, publicado en la revista Mayo , nº 5, febrero, 1983 (pp. 87 – 90) sobre el pensamiento fisicalista en economía. En el nº 7, abril, se publicó mi artículo Ciencia económica: crisis, ¿qué crisis? en respuesta al artículo de Naredo. Ellos, los neofisiócratas, llaman a sus propuestas economía ecológica y también economía de los recursos naturales, recursos naturales entre los que ponen un extremado énfasis en la energía, hasta el punto de tener por productivas sólo a aquellas actividades que aportan más energía que la que consumen. Y ello porque, para neofisiócratas como Naredo, los recursos naturales, sobre todo la energía, son escasos y además agotables, razón por la cual la vida del hombre en la Tierra debe atenerse a esta consideración científicamente demostrable ya que, de lo contrario, las generaciones futuras vivirán peor que las precedentes, entre ellas la nuestra.

Esperando el tren de Corumba (II parte del Viaje circular por Los Llanos de Bolivia)

Francisco Muñoz de Escalona

 

El mal estado del camino hasta San Matías, en la frontera oriental de Bolivia con Brasil, nos obligó a virar hacia el sur en nuestro viaje por los Llanos del Departamento de Santa Cruz. En vista de las penalidades sufridas entre Santa Cruz de la Sierra y San Javier de Velasco no era aconsejable regresar siguiendo el mismo camino. Nuestra única esperanza era llegar a San José de Chuiquitos, capital de la Chuiquitania, y abordar allí el tren que procedente de la brasileira ciudad de Corumbá se dirige a la capital departamental. El camino, por suerte era cuesta abajo y presentaba un estado bastante transitable debido a que el terreno era menos permeable que los que habíamos dejado atrás. A San José llegamos a la hora de comer y lo hicimos en una fonda en la que pudimos descabezar un sueño en el corralón porticado que tenía justo a la entrada. El tren de Corumbá no llegaba hasta media noche.
Después de una siesta reparadora hicimos caso a la señora de la fonda y fuimos a conocer lo que queda de la primera fundación de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra por el conquistador extremeño Ñuflo de Chávez después de llegar a los llanos chiquitanos el 26 de febrero de 1561. El nombre que le dio fue el de su tierra natal. Veinte años más tarde, el gobernador Lorenzo Suárez Figueroa recibió la orden de trasladar la nueva ciudad hacia el oeste para defenderla de los fieros ataques de los indios chiriguanos y también para tener un control más eficaz sobre sus inquietos habitantes. Por esta razón Santa Cruz es conocida como la ciudad errante. La verdad es que pronto se nos acabó la diversión porque allí queda muy poquito más que el sitio.
Vueltos a San José mi contraparte, su sobrino y el chofer se dispusieron a realizar los trámites en la estación del ferrocarril para contratar los servicios de una plataforma en la que transportar la movilidad y asegurarla con las cuerdas que adquirieron en un comercio. Mi compañera y yo nos quedamos en la fonda tomando un matesito de coca y matando el tiempo con una partida de cartas con la dueña de la fonda. Fue entonces cuando sentí que perdía la visión repentinamente. Mi hipocondría irredimible me llevó a encontrar la explicación en la herida en el pie que me hice buscando palmas para calzar la movilidad atascada poco después de abandonar el curichi en el quedamos atrapados toda una noche. Nos habían recomendado no beber agua de los pauros que encontráramos por el camino a pesar de la sed que estuviéramos pasando. El peligro de hacerlo era sufrir una peligrosa y pertinaz amebiasis. Yo no había bebido agua pero sí me había herido en una zona pantanosa y por ahí me había agarrado la temida amebiasis. La dueña de la fonda me recomendó que fuera al hospital ferroviario que había cerca de la estación y a ella me fui solo. Sonia no le dio importancia porque como médica que era estaba convencida de que todo era psicológico.

Carmelo Flores, el sanitario del hospital me puso una dosis de suero antetánico y de repente me preguntó a bocajarro:

-¿Usted cree?

Juro que lo que menos podía esperar era una pregunta así y, con el fin de no complicar las cosas le dije que sí.

-Me lo temía, comentó con cierta sorna Carmelo Flores. Y continuó sin dejar que me repusiera de la sorpresa:

-Tengo la obligación de informarle que nosotros no procedemos de los Monos ni del barro sino que estamos aquí porque procedemos de los astronautas.

Por un momento pensé que me hablaba de los antepasados de los habitantes de aquel pueblo perdido en la selva chiquitana, pero no, Carmelo Flores quería decir que él y yo y todo el género humano teníamos nuestro origen en los seres de otros planetas. En una de sus muchas exploraciones cósmicas hubo algunos que se extraviaron en el espacio y lograron llegar a la tierra y se vieron obligados a iniciar desde cero el mismo proceso que les había llevado a alcanzar el progreso que en su planeta habían logrado.

-Recién ahora, afirmó Carmelo Flores envalentonado por mi mutismo, es que estamos consiguiendo algunos de los grandes adelantos de los que ellos disfrutaron miles de años antes de su naufragio. Si no te importa, ahorita, cuando venga mi compañero para hacer el turno de noche, te llevo a mi casa. Allí te voy a enseñar los libros en los que se demuestra lo que acabo de decirte, dijo abandonando el usteo para pasar sin transición al tuteo. Lo demás no son más que cuentos infantiles que nos contaron los misioneros jesuitas que nos adoctrinaron hace ya cuatro siglos.

Hecho el relevo, nos disponíamos a subir a su motocicleta para ir al cercano pueblo cuando ví aparecer entre las sombras la figura de Sonia. Cuando se acercó pude leer en su rostro la preocupación que parecía haber tenido por mi tardanza en regresar. El sanitario se deshizo en atenciones con Sonia y muy cortésmente se ofreció a llevarla a ella antes que a mí. Y se perdieron entre la bruma. Cuando dejó de oírse el metálico sonido de la movilidad me dije que lo mejor era volver caminando hasta el pueblo con lo que si el sanitario volvía me cruzaría con él y así ahorraría tiempo. No fue así y me dio tiempo de llegar hasta la fonda, le pregunté a la dueña y me dijo que aún no habían llegado. Esperé, pero inútilmente. La ansiedad iba subiendo grados y en pocos minutos ya estaba imaginándome todo tipo de desgracias, que habrían tenido un accidente en la moto, que la moto se había descacharrado, que el sanitario había raptado a Sonia que tal vez la estuviera violando. No me llegaba la camisa al cuerpo. Las preocupaciones por mi supuesta enfermedad habían dejado paso a otras, éstas mucho más acuciantes. ¿Cómo puede dejar a Sonia con ese loco de Carmelo, porque ahora lo veía aún más claro, Carmelo era un loco, un violador tal vez. De repente alguien me puso una mano en el hombro al tiempo que oía:

-¿Pero dónde te metés? Tres veces he hecho el camino de la estación al pueblo y no te encontré.

-¿Dónde está mi esposa?

-En mi casa, ¿no te dije que era allí donde iríamos a enseñarte mis libros?

En casa de Carmelo Flores nos esperaban su mujer y Sonia sentadas en un abigarrado zaguán que parecía hacer de sala de visitas y también de dormitorio. Silvería, la tercera esposa de Carmelo como luego supe, me saludó con una mirada ausente. La cara de Sonia mostraba que la preocupación por mí estaba dando paso a un malestar de esos en los que caen las mujeres y que tan dificultosamente podemos gestionar con una mínima eficacia. Poco después llegó un amigo de Carmelo que él nos presentó como Cecilio Monteagudo dejando entrever que su visita le había chafado el plan de demostrarme el origen cósmico de la humanidad. En su lugar tuvimos que oír la narración de las andanzas por Sao Paulo de Cecilio Monteagudo con una amante bastantes años mayor que él dedicados a un negocio que él nunca entendió. A él le bastaba según decía con conocer el ancho mundo y hacer el amor con Ceomar de Oliveira, que así se llamaba su amiga y compañera, hasta que un día, pelo sim e pelo nao, así dijo, lo abandonó sin más explicaciones y tuvo que regresar a San José.

La tarde iba cayendo y la tertulia dejando de tener sentido si es que alguna vez lo tuvo. Así que en un receso de la conversa dije que había que regresar a la fonda para recoger el equipaje para ir a la estación a esperar la llegada del tren de Corumbá. Pero el tren, debido al fuerte surazo que estaba azotando la región no llegó hasta las tres de la mañana. Por fin nos encontrábamos instalados en nuestros duros asientos de madera. Carmelo Flores y Cecilio Monteagudo, que habían subido con nosotros para despedirse a bordo del tren nos abrazaron efusivamente y descendieron para situarse bajo nuestra ventanilla. Cuando el tres se puso en marcha, por fin, y me atreví a mirar a Sonia presentía con claridad que me siba a ser casi imposible disolver su fastidio y que tardaría mucho tiempo en romper la fría y dura máscara con la que había revestido su rostro, preparado sin duda para rechazar mis previsibles ataques, dirigidos a poner en marcha la averiada comunicación de la que siempre habíamos disfrutado.

El viaje se nos hizo muy largo. Y muy incómodo, no sólo físicamente. El tren resoplaba como falto de fuerza para avanzar contra el fuerte viento que lo azotaba. A las siete de la mañana llegamos a la estación de Santa Cruz de la Sierra y acudimos prestos a encontrarnos con el resto de la expedición ya que ellos habían tomado la decisión de viajar dentro de la movilidad con el fin de evitar lo que ellos sabían que podía suceder. Nos contaron que pasaron una noche infernal pero no de calor sino de frió. La plataforma se había ido llenando de polizones en cada una de sus muchas paradas. El frío que traía el viento del sur era tan insoportable que los polizones intentaron forzar las puertas de la movilidad para entrar en ella. Hasta trataron de romper los vidrios de las puertas. Si no lo consiguieron fue porque el sobrino de mi contraparte y el chofer llevaban armas de fuego. Pensaba que tendrían oportunidad de cazar algún pejichi durante el viaje.

El viaje circular por los Llanos había terminado al cumplirse una semana de nuestra salida del origen y destino del mismo: la más brasileira que boliviana ciudad de Santa Cruz de la Sierra.

Viaje a Telpaneca

Francisco Muñoz de Escalona

Durante una de mis largas estancias en la ciudad de León, al oeste de Nicaragua, tuve la oportunidad de visitar como patrono de una fundación española el estado de los trabajos que con la ayuda de una Comunidad Autónoma se estaban ejecutando en cuatro comunidades campesinas del municipio de Telpaneca, un núcleo fundado por los españoles a principios del siglo XVII sobre un poblado chorotega preexistente.

Telpaneca tiene una población de casi 20.000 habitantes, el 80 de los cuales vive en pequeñas comunidades rurales. Se encuentra situado a 218 Km. al Norte de Managua en el departamento de Madriz. Su extensión rebasa los 350 km2. El territorio está cruzado por el río Coco que, con sus cerca de 700 km., es uno de los más largos de Centroamérica. El curso es muy sinuoso y discurre por una zona montañosa de clima tropical con estaciones muy secas y lluvias torrenciales. El río Coco es conocido también con otros dos nombres, el muy castellano de río Segovia y el nahualt de río Wanki. Transcurre por el sudeste de Honduras y el norte de Nicaragua y está formado por la confluencia de los ríos Comali (Honduras) y Tapacali (Nicaragua). Su cuenca ocupa un área de 24.767 km2. Nace cerca de la localidad hondureña de San Marcos de Colón y desemboca en el Caribe, formando un pequeño delta en el cabo Gracias a Dios. Cuando tuve la oportunidad de ver este majestuoso río aun se notaban en él y en sus riberas los estragos que en la zona causó el mortífero huracán Mitch de 1998.

La población de Telpaneca habla mayoritariamente un español enjaezado de palabras y nombres de origen nahualt, el idioma que se hablaba antes de la conquista. Al parecer existen comunidades que llaman garifunas que hablan un inglés criollo trufado de términos africanos, pero yo no las conocí.

La contraparte de la fundación española que canalizaba la ayuda era una comunidad religiosa que llevaba varios años catequizando a los campesinos. Cuando se percató de que estos no sólo eran analfabetos sino también derrotistas, convencidos de que la miserable vida que llevaban era insuperable, decidieron poner en marcha un plan de alfabetización radiado aprovechando que no había familia por pobre que fuera que no tuviera un transistor a pilas. Cuando el plan había conseguido casi erradicar el analfabetismo milenari decidió enseñar a los campesinos a salir de la pobreza. Para ello construyó en la ciudad de Condega el Centro de Capacitación Las Segovias (CECASE), una institución dedicada a la capacitación de campesinos de ambos sexos en una serie de materias entre las que destacan los cultivos frutales y herbáceos, los principios de la alimentación equilibrada, rudimentos de diagnóstico de enfermedades, elaboración casera de medicamentos naturales, técnicas de defensa del medio ambiente, manualidades y autoconstrucción de viviendas, entre otros muchos rubros. Las mismas comunidades campesinas eligen a la persona que asistirá a los cursillos de capacitación de cinco días que continuamente se imparten por monitores especializados en el CECASE. Quienes han seguido los cinco módulos que conforman el programa de formación reciben el título de Técnico Agrícola Popular.

El CECASE existe desde 1995. El complejo está formado por diferentes pabellones y dos grandes salas polivalentes, dormitorios colectivos con literas, aseos y un amplio comedor en régimen de autoservicio capaz para más de cien personas. Los pabellones se encuentran rodeados por varias hectáreas de tierras dedicadas a los cultivos piloto en los que los asistentes a los cursos ponen en práctica las enseñanzas recibidas (cultivos de frijoles, maíz, caña de azúcar, hortalizas, café, agrios, achiote, etc.)

Mi visita empezó en la sede de Managua en la que se encuentra el estudio de grabación de los programas de alfabetización que se emiten por diferentes emisoras. Después de saludar al director del programa salí en dirección a Condega donde, después de cenar, fui presentado a los dos grupos de campesinos que estaban finalizando ese día su capacitación. Me explicaron las técnicas de enseñanza aplicadas y se me dio la oportunidad de dirigir unas palabras de saludo a los cursillistas. El acto se cerró con un animado coloquio durante el que pude constatar la admirable fluidez verbal de los asistentes, sin duda un buen indicador tanto de su elevado nivel de inteligencia como de la eficacia de los métodos de enseñanza utilizados por los experimentados monitores de la ONG.

Terminado el acto de recepción y bienvenida me llevaron a una habitación individual limpia, cómoda y amueblada con sobriedad donde pasé la noche. Al día siguiente, muy de mañana, antes de salir para Telpaneca, participé en un acto religioso especialmente emotivo en una de las salas de actos. Los cursillistas formaron un amplio círculo y uno de los monitores leyó unos versículos de los evangelios, concretamente el referido al tullido que se encuentra a las puertas del templo. Después de la lectura, los cursillistas fueron invitados a glosar el texto. Muchos de ellos aceptaron la invitación e hicieron comentarios en los que destacaron el paralelismo entre el tullido y la pobreza para llegar a la conclusión de que con fuerza de voluntad es posible salir de ella.

Después del desayuno, emprendimos el viaje a las cuatro comunidades de la municipalidad de Telpaneca beneficiadas por la ayuda española. La ruta que seguimos pasa por Palacagüina, el encantador lugar popularizado por la canción de Carlos Mejía Godoy que asegura que Cristo ya nació allí, en un lugar ciertamente pintoresco que no desmerece de lo que sugiere la célebre canción. En el camino hicimos una breve parada en el núcleo de Los Lirios, una comunidad campesina en formación en la que desde hace varios años se viene aplicando el programa de desarrollo y asistencia rural de la ONG. El núcleo de Los Lirios tenía ya un grado de desarrollo relativamente avanzado. Estaba formado por dos tipos de viviendas, las anteriores a la intervención del programa, sin ambientes internos separados, estaban construidas en materiales prefabricados, y las promovidas por la ONG en régimen de autoconstrucción, con tres o cuatro ambientes aislados (dormitorios, sala y cocina con hogar hecho con ladrillo cuarterón, plancha de hormigón y chimenea de tubo preconstruido, el conocido como modelo Lorena mejorado, que estaba sustituyendo al hogar tradicional, construido en barro y sin salida de humos), muros perimetrales de adobe y techo de zinc. El poblado contaba también con letrinas exentas de reciente construcción. Las viviendas tenían parterres en los que los pobladores cultivan hortalizas para el autoconsumo con técnicas aprendidas en el CECASE de Condega.

En el momento de mi visita, los pobladores de Los Lirios se dedicaban con entusiasmo a construir una iglesia con gruesos muros perimetrales de abobe. Los muros alcanzaban ya un metro y medio de altura. En los aledaños había gran cantidad de adobe dispuesto para ser mampuesto. En lo que ya se adivinaba que sería la avenida central del núcleo, otros pobladores se afanaban en dar los últimos toques a las instalaciones de un parque infantil.

Y, por fin, llegamos hasta la zona de las cuatro comunidades que se estaban beneficiando de la ayuda española: El Achiote, Las Trojas, Amucayán y Encuentros de Cuje. En cada una de ellas tuve oportunidad de conocer y charlar con la mayor parte de los campesinos, los cuales habían realizado ya las obras básicas de aterrazamiento o abancalamiento del lugar en el que se proponían vivir y donde estaban autoconstruyendo las viviendas unifamiliares y las letrinas colectivas. Junto a ellas se veían apilados los bloques de adobe elaborado con tierra, obtenida de los aterrazamientos de la tierra destinada a cultivos, y “paste”, una materia vegetal que, cuando no tienen follusca de maíz, recolectan de ciertos árboles en los que es parasitaria como en nuestras latitudes ocurre con el muérdago. Algunos pobladores se encontraban en plena faena de elaboración de adobe en el momento de la visita. Las pilas de adobe ya elaborado estaban protegidas por grandes sábanas de plástico negro para protegerlo contra los efectos de la lluvia, muy frecuente en la zona incluso en la época seca en la que hice la visita, un día durante el cual cayó un fuerte aguacero a última hora de la tarde.

Junto a las pilas de adobe, la mayor parte de los beneficiarios tenían también montones de piedras destinadas a los cimientos de las viviendas, la mayor parte eran cantos rodados, aunque vi también algunas piedras de cantería. Casi todos los beneficiarios tenían ya a su disposición las vigas y los maderos necesarios para encofrar muros y para techar. Al desplazarnos de una a otra comunidad pude ver al contraluz y por las lomas a los campesinos transportando a hombros las vigas hasta su vivienda desde el lugar donde los camiones de reparto las habían dejado.

La accesibilidad de las cuatro comunidades visitadas era harto precaria, incluso en la época seca. Gracias a las obras de mejora de caminos que se habían realizado recientemente con ayuda española, había mejorado apreciablemente, pero aún era muy precaria. Por ello los camiones con los que la ONG realiza el transporte de materiales de construcción (piedras, vigas, cemento y arena) no pueden acercarse hasta los lugares en los que se construirán las viviendas y las letrinas. Por esta razón, los beneficiarios se ven obligados a acarrearlos a mano, lo que les supone un esfuerzo agotador y muchas horas de trabajo.

Los pobladores beneficiarios de la ayuda vivían en condiciones literalmente infrahumanas. Sus moradas eran precarias construcciones hechas de vegetales o de materiales de desecho. Los hogares donde cocinaban eran de barro, como ya he dicho, y sin salida de humos. Dado que algunos de estos hogares eran de gran belleza plástica encarecí a los pobladores que tuvieran la precaución de conservar algunos de ellos junto con algunos utensilios de cocina con destino a un futuro y deseable museo etnográfico para guardar la memoria del pasado y como seña de identidad cultural de la comunidad. Entre estos utensilios debo citar algunas piezas de cerámica utilitaria, hechas por las mujeres y de singular belleza.

Como ya he dicho, el CECASE impartía cursillos de capacitación dedicados a diferentes materias. Tengo que resaltar entre estas materias o rubros un elemento ciertamente sobresaliente: la “Manzana Familiar Modelo”. Con ella se estaba introduciendo una racional ordenación de cultivos basada en una explotación familiar mínima. La manzana, aproximadamente una hectárea de terreno, se ofrecía como modelo a los participantes de los cursos de capacitación, orientado a la implantación de explotaciones para una agricultura de autoabastecimiento, modelo encaminado a una alimentación equilibrada con la que se pretendía erradicar las principales enfermedades carenciales de los pobladores. En los cursos de capacitación no se olvidaba, pues, una materia de tanto relieve en el desarrollo sustentable humano como es el conocimiento de normas prácticas sobre abastecimiento y consumo de agua potable.

Las comunidades campesinas visitadas se localizaban en una zona montañosa y en muchos casos con pendientes muy pronunciadas. Por esta razón, los beneficiarios reciben también capacitación en técnicas de abancalado de terrenos siguiendo curvas de nivel con muros de contención de piedra para conservar el suelo y luchar contra la erosión que causan las frecuentes lluvias de marzo a octubre, la época húmeda. En el mismo orden de cosas, los beneficiarios están siendo mentalizados en profundidad para que no practiquen los inveterados incendios de pastos, tan dañinos para el mantenimiento del precario equilibrio ecológico del trópico.Como especialista en desarrollo de zonas desfavorecidas nunca había conocido un plan de colonización más realista que el de estas cuatro comunidades de Telpaneca. Si existe lo que llamamos eficiencia, aquellos resultados eran la demostración palpable de que con muy modestos recursos se pueden conseguir impresionantes realidades en materia de desarrollo social. Una apreciación crítica, sin embargo, me atreví a hacer a los monitores del CACESE y al director de la ONG: La Manzana Familiar Modelo es un instrumento que tiene capacidad para sacar de la miseria y la subalimentación a las comunidades campesinas que lo apliquen pero de ahí no van a poder pasar porque, como está orientada al autoconsumo en idénticos productos, nunca podrá promover el necesario intercambio, que, como es sabido, se basa en la especialización que acompaña al desarrollo sostenido y sostenible. Por esta razón les sugerí que la construcción y el acondicionamiento de cabañas de madera orientadas al alojamiento de vacacionistas podrían aportar los medios de pago necesarios para que los campesinos pudieran adquirir mercancías no autoproducidas. La belleza del paisaje es sin duda un factor incentivador de estancias pasajeras de turistas lo que se podría comportar como un interesante complemento de la renta familiar. Creo que no me hicieron caso. Tal vez porque siendo como eran los monitores y el personal de la ONG tan religiosos puede que temieran que el contacto con gente extranjera cambiara para mal las costumbres de los campesinos.

Impresiones de Alemania

Francisco Muñoz de Escalona

La llamada locomotora de Europa hace años que pierde velocidad y los vagones de los que tira se resienten. ¡Qué país, Dios! Solo un país tan grande como Alemania puede enorgullecerse de suscitar tanto amor y tanto odio a la vez. Acontece (aconteció) algo similar con España, también con Francia, y con Gran Bretaña. Hoy es USA el país que más puede enorgullecerse de ese totum revolutum que forman sus amigos y sus enemigos, siempre al unísono por serlo a ultranza.

He estado en dos ocasiones en Alemania cuando solo contaba la parte occidental, la democrática, la que no tenía que apellidarse “democrática” como hacía la que no lo era. La verdad es que la Alemania que conocemos es un país y una cultura más joven que Francia, España, Inglaterra o Portugal. Su idioma, el alto alemán, es un idioma construido por especialistas sobre la base de los dialectos regionales. Y qué bien lo hicieron, señores. También el idioma suscita filias y fobias a gogó, las fobias, como siempre, corren a cargo de quienes lo desconocen. Y que conste que yo lo conozco muy superficialmente debido a mi dureza de oído y también a sus dificultades para un hablante de español. Con grandes dificultades he logrado traducir al español obras de economía agraria y de turismo escritas en alemán y puedo atestiguar que en las dos materias citadas incrementé muy significativamente mis conocimientos gracias a las enseñanzas que ellas me aportaron. Es una pena que en España, después de unos años en los que se nos fue la mano en germanofilia, hablo de los años treinta y cuarenta, hoy nos encontremos en unos momentos de progresiva indiferencia con respecto a lo alemán. ¿Cuántos españoles saben alemán? ¿Cuántos españoles estudian un idioma que hace de la precisión su objetivo negando a quienes creen que los idiomas nacieron con la intención de mentir y engañarse mutuamente?

Mi primera estancia en Alemania tuvo lugar en la capital de la República Federal aun no reunificada, en la deliciosa ciudad de Bonn, la cuna de Ludwig Van, ese genio sordo de la música. Fue el año 1964. Trataba de estudiar análisis de la demanda en la Universidad pero tuve que empezar tratando de conocer algo más del idioma. Comía en los comedores de la Mensa donde hice amistad con numerosos latinoamericanos, con muchos de los cuales aun la conservo, sobre todo con los chilenos. Buscar habitación fue un propósito harto complicado, y lo fue aun más, y yo en la inopia, porque me acompañaba en la búsqueda un estudiante dominicano subido de color. Cuando la Frau de la casa abría la puerta y veía al negrito, la cerraba violentamente como si hubiera visto al mismo diablo. Así una vez y otra hasta que decidí hacerlo yo solo. En efecto: el racismo fue, es y sigue siendo una lacra de la cultura alemana que tal vez no logre erradicar nunca.

Eran aquellos los tiempos del milagro alemán del que puso los cimientos el Plan Marshall, la política económica de Conrad Adenauer y aquel ministro de economía, orondo y rubio, que le sucedió como canciller. Los alemanes trabajaban como máquinas durante los días laborables y los sábados se emborrachaban como Baco. Si te los encontrabas por calle en trance etílico había que tratar de cederles el paso sin cortapisas porque si reparaban en ti y sospechabas que eras extranjero podían enfadarse violentamente. Los estragos de la guerra todavía eran palpables en ciudades como Colonia. La mayor parte de las autopistas, muy buenas, cuando pocos países europeos las tenían, eran las que se construyeron durante el III Reich, una herencia del nazismo que, como el Volkswagen, aceptó como suyos la democracia sin el menor escrúpulo. Recuerdo que el presidente de la República de Chile, Frei, el padre, visitó la ciudad de Bonn y todos los latinoamericanos, y yo con ellos, fuimos a expresarle nuestra simpatía en alegre y pacífica algarada callejera. Si ustedes han leído la novela del peruano Brice Echenique “La vida exagerada de Martín Romaña”, que narra la divertida vida de los estudiantes latinoamericanos en París en, durante y después del mayo del 68, pueden hacerse una idea de la no menos contable vida que dos o tres años antes ya vivían sus compatriotas dizque estudiaban en Bonn. El argentino Norberto Minatti, por ejemplo, estudiaba física con una beca, y su esposa, Elenita, trabaja en la embajada de España de Bag Godesberg. Minati era un comunista sin fisuras pero con un corazón tan grande como él, que era casi un gigantón. Aquel viajó a España y en lugar de ver catedrales se entretuvo en ir por los barrios obreros de las ciudades hablando amistosamente con los españoles pobres que encontraba en su camino. Como leía “Bandera Roja” y oía “Radio Pirenaica” estaba convencido de que en la España de entonces, la de Franco, había un ministerio de la Guardia Civil cuyo presupuesto “era dos o tres veces mayor que el de Cultura”. Y, si tratabas de convencerle de que no había tal ministerio, te decía, muy enojado, que sos un despreciable franquista. Minatti era así. Y si Elenita intervenía en aquellas animadas y ruidosas reuniones, la paraba con energía diciéndole: Y vos callate, Elenita, que también sos una tremenda mandarina”. A lo que la dulce Elenita, de cuyas rentas vivía Norberto sin dar un palo al agua, rezongaba tímidamente, y en voz baja musitaba: Pero ángel… Tantas veces le decía ángel a su dulce esposo que yo creí durante mucho tiempo que Norberto se llamaba Ángel. Norberto ni se llamaba Ángel ni lo parecía, pero la verdad es que era un gran buenazo. Cuando me llegó el momento de volver a España, Minatti obstaculizó la puerta de la habitación en la que estábamos en alegre charla y, visiblemente emocionado, decía que por allí no pasaba, que él iba a impedir a toda costa mi marcha. Yo era para él un redomado franquista porque no daba la razón a todo lo que leía y oía en Bandera Roja y en Radio Pirenaica o Radio España Independiente, pero en el fondo me llegó a tomar un sincero afecto. Como yo a él.

La segunda vez que estuve en Alemania fijé mi residencia en Calw, la ciudad donde nació Herman Hesse, así que pasé de la ciudad natal del más grande genio de la música a la del novelista que escribió la más bella biografía poética de Buda, Sidarta. Calw está en plena Selva Negra, en una empinada ladera que cae violentamente hacia el río que corre a sus pies. La pequeña ciudad tenía un estupendo gimnasio, una orquesta de cámara excelente y magníficas bibliotecas públicas cuando los pueblos de su tamaño, en España, seguían siendo pobres, atrasados y sin equipamientos de cualquier tipo excepto el consabido templo parroquial. Estar en Alemania es vivir en una atmósfera musical de la que ya no es posible salir. La radio, las calles, las fiestas, los centros de enseñanza, todo está en Alemania empapado en música. Alemania era entonces toda ella como una enorme ciudad cuyos bosques hacían la función de parques urbanos. Estuve en algunos bosques en los que había farolas, bancos y papeleras. Lo que no eran ciudades, bosques y ríos eran autopistas. Cuarenta años después imagino que será aun más marcada esta sensación, al menos en la zona occidental, la que yo conocí.

Con la reunificación de Alemania se cerró una de las más profundas heridas que dejó la guerra y bien está que se consiguiera. Sin embargo, a menudo llegan voces de que los alemanes orientales se quejan del sistema. Creían, al parecer, que después de la reunificación se iban a resolver, de la noche a la mañana, los duros años de comunismo de estado y hambre que los empobreció. No ha sido así, como se sabe, y ellos se quejan con razón, pero de un modo un tanto infantil. Ignoran que toda la Unión Europea ha tenido que aceptar un empobrecimiento relativo como consecuencia de una reunificación cuyas consecuencias todos los europeos estamos pagando. La locomotora económica alemana se para. Los alemanes son conscientes de que están padeciendo una profunda crisis. Las elecciones del 18 de septiembre han dejado la solución en el alero. Se habla de lo que los alemanes llaman “eine Grosse Koalition”, el pacto entre el SPD y la CDU, los dos grandes partidos de ayer y de hoy. Cuando yo conocí Alemania hubo ya una gran coalición cuyos frutos fueron visibles. No la habrá ahora con casi toda seguridad, y es por ello muy probable que tengan que ir a unas nuevas elecciones o, lo que es peor, a pactos con pequeños partidos que no dejarán de pasar factura.

Todos los europeos seguimos estando hoy como ayer pendientes de la situación política y económica en Alemania. Mucho depende el futuro de la Unión Europea de la solución de la crisis alemana, una crisis que es también europea.

Coda final: Hay analistas que ven en la caída del euro frente al dólar una muestra de esa crisis. Seamos coherentes: Si llevamos diciendo que la fortaleza del euro está frenando las exportaciones europeas y concretamente las alemanas, no veamos en su caída un agravamiento de la crisis sino su posible suavización.

(Escrito -después de las elecciones generales que ganó Angela Merkel)

 

Gaytud

Francisco Muñoz de Escalona

Doy al neologismo gaytud un significado similar a negritud. Según el DRAE, negritud es el conjunto de valores culturales de la comunidad negra. Representa, pues, la base sobre la que se asientan las reivindicaciones de los derechos de los hombres y mujeres de raza negra”.

Parafraseando la definición de negritud, llamo gaytud al conjunto de valores culturales de la comunidad gay. La gaytud, pues, constituye la base sobre la que se asientan las reivindicaciones de derechos de los hombres y mujeres homosexuales. Tanto la negritud como la gaytud tienen en común el hecho de hacer referencia a minorías que padecen represión y discriminación por parte de las sociedades en las que se encuentran inmersas.

Reflexionar sobre la gaytud es algo que se viene haciendo desde tiempo inmemorial pero en este momento obedece, en primer lugar, a la reciente entrada en vigor de la ley que permite que, en España, hombres y mujeres homosexuales puedan contraer matrimonio en igualdad de condiciones con los hombres y mujeres heterosexuales. Y, en segundo lugar, a la noticia también reciente de la condena a muerte de horca en Irán de dos hombres, Mojta, de 24 años, y Alí, de 25, por haber mantenido relaciones sexuales.

Ante todo buscaré una explicación de la homosexualidad como hecho biológico y, más tarde, cultural y, si lo consigo de un modo aceptable, aportaré argumentos para dirimir si es posible considerar matrimonio a los contratos civiles que declaran cónyuges a los componentes de las uniones de dos hombres o de dos mujeres.

Todas las sociedades cuentan entre sus miembros con minorías homosexuales. Quiero decir que la gaytud está ahí y de nada sirve ignorarla. Hay quien sostiene que es algo natural, inherente a la naturaleza animal e incluso humana. Hay también quien sostiene que es un vicio contra natura. Entre ambas posturas se encuentran los que creen que es una opción natural o cultural que ha de ser permitida por las leyes y la sociedad, y los que insisten en verla como una anomalía o como una enfermedad. La postura que ve en la homosexualidad un vicio a erradicar ha sido la más frecuente y se puede encontrar tanto en pueblos atrasados como en sociedades avanzadas. En general, la homosexualidad es rechazada por la sociedad como un tabú, una prohibición drástica, una sanción mágica o religiosa cuya trasgresión lleva aparejada un castigo fulminante por parte de los poderes constituidos.

En efecto, en la actualidad hay numerosos países en los que la gaytud no es admitida y en muchos de ellos, como los musulmanes, es castigada con penas que van desde la muerte a la tortura, la cárcel o el destierro. Durante el franquismo, en España a los homosexuales se les aplicaba la ley de vagos y maleantes que les imponía penas de cárcel. Incluso en los países en los que la homosexualidad no está tipificada como delito por la ley la sociedad la rechaza e incluso la somete a escarnio.

El genetista Bryan Sykes en un libro de recomendable lectura “La maldición de Adán”, incluye un capítulo dedicado a la búsqueda de una explicación científica de la gaytud bajo el expresivo título de Nueva visita al gen gay, título que adelanta que la explicación que busca es de tipo biológico o, mejor dicho, genético. Según Sykes, si la homosexualidad tiene una base genética ha de haber genes implicados. La primera consecuencia de las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo es la imposibilidad de la reproducción. Hasta aquí todo muy obvio y conocido hasta por el más lerdo. Sykes casi no se atreve a insinuar que la homosexualidad presenta algunas características parecidas a las de las enfermedades genéticas. Y no se atreve porque sabe que puede ser excomulgado por las asociaciones de gays y lesbianas cuyo poder mediático es considerable en algunos países, entre ellos el nuestro.

Como la curiosidad es la primera característica del científico, Sykes se arriesga a explorar la posibilidad de que la homosexualidad pueda heredarse. La primera objeción que se le presenta es la de que, si fuera así, como los homosexuales integrales, sobre todo si son hombres, no se reproducen, cómo iban a poder transmitir el supuesto gen de la homosexualidad a su descendencia.

Aún así, no descarta esta línea de investigación y, después de minuciosas explicaciones, llega a las mitocondrias y a su lucha sorda contra los cromosomas.Combinando la investigación genética con la investigación sociológica, Sykes revela que hay homosexuales masculinos que proceden de familias en las que predominan las hijas sobre los hijos, realidad ésta que achaca al hecho, al parecer comprobado, de que en esa lucha de las mitocondrias por perpetuarse hay mujeres que consiguen un enorme éxito evitando que nazcan hijos ya que estos no las trasmiten y facilitando en cambio que nazcan hijas por la razón contraria. De esta forma, al parecer, garantizan la perpetuación de las mitocondrias.

Llega a tal extremo esta lucha que hay ocasiones en las que, cuando no resulta posible que se engendre una hija y el feto se conforma a pesar de todo anatómicamente como un hijo puede haber casos en los que se induzca a que ese hijo sea homosexual ya que esto sería un “mal” menor para las hembras. Casi todos hemos podido conocer niños criados entre numerosas hermanas mayores con inclinaciones más o menos acusadas hacia la homosexualidad.

Sykes refuerza su hipótesis contando el caso de una pareja que tuvo once hijas. El caso me recordó que, en mi pueblo, había una familia en la que el padre era guardabarrera del ferrocarril. Vivían en una vivienda que era conocida por todos los vecinoscomo “la casilla de las once rajas”. El genetista Sykes es consciente de que hay abundantes pruebas que demuestran que la cultura y el entorno tienen una importante influencia en la orientación sexual, pero que también hay indicios muy serios de la existencia de mecanismos biológicos que podrían dar a la madre la oportunidad de influir genéticamente en la orientación sexual de sus hijos varones durante los nueve meses que los lleva en el útero, admitiendo, sin embargo, que sobre el particular no hay un acuerdo generalizado.

Al parecer, la homosexualidad masculina se explicaría por un fallo en la en la transición desde la indefinición sexual del feto hasta que se alcanza, pero al mismo tiempo con un desarrollo cerebrar que puede llevarlos a comportarse sexualmente como mujeres de un modo más o menos completo. Los que tienen orientaciones invertidas pero no completas serían homosexuales, mientras que los que desarrollan una orientación invertida completa serían transexuales, es decir, mujeres alojadas en cuerpos de hombre, anomalía que hoy se trata de paliar por medio de la vaginoplastia.

Según esta teoría, la homosexualidad o transexualidad sería una anomalía heredada por vía materna, no paterna. Un indicio que Sykes refuerza por la mayor aceptación de las madres frente al rechazo generalizado de los padres con respecto a los hijos con orientación sexual invertida.

Sykes termina este capítulo de su libro reconociendo que es perfectamente consciente de que su explicación de la homosexualidad masculina puede no ser la adecuada, pero insiste en su hipótesis de que tanto el hombre homosexual como su cromosoma Y pueden ser víctimas de la guerra que los sexos tienen entablada a nivel genético. Se lo confirma el hecho observable de los beneficios que las madres pueden extraer de la ayuda que un hijo gay le podría brindar para criar a sus hermanas como una hermana más, lo que, dice, constituiría una ventaja para los fines de perpetuación de las mitocondrias. A su juicio, cualquier pequeña ventaja de este tipo es muy importante para la supervivencia del ADN mitocondrial aunque sea a costa de condenar a la esterilidad a los hijos varones, un sutil plan de este ADN no solo para librarse en la medida de lo posible del cromosoma Y en su descendencia sino también para poner cuantos más medios mejor en beneficio propio.

En la parte segunda expondré la explicación de la gaytud como hecho mental, psicológico y cultural para mostrar una visión antropológica de las uniones gay en diferentes culturas. Será entonces cuando podamos pronunciarnos sobre la procedencia o improcedencia de llamar matrimonio a esas uniones.

Los intentos de explicar la homosexualidad por medio de la ciencia genética solo han conseguido indicios que aconsejan avanzar en esta línea de investigación, aunque, de momento no ha sido posible identificar un hipotético gen gay. En espera de que en el futuro haya aportaciones más sustanciales por parte de la genética, conviene cambiar de campo de estudio para profundizar en el conocimiento de la gaytud, pero ahora combinando la historia, la sociología y la antropología, sobre todo de esta última, combinada con la economía.

Recordemos que la humanidad procede de la animalidad y que en ella pasó millones de años. Observando la conducta de muchos animales podemos descubrir en ellos prácticas homosexuales. El hecho de que sean esporádicas y que las heterosexuales sean preponderantes no hace al caso. Todos hemos visto a un perro acosando sexualmente a otro perro. Con los monos pasa lo mismo. Ignoro si hay casos de animales con prácticas homosexuales completas, sobre todo si tales prácticas son preponderantes o incluso excluyentes, pero imagino que no será así.

No tiene sentido, pues, llamar homosexuales a esto animales, sino tan sólo que tienen relaciones sexuales esporádicas con otros machos. De aquí que si algunos ejemplares de homo sapiens hacen lo mismo que esos animales tampoco tiene sentido hablar de homosexuales sino de relaciones sexuales no reproductivas. Durante miles de año fue así. La categoría hombre-homosexual fue identificada no hace tanto y se debe a la sociología victoriana del siglo XIX. Esa sociedad, obsesionada por la productividad y el desarrollo industrial necesitaba aislar y rechazar a los hombres con una orientación sexual que se percibía como peligrosa para los fines supremos de la producción. Fue entonces cuando se acuñó el concepto hasta entonces desconocido de la homosexualidad. De esta forma, identificado el colectivo con conductas poco recomendables para la generación de riqueza con una denominación aportada nada menos que por la ciencia del momento, los ecos del tabú milenario pudieron ser convenientemente recogidos por la moral de la sociedad victoriana, extremadamente puritana como es sabido, con lo que fue posible intensificar el rechazo de la sociedad y su tipificación legal con fines represivos.

Retrocediendo en el tiempo podemos estudiar de qué forma fueron tratados los hombres con una orientación sexual diferente según épocas y sociedades. Para ello podemos clasificar las sociedades en dos grandes tipos: las sociedades productivistas y las no productivistas. Durante millones de años, estas últimas fueron las únicas existentes. Eran las que hoy llamamos arcaicas, las que vivían como hordas, como los animales, puesto que vivían al día, es decir, sin conciencia del tiempo por venir. Fue la aparición de hombres con conciencia del porvenir como consecuencia de lo que he llamado deriva económica, simbolizada por la expulsión del Paraíso, el hecho clave para que surgieran las primeras sociedades productivistas.

Dentro de las sociedades productivistas o desarrollistas las hubo y las hay de religión politeísta, como la Grecia antigua, el Egipto faraónico y el Imperio Romano, por poner tres ejemplos conocidos. En ellas las prácticas sexuales no reproductoras eran aceptadas o al menos no rechazadas de una forma represiva. Es curioso constatar que en Grecia y Roma, estas prácticas podían no solo estar aceptadas sino que incluso podían llegar a ser recomendadas. Como las mujeres tenían en estas sociedades un estatus inferior a los hombres, lo humillante no era la sexualidad entre hombres sino el papel del hombre que hacía de mujer con otros hombres. ¿Cómo es posible, pensaban griegos y romanos, que un ser superior como el hombre se rebaje hasta asumir semejante humillación?

Las culturas mediterráneas abandonaron el politeísmo hacia el siglo IV y aceptaron el monoteísmo de origen judaico por medio de la generalización progresiva del cristianismo y de las enseñanzas evangélicas. Es cierto que durante la Edad Media estas culturas eran ya monoteístas pero aun no habían desarrollado una orientación claramente productivista. Fue a partir de la reforma luterana cuando el productivismo se desarrolló con fuerza y llevó al Occidente cristiano a las sucesivas revoluciones tecnológicas que desde entonces han tenido lugar y cuyos efectos se están expandiendo desde entonces a todos los países del mundo. Y con ellos, la generalización del fuerte rechazo social e institucional a la homosexualidad que aun hoy prolifera.

Tampoco las tribus semitas nómadas rechazaban las prácticas homosexuales, pero el islamismo acabó con la ineficiencia de estas conductas como un obstáculo para la generación masiva de riqueza y les infundió una fuerte tendencia al productivismo al mismo tiempo que acabó con el politeísmo, sustituido como se sabe, debido a la doctrina de Mahoma, por un intenso y profundo monoteísmo. Las prácticas homosexuales, antaño toleradas, fueron radicalmente prohibidas en los países que abrazaron el islamismo y, en consecuencia, condenados de un modo inmisericorde los acusados por este nuevo delito a la muerte de horca y a otros castigos, como ya expuse antes.

La situación no ha cambiado de un modo generalizado en el mundo en la medida en que el modelo altamente productivista sigue practicándose en todos los países. Sin embargo, así como cuando lo que imperaba eran modelos de producción intensivos en trabajo tenía sentido prohibir la homosexualidad, habida cuenta de que ponía en peligro la disponibilidad del factor trabajo humano, aportado por nuevas generaciones de hombres reproductores, esa prohibición empieza a dejar de tener sentido en los países altamente desarrollados, en los que el viejo modelo ha sido sustituido por otros modelos en los que el trabajo humano está siendo sustituido por enormes inversiones en capital gracias al desarrollo tecnológico. Se trata de modelos de producción que continuamente aumentan su eficiencia para la generación de riqueza. Los países que lo adoptan son países más que ricos, son opulentos. En estos países la producción ya no depende tan estrechamente como hace un siglo del factor trabajo, con lo que en ellos tiene menos sentido proteger y fomentar la natalidad, como así ocurre, en efecto. Las mujeres utilizan anticonceptivos, se permite el aborto y se tolera en cierto modo la homosexualidad.

Pues bien: si unimos el cambio de modelo de producción con la vigencia en los países occidentales de sistemas políticos democráticos se comprenderá mejor que cada vez en más países occidentales se esté alcanzando una situación en la que la gaytud está siendo aceptada por la sociedad y despenalizada por las leyes. Cada vez tiene menos sentido mantener las viejas penalizaciones contra las prácticas homosexuales y, en consecuencia, aumenta el número de países en los que estas prácticas están dejando de ser nefandas. Holanda y el Reino Unido admiten ya las uniones de dos personas del mismo sexo con idénticos derechos civiles que las uniones de personas de diferente sexo, y España ha ido aún más lejos al dar estatus de matrimonio a estas uniones e incluso reconociéndoles el derecho de adopción.

 

 

 

 

Josefa Barranco, más conocida como Laberinta

Un viaje circular por Los Llanos, Bolivia

Francisco Muñoz de Escalona

 

Las peripecias de mi primer viaje en Bolivia como consultor en el Estudio Integral del Transporte, el que hice al Departamento de Pando, cuya capital es Cobija, ya las he contado aquí. El segundo lo hice al Departamento de Santa Cruz, el más extenso del país con sus 370.000 Km2 de extensión y más de un millón y medio de habitantes en la actualidad. Limita al norte con el Departamento de Beni y con Brasil; al este, también con Brasil; al sur, con Paraguay y el Departamento de Chuquisaca, y al oeste con los departamentos de Chuquisasa, Cochabamba y de nuevo Beni. La riqueza actual de Santa Cruz se basa en los ricos yacimientos petrolíferos situados en los sureños llanos de Chiquitos, entre la capital, Santa Cruz de la Sierra, y Camiri, ciudad próxima al escenario de la guerrilla del Che durante los años sesenta.

Como se sabe, el primer viaje lo hice en avión. Este viaje sí parecía posible hacerlo por tierra, sobre todo si elegíamos la época seca, porque, como sostenía con firmeza mi contraparte, si bien los caminos eran malos, podían ser transitados sin grandes problemas con movilidades de doble tracción o todoterreno. Fue él quien se encargó de solicitar un Toyota al jefe boliviano de la oficina del estudio, del avituallamiento de alimentos y combustible y de la provisión de viáticos para cubrir las necesidades de una semana estimada de viaje a la ciudad de San Matías, en la frontera oriental con Brasil, ya en las zonas pantanosas del río Paraguay. La comitiva estaba compuesta por cinco personas, mi contraparte, su sobrino, el chofer, mi compañera y yo. Un lunes de madrugada abordamos el vehículo y enfilamos el camino de tierra que descendía hacia el sureste y unía la ciudad de La Paz con la ciudad de Cochabamba, capital del Departamento de su nombre, atravesando una sucesión interminable de altiplanos, esos áridos y fríos valles andinos situados entre los dos mil y los tres mil metros de altitud, sin ríos apreciables y enteramente rodeados de lejanas cadenas montañosas. No recuerdo lo que tardamos en llegar a Cochabamba, pero creo que ya caía la tarde porque, estando a una latitud de 17º de l. s., los rayos del sol no tardan en caer de forma un tanto repentina. Pernoctamos en Cochabamba, ciudad de clima amable que nada tiene que ver con el frío, seco e inhóspito de La Paz. De Cochabamba dicen los bolivianos que vende la clima, tan grato es, sobre todo en un país en el que se puede pasar del pegajoso calor tropical al frío inmisericorde de la alta montaña. Cenamos en una de esas famosas quintas que tanto abundan en Cochabamba cuyo nombre no he olvidado porque se llamaba Guadalquivir, como el río de mi niñez. Cochabamba es una ciudad jardín.

A la madrugada siguiente proseguimos viaje, ahora hacia Santa Cruz de la Sierra. El camino seguía bajando de un modo a veces muy brusco en busca de los Llanos orientales. Al pasar cerca del Chapare, una comarca andina de la sierra de Cochabamba de altitud media y limítrofe con el Departamento de Santa Cruz, cuyo clima y suelo son especialmente apropiados para el cultivo de la coca, como había llovido recientemente contra todo pronóstico, el camino estaba muy embarrado. La circulación empezó a ser dificultosa y llegó un momento en que no fue posible seguir. Las ruedas de la movilidad giraban como locas levantando ráfagas de barro, pero sin avanzar un milímetro. Gracias a la ayuda de un enorme camión pudimos salvar el tramo más conflictivo. Al caer la tarde llegamos a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Hoy tiene poco menos de un millón de habitantes pero entonces solo superaba en algo los doscientos mil. Habíamos descendido desde los 3.700 metros de altitud de La Paz a los poco más de 300 de Santa Cruz. Estábamos en el trópico y el calor húmedo se pegaba a la piel de forma insistente. Buscamos hotel y, cuando lo encontramos, en él nos dimos al descanso después de cenar un filete a la brasa de carne de pejichi, ese armadillo de gran tamaño entonces abundante en las zonas boscosas amazónicas (no me extrañaría que hoy se encuentre extinguido o casi como consecuencia de la sobrecaza que viene sufriendo) cuyo caparazón es o era utilizado para la construcción de charangos, el instrumento de cuerdas característico de los pueblos andinos. Habíamos abandonado la patria de los collas y estábamos en plenos dominios de los cambas, dos pueblos mal avenidos que siguen conviviendo a trancas y barrancas y que, cada vez más conflictivamente, comparten la extensa y pobre nación boliviana sin que nadie se atreva a pronosticar cuando se irá cada uno por su lado.

Antes de seguir viaje la madrugada siguiente, ahora hacia el norte, cargamos de combustible el depósito de la movilidad y llenamos un bidón de cien litros que llevábamos a bordo sin el que no es aconsejable viajar por un territorio donde pueden acontecer toda clase de imprevistos y en el que, entre otras cosas, puede no haber manera de repostar. En la tienda donde nos avituallamos estuve tentado de comprar un machete o catana, como los que usan los cultivadores de caña de azúcar, y que también sirve para chaquear la intrincada selva tropical si hay que penetrar en ella. No lo hice y pocos días después lo tuve que lamentar.

De Santa Cruz de la Sierra llegamos a Warnes y más tarde a Montero, siempre por el camino que transcurre por la arenosa margen derecha del río Grande, un río que todos los años se da el capricho de cambiar de cauce cuando se recoge después de las lluvias, dejando lagos ribereños que fueron cauce algunos años antes. Toda la zona estaba deforestada desde hacía algunas décadas para poder dedicar enormes superficies planas al cultivo de soja, maíz, caña de azúcar y mandioca. Fue la consecuencia dramática de la errada política de sustitución de importaciones que habían adoptado los mal aconsejados gobiernos de turno. Eran, sí, suelos muy fértiles gracias al aporte milenario de materia orgánica procedente de la vegetación tropical. Pero las riadas periódicas y sus efectos devastadores en un suelo desprotegido de su vegetación natural se llevaron los humus y los rendimientos cayeron año tras año, el medioambiente se degradó sin recuperación posible y, para más inri, los costes de los cultivos introducidos superaron los precios de importación. Así estaban las cosas a fines de los años setenta. La política de sustitución de importaciones significó pan de momento, hambre para un largo futuro y destrucción de los recursos naturales para un futuro incierto. Todo de una tacada.

A las pocas horas de viaje caímos en uno de los numeroso curichis o charcos pantanosos que abundaban en el camino. Más que un charco aquel era casi un pozo, tal era su profundidad imprevisible. La movilidad quedó inmovilizada en su interior tan pronto como penetró en él y no éramos a sacarla. Los viajeros tuvimos que salir chapoteando agua terrosa y con cara de circunstancia penosa ante la incidencia. Pero la providencia quiso que cerca hubiera una cuadrilla de obreros con una excavadora, nos auxiliaron y con su ayuda pudimos salvar el obstáculo con una facilidad que no éramos a creer momentos antes.

Desde entonces decidimos que antes de cruzar un curichi convenía inspeccionar su profundidad, una operación que me encargué personalmente de realizar. Cada vez que veíamos uno a nuestro frente, bajaba y me metía en el agua pateando aquí y allá para saber si se podía cruzar y evitar por todos los medios que nos ocurriera un percance como el que habíamos sufrido. Fueron casi cincuenta los curichis que inspeccioné antes de cruzarlos. Todo iba bien, la belleza de la selva que estábamos cruzando y las narraciones de los combates de mi contraparte, que intervino en la guerra del Chaco en su ya lejana juventud, animaban el lento paso del tiempo.

De pronto vimos un nuevo curichi frente a nosotros. Yo era partidario de repetir la misma operación que en los anteriores pero los demás estaban convencidos de que podía cruzarse sin problemas porque, en efecto, su apariencia era inofensiva. Estábamos en un tramo del camino que atraviesa la selva tropical, relativamente abierto, y el agua se extendía por los bordes del charco de una forma que parecía superficial. El chofer avanzó, entramos en lo que parecía un inofensivo charco y las ruedas quedaron colgadas en el vacío, sin contacto con la tierra. Las reductoras no lograron mover la movilidad. Bajamos y comprobamos que los bajos del vehículo habían quedado encima de un montículo de tierra. Las ruedas no llegaban al suelo. El curichi ocultaba los dos profundos surcos hechos por el paso de camiones con grandes ruedas y al pobre Toyota aquello le venía demasiado grande para sus facultades. Calzar las ruedas con piedras era una solución descartada porque en los Llanos no hay áridos, una de las razones que iban a encarecer la futura construcción de las carreteras del Plan de Transportes. Un campesino que vivía en una cabaña cercana al curichi nos indicó que cerca había una estancia ganadera en la que tal vez nos hicieran la caridad de prestarnos dos cebúes para arrastrar la movilidad fuera del agua. Así lo hicimos y tuvimos la suerte de que accedieron a nuestra petición. Pero, entre lo que tardamos en llegar a la estancia y volver con la yunta hasta el charco, la tarde fue cayendo y las sombras nocturnas se adivinaban cercanas. Cuando logramos atar la yunta al eje delantero de la movilidad estaba ya tan oscuro que hubo que alumbrarse con linternas para poder operar. La luz de las linternas inquietó a los cebúes que, como tiraban de un modo transversal al coche, no ejercían la fuerza necesaria para sacarlo del agua. Después de numerosos intentos infructuosos hubo que desistir y hacerse a la idea de que había que parar y pasar la noche allí, en medio de la selva. Mi contraparte, su sobrino y el chofer decidieron que ellos la pasarían dentro de la movilidad, que parecía un barco varado. Mi compañera y yo aceptamos la hospitalidad del campesino, quien nos ofreció la posibilidad de dormir en la puerta techada de su cabaña, ella en una hamaca y yo en un banco apontocado en un muro porque hacerlo en una estera en el suelo no estaba indicado por el peligro que suponían las picaduras de las abundantes culebras del lugar. Por este peligro, la tierra que rodea una cabaña tiene que mantenerse sin vegetación para poder advertir con facilidad si alguna de ellas se acerca con malas intenciones. Así pues, la tercera noche del viaje dormí en un hotel desde cuya ventana veía la miríada de estrellas que tachonaban un cielo alto y sereno, inmerso en el sonido del silencio, sólo roto por algún animal amante de la vida nocturna. Ni que decir tiene que no pegué ojo en toda la noche, no sé si por la singular belleza del medio o por miedo a caerme del estrecho e inestable banco que me servía de improvisada cama si me dormía.

Serían las tres de la madrugada cuando el campesino, que dormía con su familia en el interior de la cabaña, salió a la puerta y nos dijo que una movilidad estaba viniendo por Santa Rosa y que tardaría en llegar cuatro horas. Se trataba de una gran noticia que anunciaba que pronto podríamos salir del curichi y seguir nuestro viaje hasta San Matías, en la frontera brasileira. Fueron las cuatro horas más largas de mi vida pero el fino oído del campesino había advertido a ochenta kilómetros el sonido de una movilidad y, en efecto, a las siete de la mañana exactamente vimos alborozados que llegaban dos grandes camiones cargados de coches “fúcar” (nombre que en Brasil dan al “escarabajo” o Volkswagen) ,por supuesto de contrabando, procedentes de la frontera brasileña, para ser vendidos en Santa Cruz, una ciudad en la que circulaba más la moneda brasileña que la boliviana.

Por fin salimos de aquel traicionero claro del bosque después de despedirnos del providencial campesino. Su mujer y sus hijos seguían dentro de la humilde cabaña hecha con maderos y techada con grandes hojas de la palmera motacú, autóctona de los Llanos. Durante unas dos horas todo fue bien, pero el camino atravesaba ya un nuevo trecho conflictivo. En esta ocasión no era un curichi sino un suelo tan húmedo que no era posible rodar sobre él. No había otra solución que conseguir calzar una y otra vez las cuatro ruedas de la movilidad pero, como ya he dicho, no con piedras, dramáticamente inexistentes por aquellos pagos, sino con vegetales que teníamos que desgajar a mano ya que no habíamos previsto aprovisionarnos de machetes como yo había propuesto. Si al menos me hubiera concedido el capricho de comprar uno en la tienda en la que nos servimos a la salida de Santa Cruz…. En el fragor del trabajo me hice una herida en un pie. Yo entonces no era tan consciente como lo soy ahora de que todo viaje ha de ser debidamente planificado, tanto más cuanto menos desarrollado es el país por el que se va a viajar. Aun no está reconocida la profesión de ingeniero turístico pero sin duda lo estará algún día.

Muchas fatigas costó salir de la nueva penosidad del viaje pero a poco recibimos la compensación en forma de uno de los paisajes más fascinantes que he visto en mi vida. Ni siquiera el cine los ha mostrado. Enormes árboles cubiertos de una tela de araña tan tupida que parecían novias gigantescas preparadas para celebrar sus bodas con algún gigante que aun no había llegado a la cita. Otros árboles esperaban cuajados de grandes flores amarillas, rojo sangre y azul añil como si estuvieran en un paraíso recién estrenado, envuelto en las brumas lechosas de la mañana. Calles de una ciudad fantasmagórica bordeaban el camino, formadas por las viviendas como de duendes que formaban las plantas trepadoras que cubrían los matos de la selva. Ya faltaba poco para llegar a Santa Rosa, ciudad que dejamos atrás como San Javier y Concepción, esta última cuna del dictador Hugo Banzer (1924 – 2002) un general que dio uno de tantos golpes militares en Bolivia y que gobernó durante siete años la República con mano férrea.

El camino pasaba por zonas de selva especialmente cerrada. A veces se veían letreros anunciadores de la dirección que había que tomar para llegar a las numerosas estancias ganaderas de la zona, una de ellas de nombre “Berlín” escrito en una tabla adornada con esvásticas. Muchas de estas explotaciones eran propiedad de viejos nazis que huyeron de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. Por fin llegamos a San Javier de Velasco, una ciudad en la que, a la entrada había una sorprendente gasolinera, algo que nos pareció una alucinación producida por el agotamiento del viaje y los trabajos forzados que todos los viajeros tuvimos que realizar hasta ese momento. El viejo señor que nos sirvió el combustible solo hablaba alemán. Ya nos habían dicho que en Los Llanos los grandes estancieros se oponían frenéticamente a la construcción de carreteras. Empezábamos a comprender las razones. Allí nadie las necesitaba. Unos, los ricos propietarios de estancias ganaderas, porque tenían avionetas y campos de aterrizaje propios en sus fincas. Otros, porque eran tan pobres que nunca viajaban. Dentro de todo, en San Javier habían acabado de inaugurar un coquetón hotelito y allí nos hospedamos la cuarta noche del viaje. ¿Es difícil comprender que estuviéramos mi compañera y yo dos horas seguidas bajo la lluvia artificial y cálida de una ducha reparadora? Después de unas fatigas tan agotadoras como las que habíamos pasado una ducha de agua caliente es una buena metáfora de la gloria celestial. ¡Cuánta razón tienen los ingleses cuando usan el término travel (del francés travail, trabajo) para referirse a un viaje. Aquel viaje hasta San Javier era, en efecto, un travel, es decir, un duro trabajo de cinco días agotadores.

Como todos los camiones cargados de fúcares de contrabando con los que nos cruzábamos nos informaron de que ellos habían tardado desde San Matías hasta San Javier toda una semana por el mal estado del camino decidimos cambiar el rumbo de nuestro viaje y tomar dirección sur hacia San José de Chiquitos, ciudad en la que esperábamos poder tomar el tren que procedente de Corumbá (Brasil) y se dirige a Santa Cruz de la Sierra.

Pero esta parte del viaje prometo contarla otro día porque tiene su propia historia.